viernes, 5 de noviembre de 2010

Rajoy, un inmenso suicidio colectivo (II)






En el honor del padre.

Sí, pero ¿quién es el padre?

El padre, en el origen, es Dios ¿y después? Franco, caudillo de España, por la gracia de Dios y con Franco, bajo Franco y para Franco trabajaron todos los padres de esta gente: el padre de Aznar, preboste del periodismo, o sea, de la Prensa y Propaganda del Régimen, el padre de Rajoy, juez, o sea, oráculo supremo de una justicia que en modo alguno lo es, y, sobre todos, sobrenadando como el aceite  en el agua, el dios tronitronante de ellos, su padre putativo, Fraga, el hombre que lo hizo todo por aquel régimen que no es sino el origen de éste, el hombre sobre cuyas espaldas recayó la labor de su publicitación, de su defensa a ultranza, que le llevó a bañarse incluso en las aguas contaminadas por las bombas atómicas del imperio, mientras firmaba sentencias de muerte, al lado justo del dictador, a ingenuos muchachos que creyeron que se puede luchar contra el destino, que no sólo no es inescrutable sino que está escrito con letras de fuego en las propias estrellas.

Y, cuando Franco murió, Fraga intentó sucederle pero se interpuso un descarado “outsider” que no era sino el más aventajado de sus discípulos rebeldes, en el que se apoyó un ambicioso muchacho con dificultades de pronunciación que antes se había cargado a su hermano, legítimo heredero de una corona tan desprestigiada como inoportuna.

Y el hombre, que se fumó a sí mismo y que no tiraba las colillas, le ganó la partida a unos militares que tenían mucha prisa por llegar adonde siempre habían estado, donde siempre estarán, al otro lado de la valla, viendo cómo se juega la partida, para, si algo falla decisivamente, echar una mano a los de siempre.

Y un pueblo, demasiado inculto y temeroso, se conformó con lo que poco que le dieron los herederos de sus padres, después de una pequeña reyerta librada sólo entre ellos mismos, mientras fingían muy astutamente que los otros, los genuinos representantes de un pueblo que todavía, hoy, ni siquiera sabe lo que quiere, participaban también en el reparto de la herencia del viejo dictador, pero no era así, como lo demuestra ese espantajo que llaman Constitución y que no hace sino consagrar, uno por uno, todos los principios del viejo Movimiento,  que siempre estuvo inmóvil.

Y uno de ellos, no sabemos cuál, que había leído al príncipe de Lampedusa, dijo que ahorrarían mucho tiempo, sangre e incluso dinero si seguían su celebérrima e hipócrita máxima: es preciso que todo cambie para que todo siga igual.

Y lo ejecutaron al pie de la letra, las Cortes franquistas se autodisolvieron para que los hijos de sus diputados ocuparan los escaños que sus padres dejaban vacíos,  permitiendo que unos cuantos de aquellos desarrapados, que llevaban siglos pidiendo justicia y libertad, se sentaran simbólicamente junto a ellos.

Y el pueblo, ese asno de millones de cabezas, al que tan bien describieron los emperadores romanos cuando dijeron que, para contentarlo, sobra con un poco de“panem et circenses”, o sea con  un poco de pan y circo, mucho circo, dice a todo que sí, porque el Real Madrid sigue ganando algunas copas de Europa y eso es lo más importante porque si falta el pan buenas son las tortas, aunque sean de negro centeno.

Y Fraga, el Sumo Sacerdote, de la ultraderecha, el ministro de Franco que le guiaba la mano cuando éste firmaba sentencias de  muerte de algunos de aquellos pobres ingenuos desarrapados, sigue ahí, y designa con sus dedos temblorosos todavía a los que deben de gobernar SU país, porque la tierra, toda la tierra de esta triste e irredenta piel de toro, será siempre de ellos, por eso, ahora, después de su primer príncipe, Aznar, le toca el turno, transcurrido un breve e hipócrita interregno, a ése que también ha sido designado por el dedo del que fue digitalmente elegido, Rajoy, que, qué casualidad, tiene como profesión la de registrar la sacrosanta propiedad de los elegidos, de todos aquellos que gozarán para siempre, a través de sus hijos y de los hijos de los hijos de los hijos de éstos, del derecho a poseer toda la Tierra, porque siempre ha sido, siempre será, siempre debe de ser de ellos.

De modo que parece que el círculo de hierro se cierra inexorablemente y, además, se estrecha ya que todas aquellas propiedades a las que los trabajadores de la construcción tuvieron acceso, revierten ahora a través de los juicios de ejecución hipotecaria, mansamente a las manos de la vieja invención de los judíos venecianos, los Bancos, las instituciones de crédito, cumpliéndose así la inmortal profecía de Shakespeare, de tal modo que éstos acaban devorando la carne viva de sus deudores a los que, además, dejan hipotecados para siempre, en una reencarnación de aquella vieja esclavitud romana en la que unos hombres podían vender físicamente a otros incluso a pedazos: la horrenda“trucidatio corporis”.

Y, sintiéndolo mucho, nos detenemos aquí, por haber excedido el límite de los 2 folios. A lo peor, mañana, continuamos. Hasta entonces.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Esclarecedora homilia, fray palazon, llena de conocimiento y sensatez,
recibe nuestra plena bendicion;
creo que solo te falta añadir:
'por los siglos de los siglos' y

'amen'

http://lashomiliasdelpadreramon.blogspot.com

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