sábado, 23 de enero de 2010

Los jueces y su horario de trabajo

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162.- Comentario por eutiquio23/01/2010 @ 11:29

A propósito del juez Gómez Bermúdez

Después de la función medicinal, la jurisdiccional es la más importante que puede realizar el hombre, merece, por tanto, todo el respeto y la consideración del mundo. Un médico te salva la vida hurgando con su bisturí en tu cerebro enfermo de cáncer y un juez te atribuye un status jurídico para toda tu vida, te hace o deshace propietario de algún bien importantísimo para el desarrollo de la misma, te absuelve del delito del que se te acusa o te envía a prisión para treinta años. Eso, aquí, en España, donde no hay pena de muerte. Se lo decía muy claro el juez Dívar, el catoliciquísimo presidente de las 2 más altas instituciones judiciales de nuestro país, a uno del PP que, delante de él, menospreció la firma de un juez: “ese mismo juez, con esa misma firma, puede enviarle a v. a la cárcel para toda su vida”.

O sea que un juez es, quizá, el funcionario más importante, en la organización institucional del Estado. Algo así como un oráculo vestido de negro, lo que dice es mucho más importante aún que lo que le dijo Dios a Moisés con las famosas Tablas de la Ley en el Sinaí. Unos jueces, aquí, en España, metieron en la cárcel, hace muy poco, a un Ministro y a un Secretario de Estado y estuvieron a punto de hacer lo mismo con un Presidente de Gobierno, el famoso mister X de Garzón, que se salvó por los pelos.

O sea que un juez es una cosa muy seria, tanto que su función se halla protegida de tal modo que, prácticamente, son intocables. Todas las leyes, comenzado por la Constitución, han creado a su alrededor una especie de cordón protector que los hace invulnerables. Y no sólo es así sino que debe de ser así. Si un juez no fuera invulnerable no sería tampoco imparcial porque estaría sometido a la presión de los poderes que le rodean que son muchos: el político, el económico, el social, el institucional, el religioso que no es moco de pavo, vease lo que ocurre ya con Dívar, el presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, nada más y nada menos, que no se ha mojado para hacer que el inefable de la Rúa deje de presidir la Sala de lo Penal de la Audiencia de Valencia, lo que asegura la intangibilidad de ese prodigio de honradez que preside la Comunidad Valenciana.

Pero el ser humano, no me cansaré de decirlo, es desfalleciente, quiero decir que le falla la voluntad y la más desfalleciente de todas sus facultades es la que le obliga a trabajar.

Y, ahora, es cuando interviene el juez Gómez Bermúdez, quien, en un tiempo record, preparó el juicio y juzgó a las autores del atentando de los trenes de Atocha, que dio y quitó un gobierno, uno de los juicios más importantes de la historia jurisdiccional española. Es, pues, sin duda un hombre trabajador que se ha atrevido a decir públicamente lo que era un secreto a voces del que nadie osaba hablar, que los jueces llegan a los juzgados a las 10 de la mañana, se reúnen y se van a desayunar, “actividad” en la que invierten aproximadamente una hora, o sea que se ponen al trabajo a las 11 de la mañana y recogen a la 1 y media, o sea que su jornada es de 2 horas y media, ¿cómo no van a haber en España, millones y millones de juicios pendientes?

Pues esto sólo se ha atrevido a denunciarlo este señor y no le va a salir del balde. Todos, absolutamente todos, sus compañeros a lo peor no se atreven a reprochárselo directamente porque sería muy fuerte afrontar la cuestión frontalmente negando la realidad, pero es seguro de que se la guardan, como se la guardaban a Garzón, quien ahora no da abasto a recibir querellas que, en lugar de ser rechazadas de plano, son admitidas con mucho gusto por sus colegas, y no digamos por sus jefes, los encargados de proponer su nombramiento para los cargos vacantes, éstos le habrán puesto ya la cruz al lado de su nombre y no volverá a recibir un ascenso.

Esto lo sabe perfectamente G. Bermúdez, por eso tiene tanto mérito lo que ha hecho y por eso lo mencionamos nosotros aquí, porque no sólo es justo sino también necesario por si cunde el ejemplo.

Buenos días y buena suerte, que nos será favorable si cunde el ejemplo de este juez.

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