martes, 8 de junio de 2010

Helen Thomas o el imperio impone su ley del silencio

A veces, incluso los más exigentes moralmente contra la humanidad, no tenemos más remedio que sentirnos reconfortados porque comprobamos que todo no está perdido.

Vivimos los peores tiempos para la lírica. El imperio del mal, el neo liberal capitalismo ultraderechista ha conseguido, al fin, lo que se proponía: la admisión tan indiscutible de sus normas que incluso los más firmes adalides de la oposición a las mismas, lease Zp,  huyen en desordenada retirada porque los que tienen el poder omnímodo para ello le han obligado a aceptarlas por más que él no crea en ellas.

Pero hay gentes, ya mayores, por supuesto, a las que va a ser muy difícil silenciar precisamente por su edad. Porque una persona anciana, como dijera con tanto acierto Raúl del Pozo, ya no tiene nada que perder y es muy difícil de atacar porque tiene detrás de ella toda una vida que esgrimir ante los que le atacan y calumnian.

Me estoy refiriendo a Helen Thomas, la decana de la prensa política norteamericana y a ese premio Nobel de la paz suramericano cuyo nombre ahora mismo no recuerdo que, ayer, estuvieron realmente inconmensurables pronunciándose sobre estos repugnantes acontecimientos que los judíos están perpetrando contra todos los ciudadanos del mundo que tratan frenéticamente de remediar las atrocidades que ellos cometen contra el indefenso pueblo palestino.

La periodista dijo, ni más ni menos, que lo que los judíos que imponen a sangre y fuego su canallesca ley en Palestina tenían que hacer era volver a sus lugares de origen de los que partieron para ocupar una tierra que, legalmente, nunca será suya por lo que gozarán para siempre de la condición de ocupantes extranjeros.

Y el premio Nobel, coño, esta maldita memoria mía, dijo algo todavía más sustancioso y terrible, la verdad más sangrienta para toda la humanidad, que todos los miserables del mundo se empeñan en ocultar: que no hay nada que hacer en orden a lograr que la justicia universal reine en el mundo porque el organismo encargado de ello, la famosa Onu, no es más que un títere creado por los Usa para enmascarar todas sus criminales acciones con un manto de legalidad.

No sé si al premio Nobel conseguirán silenciarlo de alguna manera, como en todo el mundo  se intenta silenciar a los que no están de acuerdo con esa mionoría de hierro que impone su ley, pero a la decana de la prensa norteamericana ya, inmediatamente, la han reducido al silencio:  no volverá a sentarse nunca en esa silla nominada de la sala de prensa de la Casa Blanca porque la empresa periodística en la que todavía trabajaba, a los 89 años, la ha despedido de modo que ya no tiene la representación con la que acudía a las conferencias de prensa de los presidentes y les hacía, según dicen todos los anales, las más difíciles preguntas que los mandatarios usanianos sudaban tinta para responder.

Y, como es lógico, esos represores de la libertad de expresión que precisamente presumen de todo lo contrario, como Carlos Mendo,  fielmente secundado por esos geniales  “progresistas” que son Carlos Carnicero y Miguel Angel Aguilar, aplaudieron la medida restrictiva a la irreductible anciana hasta con las orejas, porque, dicen los muy rastreos, que lo que dijo su anciana compañera de profesión es como si alguien saliera ahora pidiendo que todos los negros de los Usa deberían de irse a Africa, de donde hace ya cientos de años que sus abuelos partieron.

Todo muy progresista, como podemos comprobar.

Y, ahora, un comentario que, en cierto modo, se sale del tema: ¿qué es lo que está sucediendo para que gentes, como Carnicero y Aguilar no sólo le den la razón al más significado de los periodistas españoles ultraderechistas como es Mendo, íntimo amigo de Fraga y tantos otros asesinos, presuntamente desde luego, que se hincharon a firmar penas de muerte junto al invicto caudillo, sino que no se cansen de afirmar que son amigos de un tipo que defiende a esta gente y que, por lo tanto, presuntamente también, claro, es su còmplice o encubridor? 

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