domingo, 31 de enero de 2010

Sé que sólo sé lo que ellos han querido que sepa


       El problema, Manolo, que hace tan peligrosos a estos hombres poderosos es que nunca atendieron el mensaje de Sócrates. Y Sócrates se quedó, en lo que a expresión se refiere, a mitad del camino. Y cuando he escrito el título de este comentario, no es que quiera corregir a Sócrates, no, es que creo que sería esto lo que él diría si ahora estuviera entre nosotros. Porque su “sólo sé que no sé nada” era indudablemente una frase metafórica o simplemente epatante. Por supuesto que el viejo y sabio filósofo sabía muchas cosas, seguramente más que todos nosotros juntos si nos atenemos a lo realmente importante pero quería enseñar a sus discípulos, quería decirnos a todos los que vendríamos después algo que muy pocos nos detenemos a meditar: precisamente el contenido de la frase que da título a este comentario. 


       Desde el primer momento en que el hombre comenzó a pensar científicamente que seguramente fue hace millones de años, según los antropólogos,  ha almacenado en su memoria millones de experiencias que conforman lo que podríamos llamar de alguna manera su saber, lo que le da su sentido metafórico a la frase de Sócrates, puesto que es indudable que sabemos quizá demasiadas cosas para nuestra salud mental, pero ¿cómo se articula en nuestro cerebro ese conjunto de experiencias que acumulamos, una vez que lo que aprendemos, en su mayor medida, nos viene transmitido por lo que hemos dado en llamar los maestros?


      Y aquí es donde comienza realmente este comentario. Somos como niños, creemos que nos hemos hecho adultos sólo porque hemos descubierto la superchería de la religión, y ésta no es sino una tan sólo de las muchas que nos han imbuido en el cerebro. Es muy triste, a mi edad, descubrir, comprobar, que todo estaba amañado, desde las letras del abecedario a la Critica de la Razón Pura de Kant, desde el reaccionarismo de Joseph de Maistre hasta el profundo revolucionarismo de Karl Marx, porque se trataba, sobre todo, de que asumiéramos que existe una jerarquía, por lo menos intelectual, en todo lo que hacemos y no es verdad.


      No somos más que unos pobres animales a los que han amaestrado, domesticado de mil maneras, mil veces. Y lo llevamos no sólo con paciencia sino también con orgullo. Nos han cegado la autentica capacidad de razonar de tal modo que todo esto que ahora estoy escribiendo me cuesta un trabajo ímprobo porque enseñaron a mi cerebro a pensar así, de tal modo que es incapaz de hacerlo de cualquier otra manera. O sea que, ahora, no soy sino el rehén de aquel viejo maestro de escuela que me enseñó las primeras letras, los primeros números, creyendo ciegamente que me hacía un favor, de aquellos profesores de Instituto que me hablaron del viejo Descartes, de los catedráticos de la Universidad que pensaron que me hacían más hombre nombrándome de pasada a Aristóteles, cuando no estaban haciendo otra cosa que cumplir con el mismo programa con el que los engañaron a ellos. Porque apenas si hemos descubierto que no hay una sola verdad en este mundo que pueda afirmarse sin ninguna duda ni siquiera ésta de que nada es verdad absolutamente.          


       Entonces, ¿qué debemos hacer, volver al principio de los tiempos, cuando andábamos a gatas, y comenzar de nuevo un tan largo camino que no sabemos si, al fin, acabará en este mismo sitio en el que ahora estamos? Yo no lo sé porque soy un pobre hombre que tal vez haya hecho demasiado con llegar hasta aquí, que otros más inteligentes y mejor preparados prosigan la andadura por esta estrecha senda. A lo mejor, ya lo están haciendo pero no se atreven a decirlo para que no los expulsen de sus colegios, de sus institutos, de sus universidades porque esta verdad, si es que realmente lo es, resulta desaforadamente destructiva puesto que supondría el fin de lo que, hasta ahora, venimos llamando civilización.


        Buenos días y la suerte necesaria para saber realmente lo que debemos hacer porque se acercan realmente tiempos muy difíciles.

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