jueves, 29 de julio de 2010

La ira de los justos


La verdad es esencialmente destructiva pero también regeneradora.Su destructividad produce la purificación, la catarsis, quien se enfrenta a ella y la acepta de buen grado puede iniciar un camino de laica santificación, pero es muy difícil, si no imposible, hacerlo porque supone romper con todos esos estereotipos que conforman nuestra propia vida.

De pronto, un día, porque nos ha bajado la tensión o nos ha subido el colesterol, porque alguna de esas misteriosas sustancias químicas que gobiernan el funcionamiento de nuestro cerebro se ha alterado radicalmente, la realidad de lo que somos aparece ante nosotros.

Es muy duro, entonces, mirarnos en el espejo intelectivo, repasar una a una las líneas maestras de nuestra fisonomía moral, sentir el vértigo de contemplar claramente nuestra propia miseria.

Si no se nos hubiera dotado del más poderoso de los instintos de conservación, todos los que fuéramos personas decentes acabaríamos de un plumazo con una existencia tan miserable.

Pero hay algunos que hemos decidido hacer frente al monstruo. Es la tarea más difícil del mundo, que acaba agotándote por completo porque no estamos constituidos para vivir en soledad, como puso de manifiesto, con tanto acierto el viejo Aristóteles.

Es muy duro, durísimo, levantarte cada mañana sin nadie siquiera a quien saludar. Si quieres que tu saludo, esos “buenos días” sean absolutamente sinceros. 

Porque, en sana justicia, tú, si eres sincero, auténtica, salvajamente sincero no puedes desearle que le vaya bien a ese vecino  que se comporta como un auténtico cabrón, que hace todo lo que no debe,  por echarte del edificio, abusando de la mayoría que tiene en la comunidad de vecinos.

Y no te digo nada del jefe en tu trabajo, o de los compañeros que te tienden continuamente alevosas trampas para que digas la verdad y todos te señalen como el auténtico culpable de la falta de unidad del grupo.

Porque ninguno de ellos ha podido soportar la pequeña verdad, aquélla que permite la aparente solidaridad del conjunto, que tú demostraras que cada uno de ellos desea realmente la desgracia, e incluso la muerte, del otro, sólo por ascender un puesto en el escalafón.

Pero tú no lo hiciste por capricho, ni por el afán de demostrar  eso que te hace tan distinto a ellos, éso que te convierte en el más odiado de sus enemigos.

De modo que comenzaron a hacerte la vida imposible, porque no podían tolerar que siempre pusieras el dedo en la llaga, que siempre demostraras la falsedad de todo lo que decían, la injusticia de todo lo que hacían.

Sí, tienen que admitirlo, tu conducta era, para ellos, totalmente inadmisible porque ponía de manifiesto constantemente su mala fe, su radical hipocresía, su auténtica maldad, ésa que los situaba al nivel de las peores bestias.

Y organizaron una caza y captura realmente salvaje, propinándote los peores insultos, haciéndote las peores faenas y, cuando te defendiste, trataron de hacerte el único responsable de todo sólo por atreverte a decir, a proclamar la verdad.

Y, cuando te defendiste con la necesaria fuerza y vehemencia del que persigue la justicia y afirma la verdad, pretendieron tu muerte moral, reducirte para siempre al silencio.

Pero ellos no tenían noticia de lo que se llama la ira de los justos, si la hubieran tenido, conocerían la indestructible fuerza de los que no sólo tienen la razón sino que además lo saben y no se hubieran atrevido a desafiarte tan estúpidamente porque, ahora, todo el mundo conoce ya lo que son y cómo son y tendrán un poco más difícil continuar engañando a la gente.

1 comentario:

Fernando Mora dijo...

D. José.
Es usted muy grande. Gracias, infinitas gracias por haber escrito, también, éste texto.
Un fuerte abrazo,

calificacion de las entradas