martes, 9 de febrero de 2010

Odiar no es bueno ni para el corazón ni la cabeza

Lo peor del odio es que infecta el cerebro y comienza a pudrir el corazón. No sale de balde odiar. Hay que pagar peaje. Y, a veces, el peaje es que uno pierde la capacidad de discernir lo que es cada cosa, por ejemplo, qué es la izquierda y qué la derecha.

Y está muy claro: todo lo que favorece la reacción, el retroceso social, la pérdida de un derecho, de algo que colabora a una mayor igualdad o libertad, es derecha. Todo lo que significa o representa progreso, la implantación o mejora de las condiciones sociales de los seres humanos, es izquierda, y un  izquierdista, por mucho que odie a otro izquierdista, no puede, en conciencia, si la tiene, hacer algo que favorezca a la derecha contra la izquierda cuando se ha establecido una pugna ya sea en economía, en política o, simplemente, en un debate conceptual.

A mí, hay gente que no me cae bien, con los que  no estoy, en absoluto, de acuerdo con su ideología política que me parece no ya utópica sino desfasada ante una realidad de una complejidad tal que ya no admite soluciones simplistas. Pero esa ideología es claramente de izquierdas, entonces, no he escrito, hasta hoy, una sola palabra de disentimiento, porque, como le dije hace un tiempo, a uno de sus partidarios, es la voluntad lo que nos hace realmente lo que somos aunque no podamos siquiera acercanos al ideal que perseguimos.

Entonces, no  ya disentir sino incluso aplaudir fervorosamente al que disputa con alguien de la izquierda sólo porque así creemos dañar a la persona que odiamos, no me parece plausible pero, claro, puedo estar equivocado.

Llevo ya algún tiempo viendo cómo la gente, cierta gente, ataca a fondo mis ideales porque los he proclamado a los 4 vientos: soy comunista hasta el tuétano, creo que todos los hombres somos, o debemos ser, mejor, iguales por derecho de nacimiento sobre este planeta que es la casa de todos y, por tanto, que todos tenemos iguales derechos a su disfrute y pertenencia, pero no aspiro, ni con mucho, a que todos piensen como yo, sí que me gustaría que hicieran lo que yo hago, no preocuparme de lo que escriben gentes que, si no les gusta lo que les contesto adecuadamente han puesto el grito en el cielo e incluso se han hecho mutis por el foro.

Son gente que juraron, o prometieron, que no volverían nunca a leer lo que escribo y, sin embargo, no dejan pasar ni el más leve de mis comentarios.

Es un doble error: 1º, porque el daño se lo hacen a sí mismos ya que es evidente que no les gusta lo que escribo por lo que, racionalmente, sería mejor evitarse el disgusto de leerlo y, además, porque quedan muy mal ante todos incumpliendo una firme promesa que estaba totalmente justificada. Y, 2º, porque yo tengo un grave defecto sicológico, creo que se llama masoquismo, me gusta que se metan conmigo, cuando compruebo que, incumpliendo sus promesas de no leerme, siguen leyendo lo que escribo aunque sólo sea el comentario imprescindible para colgar un enlace, me digo, “ostras, no sabía que éste me odiaba tanto que va como loco buscando un comentario mío que poder llevarse a la boca”, eso me hace sentirme importante porque, como todos los megalómanos, lo que no toleramos es la ignorancia o el silencio, tal como dijo ese repugnante señor al que dieron uno de los nóbeles más inmerecidos del mundo, “lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien”.

Yo sí que paso de leerles siempre, no por otra cosa sino porque no me interesa, si tengo noticia de lo que hacen es porque otros me lo transmiten, no me ha interesado nunca lo que dicen, no encontré en lo que escribían ningún motivo para perder un tiempo que ya me es, por desgracia, muy escaso, y mucho menos aún por cómo lo decían porque lo suyo nunca va más allá del insulto e insultar no me parece una de las Bellas Artes. Y, en ciertos casos, la falta de conocimiento sobre lo que escriben es enorme, no es ya que no sepan lo que decían los clásico sobre cualquier tema, es que no saben tampoco lo que acaban de decir nuestros coetáneos. En fin, que no merece la pena.

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