sábado, 14 de agosto de 2010

Reflexiones sobre el post anterior


Releyendo ahora mi post de ayer sobre las concreciones históricas del comunismo y mi teoría de que su fracaso se basó en la pérfida condición del ser humano, me asalta la posible objeción de que es ése mismo y pésimo ser humano el que conduce al éxito a las sociedades en las que impera un capitalismo neocons ultraliberal.

Es una objeción, en principio, fuerte porque si bien es cierto que todas estas organizaciones sociales y políticas han hecho un crahs espantoso que a punto ha estado de llevarnos a todos a un desastre irrecuperable no lo es menos que, ínterin, mientras tanto, ha florecido en ellas una extraordinaria pujanza. Es por eso que significados hombres sedicentes de izquierda como Felipe González han hablado de preferir morir de una puñalada en el Metro de Nueva York a de hambre en Moscú y de algo tan execrablemente asqueroso como que el comunismo es el procedimiento político de repartir equitativamente la miseria.

Durante un tiempo he permanecido aterrado porque creía que el resultado de la aporía era desastroso para la que ha sido durante 65 años mi postura vital:

Si la implantación de las condiciones que propugna el capitalismo más salvaje llevan a las organizaciones sociales y políticas al éxito sólo perturbado porque cíclicamente se produzcan crisis sistémicas no cabe duda de que el procedimiento correcto para la estructuración de las entidades políticoeconómicas es dicho principio ultracapitalista.

 El impacto ha sido muy duro, creer que todo lo que he pensado durante todo el tiempo que representa mi vida racional ha estado regido por un error de principio tan importante como considerar que la estructuración de la civitas sobre los principios de la filosofía marxista era lo más acorde con la ciencias políticas y la economía, ha sido terrible porque significaba, ni más ni menos, que por un error de concepto había perdido toda mi vida y no me consideraba con fuerzas para seguir, a estas alturas, esa escogida senda por la que han ido, uno detrás de otro, personajes tales como el genial Federico Jiménez Losantos, César Vidal, Pío Moa y otros.

Pensar que el venerable Adam Smith tuvo razón siempre no sólo  frente a John Maynard Keynes sino también frente a Karl Marx y que ese lobo insaciable que es el hombre, según la doctrina hobbesiana, al buscar insaciablemente su propio enriquecimiento, está provocando indefectiblemente el enriquecimiento y la culminación económica de la sociedad, era realmente insoportable, puesto que suponía el triunfo de dos de los personajes que más aborrezco, uno de ficción, Pangloss, que sostiene que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que el mundo está bien hecho, y otro real, Lampedusa, que consecuentemente con lo anterior ordena a todos los conservadores del mundo unidos que se esfuercen en aparentar que todo cambia para que todo siga igual.

Y es precisamente al escribir este último párrafo tan henchido de mala intención cuando la lejanísima luz de la esperanza comienza a alborear por el horizonte: si Lampedusa considera imprescindible el ejercicio de insuperable hipocresía que supone fingir que todo está cambiando para que todo siga igual es porque este genio perverso de la ultraderecha piensa realmente que, desde una óptica de izquierdas, todo, absolutamente todo, debe de cambiar y si debe de cambiar todo es porque todo está mal y si todo esta mal es porque este mundo no está bien hecho y si no está bien hecho lo que hay que hacer es rehacerlo totalmente partiendo de un principio que no sea el de Adam Smith, y ese principio debe de ser el totalmente contrario: ese instinto criminal, absolutamente caníbal, asesino, el puro instinto cainita de explotar a los demás en nuestro propio beneficio, apropiarse de las plus valías del trabajo ajeno en nuestro propio beneficio, esquilmando cada vez más a los asalariados en busca del propio provecho, debe ser depuesto a favor del principio contrario, aquél que ayer exponíamos aquí casi subrepticiamente: los grupos sociales deben estructurarse de tal modo que se obtenga de cada uno según su capacidad pero no en el egoísta beneficio de él mismo, sino en favor de la comunidad, de tal modo que ésta pueda dar a cada uno según su necesidad, principio de justicia distributiva y compasiva que, por ahora, nadie ha superado.

2 comentarios:

Fernando Mora dijo...

Realmente buenas éstas reflexiones tuyas. Creo que tienen muchísimo recorrido.
Sólo una cosa se me ocurre ¿realmente son las sociedades capitalistas las que tienen éxito aunque haya que "pagar" un peaje en formas crisis más o menos cíclicas? Ya es cosa requetesabida evidentemente, pero incluso en los ciclos económicos alcistas hay en el mundo millones de seres humanos que se mueren literalmente de hambre, habiendo como parece que hay, suficientes recursos y/o capacidad en la Tierra para que no exista tal atrocidad.
En mi opinión es un fracaso absoluto. Pero es verdad, el hombre es un lobo para el hombre. Qué importa esa gente ¿no?
Abrazos para tod@s

JOSE LOPEZ PALAZON dijo...

Creo, Fernando, que apuntas un elemento decisivo para el juicio definitivo sobre la cuestión: el éxito pujante de las socieddades ultracapitalistas es sólo aparente, porque, en España, por ejemplo, de 40 millones de habitantes, casi la mitad, 10 millones que viven bajo el nivel de la pobreza y los casi 5 de parados, que forman parte del sistema rerpresentan el fracaso total del mismo.

Gracias por tan decisivo apunte.

Un abrazo,

calificacion de las entradas