martes, 27 de julio de 2010

La abeja reina y sus zánganos

En un blog de cuyo nombre no quiero acordarme, manda totalitariamente una abeja reina, a cuyo alrededor giran enloquecidos una serie de zánganos sin que nadie acierte a explicarse por qué, porque la tal abeja ni es guapa, ni es joven, ni es lista ni es buena sino una especie de arpía que se esfuerza en echar de allí a todo el que se atreve a penetrar en tan oscuro reino.

Los métodos que utiliza para ello son los de siempre: 1º) insulta de la peor de las maneras al atrevido a ver si se asusta y se va espontáneamente como hacen muchos, y no se para en barras, sus calificativos pueden ir desde hijo de puta a bastardo, que, en realidad es casi lo mismo; y 2º), luego, como por arte de birlibirloque, ha conseguido engatusar al “capo di capi” que la llama “mi luna menguante” e incluso la asimila a su “dios canario”, sitúa a éste en la terrible opción de elegir entre que ella siga enriqueciendo el blog con sus aportaciones o expulsar al objeto de su irreprimible odio.

Porque ésa es otra, esta mujer odia, pero con un odio absolutamente 
africano, al comunismo y a los comunistas.

Y esto es algo que a mí me llenaba de asombro:¿cómo puede una mujer, que se autoproclama izquierdista, luego veremos que no lo es, aborrecer de tal modo la idea básica de todo el movimiento revolucionario del mundo?

 Porque, hoy día, es admisible, con reparos, que alguien se plantee desautorizar al marxismo y a su hijo predilecto el comunismo, por motivos exclusivamente científicos, o sea, por considerar que una de sus ideas principales: que la propiedad de los medios de producción pertenece al pueblo, es técnica que no moralmente contraproducente puesto que, por la deleznable condición humana, desincentiva el ánimo de lucro ya que si todo va a ser de todos, pase lo que pase, para qué coño quiere uno trabajar. 

Esta pequeña demostración de la inderogable perversidad del más elemental comportamiento humano ha servido para que, al menos científicamente, el comunismo haya sido arrumbado en un rincón de la historia, ya hemos visto, luego, que esto no es cierto, China “et alteri”, pero que científicamente se afirme la inviabilidad del sueño comunista por ser intrínsecamente contrario a la naturaleza humana, no era óbice, hasta la aparición de esta nueva especie de abeja reina, para que la esencia de su doctrina: "de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad", no sólo fuera respetada sino considerada una las máximas más justas del pensamiento humano, superior incluso al imperativo categórico kantiano en tanto en cuanto éste se refiere básicamente también, como hizo Adam Smith, al insuperable egoísmo del hombre en tanto que hacía al amor que éste siente por si mismo la base o fundamento de toda la moral: "obra de tal modo que puedas pretender que tu conducta sea universal".

  Pero nuestra abeja reina no combate dialécticamente los principios científicos del comunismo sino que lo  hace ob jeto del odio más irracional y más profundo que yo haya contemplado nunca y la pregunta que yo me hacía, una y otra vez, es ¿por qué, por qué una mujer que se autotitulla de izquierdas, que dice que fue sometida en su niñez y juventud a las duras condiciones que el franquismo imponía a los hijos huérfanos de los rojos, odia tan insuperablemente a la ideología en la que,  quieralo ella o no, se basa todo el pensamiento progresista que se precie?

 Su aborrecimiento la impulsa incluso a sostener a muerte este postulado: no toda ideología progresista tiene su origen más o menos directo en el pensamiento marxista-comunista, no, ni mucho menos, pero se abstiene de intentar siquiera una prueba de lo que, tan gratuitamente, afirma.

Así las cosas, no es de extrañar que salte como una hambrienta pantera cuando por el blog, de cuyo nombre no quiero acordarme, aparece un acobardado pardillo que se dice comunista, le salta inmediatamente al cuello, le clava en él sus afilados colmillos, lo insulta, lo amedrenta, le echa encima a todos los zánganos, y lo expulsa del blog con cajas destempladas, pero sucede que dichos pardillos, que provienen casi todos de casa Elisa, están acostumbrados a un trato semejante de parte de los ultrafascistas que por allí pululaban y el comportamiento de la abeja reina no sólo no los asusta sino que parece que los complace porque, no sé si será por mor del famoso síndrome de Estocolmo, estos sedicentes comunistas acaban abjurando de su propia dignidad y rindiendo indebida pleitesía no sólo a la abeja reina sino también a sus zánganos.

Pero, volviendo desde Úbeda, la razón por la que la que esta abeja odia de tal modo a los comunistas es porque, seguramente inducida por el terror que tuvo que asumir en su primeros años, piensa que de triunfar una ideología semejante, ella podría perder, al colectivizarse la propiedad de la tierra, esas casitas de cuyo arrendamiento vive. O sea, algo semejante al famoso chiste del obrero que tenía una bicicleta y rechazaba el comunismo por si tenía que compartirla.

Como se ve, un sentimiento tan altruista como el que impulsaba a Adam Smith a santificar la  libertad y operatividad del mercado en orden a resolver todos los problemas del mundo y a Kant a subir igualmente a los altares otra demostración más del supremo egoísmo humano, al considerar como norma insuperable de nuestro comportamiento que lo que pretendemos para nosotros se hiciera universal.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Blablabla... el blog de Saco... blablabla... yo, yo, yo... blablabla... los que comentan en el blog de Saco... blablabla... el blog de Saco... blablabla... yo, yo, yo... blablabla... los que comentan en el blog de Saco...

Y así, ad aeternum. Insultando un día sí y otro también. Penoso.

PD: Conozco muchos comunistas. Algunos de ellos sufrieron en sus carnes la represión franquista y lucharon por sus ideales a riesgo de sus propias vidas. Usted, que formó parte del sistema represor franquista y que no ha luchado jamás por nadie que no fuese usted mismo, ensucia la palabra "comunismo" cada vez que la utiliza para referirse a usted.

Y no, luchar contra el franquismo no es escribir un libro contra Franco 11 años después de que el dictador muriese. Pero claro, en vida del dictador estaba usted muy ocupado embargando a los pobres lo poco que tenían (sí, este es el "comunista" real y auténtico al que algunos siguen) y no tenía tiempo para nada más, supongo...

Anónimo dijo...

No soy capaz de pasar de lo figurado a lo real, no conozco a quienes se refiere , perdone D. José, pero para hablar de abejas y zánganos hay que dominar el tema.
La abeja reina es una hembra especial en la colmena, la única diferencia con las que algún día fueron sus hermanas y hoy son sus hijas es que, por haberse desarrollado en una especie de "útero" especial, con una alimentación más intensa y prolongada en jalea real, ha alcanzado un desarrollo completo, con un sistema reproductor que marca su misión en la colonia:la única madre de todos los individuos especializados que conforman un conjunto social organizado.
Los zánganos efectivamente vuelan alrededor de la reina, pero en una sola ocasión, en la fiesta del apareamiento, en un lugar del límpido cielo primaveral, atraídos allí por las feromonas que desprende la núbil hembra.Uno sólo lo consigue, el que la alcanza en vuelo y se acopla, llenando el saco del esperma, taponado por la preciada pieza masculina (¡ay, qué dolor!).
El aparato reproductor del zángano es envidiable, cuantas se conforman con menos, pero no es cuestión de describirlo.
Poco más útil es la vida del zángano sino es regular un poco la temperatura de la colmena y estimular con sus propias feromonas la febril actividad obrera.
En cuestión genética el zángano, téngalo en cuenta D. José, es un auténtico hijo de puta.Tampoco tiene padre.
El destino que le espera, no sé si merecido,es llegar una buena mañana con intención de entrar en lo que considera su casa para llenar como siempre la andorga a cuenta de Juan Pandero, cuando se ven sorprendidos por la agresividad de las obreras, sus medias hermanas, que sistemáticamente los exterminan clavándoles su mortífero aguijón.
Ud,D. José, es como un zángano, pero con pico venenoso.
El abisporro.

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