viernes, 16 de julio de 2010

Debate sobre la podredumbre de una nación

Anoche, un tipo cuyo nombre no entendí del todo, intervino en la tertulia de Hora 25 de la Ser, tratando de justificar la ausencia de Rajoy en el 2º día del debate en el Congreso sobre el estado de la nación.

Lo que dijo el interfecto sirve como la prueba más  perfecta de lo que está sucediendo en este asqueroso país.

Un diputado, o sea, un tipo cuya profesión y se supone que vocación es la participación cotidiana en la tarea política encomendada al Congreso de confeccionar las leyes que rigen el país y de controlar la labor del ejecutivo, se despachó justificando la ausencia de su jefe, diciendo que éste tenía mejores cosas que hacer que estar allí oyendo lo que exponían todos los portavoces de los distintos grupos del Congreso, o sea, que, según él, estaba trabajando realmente y no como ellos que no hacían sino perder el tiempo allí en una especie de  juegos florales políticos.

Yo no sé si este tipo era realmente consciente de lo que estaba diciendo. Según él, todos los diputados, cuando asisten a las sesiones del Congreso no hacen otra cosa que perder el tiempo, en lugar de dedicarse como hacía su jefe, el ínclito Rajoy, a despreciar olímpicamente la sesión más importante del año, aquélla en la que todos los grupos, pero especialmente el mayoritario de la oposición, ejercen la principal función de un congreso en democracia: controlar la efectividad de la acción de gobierno del partido al que los ciudadanos encargaron la gobernación del país.

Hay que agradecerle a este insigne diputado bien su sinceridad, bien su ignorancia, bien su descarado cinismo, porque en un alarde increíble le estaba diciendo a toda la audiencia de la Ser lo que él y su grupo, con 10 millones de electores, pensaban realmente de lo que es la democracia: una repugnante parodia en la que todos los participantes acuden a la institución en la que se concreta y justifica la soberanía del país para llevar a cabo la más alta de las funciones de su gobierno.

Y lo jodido es que este singularísimo sinvergüenza tenía toda la razón: ni uno sólo de los 350 diputados cumple, ha cumplido ni cumplirá con su auténtica función, como ya hemos apuntado, controlar al Gobierno y preparar las leyes fundamentales mediante las cuales se llevan a cabo los actos fundamentales de su ejecución.

Que no se controla de ninguna manera al Gobierno lo estaba demostrando este individuo defendiendo que su jefe, el jefe de la oposición, se podía permitir el lujo de no asistir al 2º y último día del debate específico por el que se lleva a cabo dicho control, con lo que se perdía ni más ni menos que algunas de las intervenciones de los portavoces de otros grupos parlamentarios, cuyas críticas a la acción del Gobierno podían ser fundamentales, al propio tiempo que las respuestas que el Presidente del Gobierno daba a las mismas, esenciales todas ellas en orden a conformar la opinión del país en torno a la manera en que dicho Gobierno estaba cumpliendo con sus deberes en orden a la referida gobernación.

O sea que lo que este cínico mequetrefe le estaba diciendo al país es que realmente ni a su jefe, el jefe mayoritario de la oposición, ni a ninguno de su 10 millones de votantes, le interesaba verdaderamente confirmar si lo que ellos pensaban respecto a la labor del Gobierno coincidía con la opinión de los demás grupos de la Cámara, o sea que a ellos sólo les interesaba realmente mirarse el propio ombligo, comprobar si estaban o no realizando lo que les interesa en orden en llegar al poder político cuando antes a fin de completar la terrible labor de destrucción de la moral pública que dicho partido está llevando a término. Es decir que él, su jefe de partido y todo el partido que les apoya están podridos hasta la médula y participan en la política con la única misión de preservar sus bastardos y mezquinos intereses.

 Y lo terrible del caso es que esto que se predica del Partido evidentemente Podrido puede predicarse igualmente de todos los demás partidos.

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