miércoles, 17 de marzo de 2010

La traición de los intelectuales

La mejor manera de definir a un intelectual es contraponerlo a un obrero. Obrero es aquel que trabaja con sus manos esencialmente, claro, porque en toda actividad humana intervienen manos y mente. Pero lo que inclina la balanza a uno u otro lado es lo esencial del trabajo que se realiza. Si lo esencial del trabajo reside en el esfuerzo físico, tenemos al obrero; si lo esencial es el esfuerzo mental, estamos en presencia del intelectual.

Pero para apuntalar aún más dichos conceptos a fin de hacerlos coincidir con la percepción que de ellos tiene el hombre de la calle, el intelectual es no sólo el que trabaja esencialmente con su mente, con su cerebro,  por ejemplo, un ingeniero o un químico, sino, sobre todo, el que utiliza su mente para producir algo que, en cierto modo, sirva de apoyo a una idea, a un concepto de la vida, o de algo que intenta ser definitorio dentro de esa corriente que nos arrastra a todos.

Este concepto de intelectual es el que prepondera en las áreas del pensamiento. No nos atrevemos a incluir en esta definición un componente ético porque, de hacerlo, a lo peor, luego, no hallaríamos a nadie que pudiera incluirse en él.  Pero a mí me seduce mucho la idea, un intelectual sería, entonces, aquella persona que dedica el esfuerzo de su mente a ayudar a los demás a formarse una idea del mundo y de la vida que fuera no sólo acertada en su realidad ontológica sino también moral, o sea, una persona que no sólo busca la verdad sino que está dispuesto a sacrificarlo todo por ella.

Así, cobra todo su sentido la postura de aquellos que, como Julien Benda, les reprochó a los intelectuales su traición. Y también yo, ahora, le podría preguntar a estos teóricos intelectuales que se posicionan en contra de Cuba, ¿dónde está su ética como intelectuales?

Porque un tipo como Almodóvar, que propugna una estética y una ética demoledoras de todo lo que hasta ahora era lo admitido, no puede luego, cuando se trata de cuestiones políticas, refugiarse dentro de lo políticamente correcto sin incurrir en un flagrante contradicción, sólo porque criticar a Cuba es más productivo para su carrera cinematográfica, "los Oscars, estúpido, son los Oscars", o por empatía con la biografía de Reynaldo Arenas.

Es indudable que la filmografía de Almodóvar es revolucionaria por más de un motivo. No sólo por los temas y sus personajes, siempre "outsiders", sino también por la manera de tratarlos. Quizá en esto radique precisamente su éxito, en su adhesión a una moral artística totalmente innovadora, pero, precisamente por eso también, choca tanto, por lo menos a mí, su conservadurismo intelectual en el enfoque de los problemas que Cuba representa.

Cuba es un hecho insólito, único, como él, como Almodóvar. Lo que pasó en Cuba, lo que está sucediendo hoy, todos los días, es un ejemplo de lo que alguien llamó revolución permanente. Se trata, ni más ni menos que de imponer la igualdad de todos los seres humanos por encima de cualquier otra consideración. Y, ahora, al escribir esto me salta de la pantalla hasta mi rostro la verdad, es eso precisamente lo que le molesta a Almodóvar de Cuba, la igualdad, en Cuba, Almodóvar seguiría siendo Almodóvar, un intelectual de los pies a la cabeza, un director único e inclasificable, violento, rompedor, demoledor, pero, con todo ello, en Cuba, no sería considerado social y políticamente por encima de ningún otro de sus conciudadanos, como no lo fueron Juantorena por ser un atleta único o Lezama Lima por ser un excelso escritor.

Esto es lo que hace a Cuba insoportable para los falsos intelectuales: que, allí, ellos serían como los demás, ciudadanos iguales en un Estado igualitario que no tolera situaciones excepcionales en aras de una pretendida superioridad intelectual, porque allí manda el precepto marxista: "de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad".

Así que, mis queridos Almodóvar, Ana Belén y Víctor Manuel, no me vengáis más presumiendo de izquierdistas, porque eso no cuadra con vuestros resabios de clase adinerada que quiere seguir manteniendo sus privilegios, que pone su nombre y firma debajo del mandato capitalista por esencia: "bussines is  bussines".

Buenos días y buena suerte.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Querido Eutiquio:
Esta es una de esas reflexiones para guardar y enviar a todos los correos posibles.
Qué lastima que no te lean esos "intelectuales"

Salud y Republica!
corazon

JOSE LOPEZ PALAZON dijo...

Querida corazón: te vuelvo a escribir porque el comentario que te dirigi ayer no ha salido, no sé por qué.

En él te decía que estoy muy agradecido a tu apoyo que creo que es el único que tengo explícitamente con cierta regularidad, apoyo que necesito mucho porque tengo tendencia a deprimirme si no lo recibo y tú eres la única que, hasta ahora, no sólo no me ha fallado sino que me indicó la manera de no caer totalmente en el desánimo, colocarme el contador de entradas que, al menos, indica que la gente pasa por aquí aunque no está muy claro si me lee o sólo pasa porque comentar lo hacen muy pocos, casi ninguno, y esto es ciertamente desalentador.

Es por eso que tanto me agrada recibir noticias tuyas. De Carmen RM hace ya tiempo que no las recibo, parece que se asustó cuando le dije aquella broma de que la mujer de los ojos azules y el cabello rubio era ella, que sólo era un intento de agradarla porque aquella rubia que estudiaba Química en Murcia por los años 1947 a 1952, se casaría en su momento, en Alicante, donde vivía y ahora será la feliz madre de un montón de hijos, pero en mi memoria será siempre una de la ilusiones de mi vida.

En fin, cosas de viejos chochos, a las que no hay que dar la menor importancia.

Repito mis gracias, corazón, a ti también te quiero mucho. Un beso,

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