domingo, 6 de junio de 2010

Israel, un Estado asesino y terrorista que yo denuncié en Los jueces de Israel, en 1.988

#225 Comentario por eutiquio1.=05/06/2010 @ 21:28

La verdad es que me da miedo, mucho miedo escribir sobre Israel, a pesar de que vengo haciéndolo con la mayor dureza del mundo desde hace mucho tiempo.

El otro día, en caliente, me atreví a escribir que los judíos se merecían el Holocausto, si admitiéramos todas esas fantásticas teorías de que el tiempo no existe o que es circular o, simplemente, como decía nuestro Calderón, que “La vida es sueño”, y un comentarista de mi blog me dijo que mi afirmación era una canallada y yo no tuve más remedio que admitirlo y desdecirme solemnemente, entre otras cosas para no incurrir en el delito de apología del nazismo.

Pero, os lo aseguro, no es lo peor que he escrito contra Israel.

Para mí, este Estado terrorista sufre esa variación de lo que los expertos en psicología han llamado el síndrome de Estocolmo, que consiste no ya sólo en enamorarse el secuestrado de su secuestrador sino algo que supone un paso más, el último paso: identificarse con él.

Israel no odia el Holocausto, lo admira, considera que aquella ingente canallada, 5 millones de personas maltratadas, ultrajadas, vilipendiadas, rebajadas más allá de cualquier límite y quemados literalmente sus pobres y lastimados cuerpos cuando ya no podían soportar más horror, es el culmen de lo que puede hacer un pueblo con otro y ahora lo está poniendo él en práctica con el pueblo palestino.

No sé si con esto que he escrito le he podido dar la vuelta al riesgo de que me empuren por apología del nazismo. Creo que no es posible perseguirme legalmente, porque, respetando en su total integridad la conceptuación de que los campos de exterminio nazis son la culminación máxima de todo el horror que puede cometer el ser humano, he podido decir, al fin, lo que quería decir: que los israelíes están cometiendo con los palestinos un terror si no igual al que los nazis cometieron con ellos, muy parecido.

Ésta de Israel es una de mis obsesiones. La otra son los jueces y el resultado de mis obsesiones fue aquello que escribí y presenté al concurso de teatro de Aranguren, Vizcaya, en 1.988, “Los jueces de Israel”, que se clasifico en tercer lugar, después que otra obra mía, “El movimiento”, sobre el invicto caudillo, se alzara con el primer premio.

Todo lo que he escrito antes sobre la identificación de la conducta del Estado terrorista de Israel con el Holocausto, con ser ciertamente peligroso en más de un sentido para mi integridad personal y económica, creo yo que cede en importancia a lo que me atreví a escribir en dicha obra teatral. En ella se narran las actuaciones judiciales previas, lo que se llama instrucción, de la causa promovida por el Estado de Israel contra un terrorista que produjo la muerte de 6 israelíes en un atentado en el aeródromo de Fiumicino, y el acto final del juicio.

En la página 150 del libro, en la defensa que el abogado del terrorista palestino hace de éste, dice literalmente lo siguiente: “Señor Fiscal, yo no quiero que haya niños apátridas, sin hogar y sin tierra, primero, porque creo que eso es un crimen de lesa humanidad, y, segundo, porque considero que mientras haya niños así, sin patria y sin hogar, habrá terrorismo en el mundo, y sus hijos y los míos, señor, no podrán estar seguros nunca, sea cual fuere el lugar al que los enviemos, YA SEAN LOS RASCACIELOS DE MANHATTAN o los kibutzs del desierto. Señor Fiscal, pertenecemos, usted y yo, a una de las razas más viejas del mundo, a un pueblo, a una nación que ha predicado, hasta ahora, el amor a los enemigos y y el perdón a los que nos ofenden y persiguen. Parece que, ahora, no predicamos lo mismo y que devolvemos a nuestros enemigos el mal que nos hacen multiplicado por mil y yo quiero preguntarle a usted por qué lo hacemos”.

O sea que, en 1.988, yo predije, por escrito y con la aprobación de los organismos competente que cuidan de la publicación de textos literarios, el horrible atentado que unos árabes iban a perpetrar, mucho años después, sobre las torres gemelas de Manhattan y no he recibido ninguna demanda o querella por eso, ni ningún atentado contra mi integridad personal por dar ideas a tan peligrosos individuos como son los secuaces de Obama Bin Laden.

A lo mejor es porque mi libro no lo ha leído nunca nadie. O a lo mejor, también, porque si lo han leído los que manejan la Cía y otros organismos encargados de l a protección de los Usa, han considerado que el texto transcrito no es sino lo que es, un simple trabajo de ficción literaria, en el que sonó la flauta sólo por casualidad y que, ni por asomo, se trataba de dar a posibles y futuros terroristas la menor indicación de cuáles eran los mejores objetivos para un atentado que pasará a la historia universal de la infamia, porque allí, en las Torres Gemelas de Nueva York, la mayoría de los que murieron no eran culpables de otra cosa que la de ir a allí a trabajar, como yo hice durante esos 30 que presté mis servicios a la Telefónica, algunos de ellos en el edificio de Gran Vía, 28, que, durante muchos años, fue también un edificio emblemático en España.

En cualquier caso, creo que queda claro que el Estado de Israel no goza de ninguna de mis preferencias.

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