jueves, 3 de junio de 2010

Antimarxismo: la sociedad abierta y sus enemigos



Ser antimarxista es como ser antiaristotélico, antiplatónico,antihegeliano, antikantiano, antisartriano, antiheideggeriano, antifoucaultiano, antihabermasiano y, por supuesto, ser smithsoniano, popperiano, hayechtiano, friedmaniano, en una palabra, neocons ultraliberal capitalista.

Y no vale que ahora venga alguien y me diga “eh, oiga, que eso de dividir el mundo en 2 mitades, la buena y la mala, no es admisible porque no es cierto, sino absolutamente maniqueo, eso de que la verdad es blanca o negra, de que el que no está conmigo está contra mí, sino que hay una escala casi infinita de grises, entre los cuales, estudiando a fondo cada caso, se halla la verdad”, porque no he sido precisamente yo el que ha hecho eso: dividir el mundo, la historia, la filosofía y la ciencia en 2 mitades irreconciliables, sino precisamente el que es el máximo paladín de la ultraderecha, el Papa del conservadurismo más cerrado y excluyente, el tipo que se cargó de un plumazo la historia íntegra de la filosofía y de la ciencia, como ya habréis adivinado estoy hablando del inefable Popper, sí, ése que escribió la que se considera obra fundamental de todo el conservadurismo moderno, si es que puede llamarse moderno algo esencialmente conservador: “La sociedad abierta y sus enemigos”, en la que se tomó la molestia de ir analizando, uno por uno, a todos los grandes filósofos de la historia para intentar destrozar sus posturas y, llegar así, a la conclusión también absolutamente inefable de que todos ellos estaban equivocados puesto que se oponían a una concepción conservadora de la historia y de la vida, o sea, que propugnaban una concepción revolucionaria, en su pleno sentido.

De modo que, mis queridos amigos antimarxistas, ya saben ustedes entre quiénes andan, por resumir, entre Smith el consagrador del mercado como la mano invisible que todo lo soluciona, Hayek, el economista austriaco que perfeccionó dicha teoría, Milton Friedman, el fundador de la escuela monetarista de Chicago, la luminaria que nos ha llevado adonde ahora, precisamente ahora, nos encontramos, a través de los mejores de sus discípulos y, como ya he dicho, el Papa de todos ellos, el inefable Popper, para quien toda la historia de la filosofía y de la ciencia, hasta él no era sino pura mierda filomarxista, aún toda aquella que era cronológicamente anterior a Marx, una mierda que había que barrer expresamente, tarea a la que dedicó lo mejor de su vida para demostrar meridianamente que el pensamiento no ya conservador sino ultraderechista es, pero qué gran ironía, coño, el que defiende la sociedad abierta, sí, coño, sí, la sociedad abierta para todo el mundo sea el que sea, venga de donde venga y tenga el patrimonio que tenga, porque es la más feroz de todas las luchas por hacerse con el mayor dinero posible la que abre la sociedad a todo el mundo, incluso a esos gitanos y otras gentes de malvivir que apenas sobreviven en los suburbios de las grandes capitales del mundo.

Hay que tener cojones, ¿no?

Pues esto es, ni más ni menos, lo que dicen, hacen y luchan para que prevalezca eternamente todos los antimarxistas del mundo, entre los cuales se hallan también, aunque sea de manera inconsciente, todos los antimarxistas de izquierda, porque no se puede estar en contra de uno de los  métodos de análisis de la realidad, como tampoco se puede estar en contra de un método de análisis matemático o lógico.

Por supuesto que se puede estar en contra, yo mismo lo estoy, de ciertas concreciones históricas que no sólo se apartaron sino que prostituyeron inicuamente no sólo los principios básicos del marxismo, sino aquellas que son sus conclusiones lógicas indiscutibles: que el hombre y su lucha por sobrevivir de la mejor manera es el centro de la historia, de que ésta no relata otro suceso, en realidad, que una ferocísima lucha de las clases oprimidas contra las opresoras para rebelarse contra dicha opresión y que el instrumento de opresión no es otro que la jodida, la puñetera economía que es el substrato de todo lo que existe, puesto que todo lo demás no son sino puñeteras también superestructuras económicas. 

Y el que no quiera ver esto es porque se ha convertido en un ciego voluntario.

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