jueves, 11 de noviembre de 2010

Rajoy (IV)





“ bemsalgado dijo...
Bueno José, como se te fue haciendo interminablemente largo, y me apercibí de ello al comienzo, me he saltado la nave central. 
Asi que tendré que volver para apreciar su contenido en otro momento puesto que ahora debo ir al mercado para provisionar la despensa para el fin de semana. 

Pero quería, antes de hacerlo, hacerte un comentario, que no sé si viene al caso:
¿Te has fijado que el Papa, en su reciente visita, ha recibido a Rajoy, nada menos que en la sacristía catedralicia, reservada para el clero y sus coadjutores, sacristantes y monaguillos, mientras que a ZP lo ha saludado al vuelo, al momento de volar quiero decir?

¿En qué rol de estos encaja nuestro admirado Mariano?

¿Es Dios quien, por medio de su Vicario, fijando los lugares de encuentro, sagrados o profanos, manda una mensaje con sus preferencias? 

Un abrazo amigo”-

Dios mío, bemsalgado, la que acabas de organizar.

Instintivamente, como dicen que se producen todas las obras maestras, le has dado al interruptor que pone en marcha la escenificación de una de las obras culminantes de la literatura universal, a mi modesto entender, al mismo nivel de las de Shakespeare: “El balcón”, de Jean Genet, aquél de quien dijo Sartre que era una mezcla genial de comediante y mártir.

Espero que nadie se soliviante porque sólo estoy escribiendo de arte, más concretamente de teatro, pero de una obra que, seguramente, ha revolucionado esta rama de la literatura para siempre.

Genet vivió una parte muy importante de su vida en España, concretamente en Barcelona y conocía perfectamente un burdel de su Barrio Chino que, creo, que se llamaba así, “El balcón”, porque en él, en una especie de escenario, las prostitutas y algunos de sus clientes, representaban comedias que se inventaban sobre la marcha, o sea, una vez más, teatro dentro del teatro. 

De aquellas vivencias y de su visita al Valle de los Caídos, según cuenta él mismo, surgió, con una fuerza incontenible, esta obra absolutamente revolucionaria, que nos muestra a una serie de personajes que van al prostíbulo no a lo que se suele ir a allí sino a encarnar la ilusión de sus vidas: ser obispo, general o juez, tres de las funciones esenciales de nuestra sociedad.

Estos pobres hombres, uno de ellos, creo que el que interpreta al obispo, es un fontanero,  se han gastado una fortuna en todo ese arsenal que constituye el vestuario de sus  personajes.

Si no conoces la obra, hazte con ella como puedas porque, te lo aseguro, pocas veces habrás leído algo semejante.

El juego escénico de estos personajes, que son y no son al propio  tiempo lo que parecen ser, algo que sucede con todos nosotros en nuestra propia vida, da a la obra una capacidad de expresión pocas veces lograda sobre un escenario: todas las miserias del hombre, que son infinitamente más que sus grandezas, salen a relucir con una maravillosa espontaneidad.

Pero es una obra difícil por varias razones: ataca frontal y decididamente todos los mitos que constituyen la estructura social en la que nos movemos, la Iglesia se va a hacer puñetas inmediatamente, pero no le va mejor a la milicia ni a la judicatura, lo que Genet les hace decir y hacer a sus personajes son unas tales cargas de profundidad que todo nuestro falso orden social salta por los aires y, una vez que se contempla este espectáculo y se medita lo suficientemente sobre lo que se ve en el escenario, ya no se puede volver a ver el mundo como lo percibíamos antes.

Es dinamita pura y dura, la obra absolutamente genial de un hombre cuya vida fue una auténtica tragedia que le proporcionó los elementos suficientes para profundizar en el alma humana hasta unos límites a los que ni siquiera los grandes científicos de la psicología se habían atrevido a descender, o ascender.

Y todo esto, bensalgado, me lo has recordado tú con esos que a ti, a  lo mejor, te parecen irrelevantes comentarios sobre la entrevista de Rajoy y el Papa en ese "sancta sanctorum" que es una sacristía y que, por lo que veo, tú conoces tan bien como yo, que fui monaguillo algunos años de mi infancia, ya que la ilusión de mi madre era que yo fuera sacerdote.

Desde luego, admito que tú te descargues íntegramente de la responsabilidad de haber unido la escena sugerida de Rajoy y el Papa, en la sacristía catedralicia, con el universo desgarrado y lacerante que nos trasladó Genet.

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