sábado, 20 de noviembre de 2010

Pocilga







Se ha discutido mucho por nuestros grandes pensadores cuál es la esencia de lo español y parece que se había llegado a la conclusión de que es la envidia. Yo, humildemente, creo que no, que la esencia de lo español es la deshonestidad intelectual, o sea,  la falta de honradez, y la hipocresía.

Dicen, los que se dedican a ello, o sea, los sociólogos, que en España, hay una mayoría sociológica de izquierdas. Yo, sintiéndolo mucho, vuelvo a creer que no.

Como he escrito ya más de mil veces, la izquierda o no es nada o es la lucha por proclamar la verdad y para la realización de la justicia.

Así las cosas, una simple pregunta: ¿puede alguien, con un mínimo de honradez y de sentido común afirmar que en este país se admite la verdad y se trata por los organismos competentes de hacer justicia?

Pero, se me dirá, ¿qué es la verdad, quién lo sabe, quién la tiene, quién la administra?

 Y habrá que recurrir a los clásicos: la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero.

Sí, se me seguirá diciendo, ¿pero quién es Agamenón y quién es su porquero? 

Agamenón es el Rey, o sea, el poder, y su porquero es lo más ínfimo del  mundo, aquel pobre hombre que se halla a cargo del cuidado de sus cerdos.

Pero la vida es muy jodida y, lo quieran o no los partidarios de Agamenón, resulta que la verdad puede definirse y los que tenían que hacerlo lo han hecho: “veritas est adaequatio rei et intellectus”, la verdad es la adecuación del pensamiento a las cosas, o sea, la verdad es lo que nos dice el pensamiento cuando se enfrenta con la realidad.

Y esto es algo que hasta el porquero nos lo puede decir: la verdad es que hemos hecho del mundo una pocilga y de la vida un auténtico asco, porque el mundo, por derecho natural, es, o debería de ser, de todos y lo detentan sólo 4 o 5 familias. Y la vida se ha convertido para todos, menos para esas 4 o 5 familias, en un continuo hocicar en la mierda, tratando de sobrevivir como sea.

Y es que, como es lógico, los agamenones han impuesto su ley, su dura ley, la ley del poder.

También habré dicho ya otras mil veces que el hombre es una puñetera mierda y, como esto me parece demasiado, he tenido que rebajar su condición a la de mierda seca y, para más inri, pincharla en un palo. Es lo que nosotros, los golfos de mi pueblo, cuando nos queríamos insultar, nos enseñábamos unos a otros, las mierdas secas de cagadas anteriores y para que se vieran bien, las pinchábamos en un palo y las exhibíamos cómo el mejor de los trofeos de guerra, o  sea, que ya intuíamos que a eso, era a lo más que podíamos aspirar. Genial intuición la de aquellos jodidos golfos de detrás de las tapias del hospital, donde hacíamos todas nuestras golferías.

Y el mundo y la vida, a los que ahora, después de todo aquello, hemos accedido no son mejor sino mucho peor, porque, entonces, al menos, nos decíamos a la cara la verdad, mientras que hoy unos decimos que somos de izquierdas y otros, de derechas, y es mentira, todos, absolutamente todos somos de derechas, de esta puñetera derecha que lo quiere todo para sí, a expensas del hambre de los otros, de esas inmensas legiones de desarrapados y hambrientos que mueren a centenares o a miles, todos los días, desparramados por este asqueroso mundo que es tan ancho como ajeno, porque no hay nada en él que realmente pertenezca a estos desarrapados que no sea el hambre, la miseria, el cólera y los piojos y, de vez en cuando, completando la labor de estos jinetes del apocalipsis, la guerra, la guerra por ese jodido pedazo de tierra por el que deambulan, desnudos y muertos, en el que se ha descubierto que hay o petróleo u otro mineral aún más rico que éste, o sea, más miseria, más hambre, más muerte y desnudez para todos ellos.

Y encima hemos de aguantar las risas obscenas de Agamenón que unas veces se disfraza de Papa de los católicos y otras, de Príncipe de los poderosos, o sea, ahora, de Obama, y que nos dicen que tengamos un poco de paciencia, que todo, al fin, se arreglará porque el hombre es bueno por naturaleza y quiere la paz, la igualdad, la libertad y la fraternidad, y, por si fuera poco todo esto, está la democracia que, como todo el mundo sabe, no es sino el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo y es, entonces, cuando las carcajadas de Agamenón son tan estridentes que nos impiden oír el llanto del pueblo.


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