domingo, 5 de diciembre de 2010

Navidad


Si sólo fuera el hambre.


No es exactamente vergüenza, creo que no existe la palabra adecuada para expresarlo, pero, tal vez, sea el sentimiento, la sensación más desagradable que pueda experimentarse.

Mira a su alrededor y no ve a nadie como él, tan profundamente herido, tan desolado, no sólo no tiene adonde ir sino que no quiere ir a ningún sitio, en el que haya gente que le vea, que contemple la absoluta miseria de su vida. No es ya que no tiene para comer ni tampoco donde situar ese cuerpo que se ha transformado en una serie de espantosos tormentos. Porque le duelen las manos y los pies, la espalda es toda ella un sólo dolor, las muelas y la lengua y el esófago, pero, sobre todo, el estómago. Hace ya mucho que el clorídrico lo llenó de úlceras al no tener otra cosa donde actuar que sus propias paredes, de modo que ahora, el hambre, cuando vuelve es un desesperado dolor que le llega hasta el alma.

Pedir, no pedirá nunca, aunque se esté muriendo, porque nadie tiene derecho a que él le pida. Así que no le queda otro remedio que rebuscar en los hediondos cubos de la basura lo que los otros tiran como desperdicios. Y, luego, buscar un sitio donde pasar la noche, sufriendo ese maldito frió que le hiela los huesos. Y, después, cuando amanece, intentar encontrar un sitio donde dé el sol y no haya viento, para que sus pobres huesos se recuperen de tanto temblor.

Y, así, un día y otro día, ¿hasta cuándo?

Como no sabe leer porque nadie le ha enseñado, no puede enterarse en esos sucios papeles que cuelgan de las paredes del kiosko de que, pronto, habrá mucha más gente como él, que no tendrá qué comer y dónde guarecerse porque les han suprimido el último subsidio que les separaba del hambre.

De modo que no tendrá que maldecir a los mercados ni a Zp que, al final, ha tenido que rendirse totalmente ante éllos y que está dispuesto a lo que sea para que el país, dice, no se hunda.

¿Hundirse, se puede ir aún más abajo de donde está él?

Hace ya tanto tiempo que trabajó que ya ni se acuerda. Fue antes de que su sola presencia espantase a la gente como si fuera un leproso o algo peor. Ahora le da tanta vergüenza  que le vean que se esconde, en esos sitios de las afueras, por los que nunca pasa nadie.

 La soledad, por muy espantosa que parezca, es el único bien de que disfruta. Hace ya tanto tiempo que no habla que ha olvidado el sonido de su voz. Y tampoco recuerda cómo hablan los otros, ni lo quiere, ni lo necesita. Está mejor en la absoluta soledad y en el silencio interminable que no perturban ni los pájaros,  porque ni ellos se atreven a venir hasta aquí, en donde el olor corrompido es insoportable.

Si sólo fuera el hambre, pero es también el odio y el temor. Odio a toda esa gente que está al otro lado del barranco y temor a ese odio que, a su vez, ha visto en sus miradas y a su asco, a esa repugnancia que lee en sus ojos cuando le miran asombrados de tanta miseria.

De modo que su vida no es más que un infierno interminable sin ninguna esperanza porque los desperdicios que come y la cueva en que duerme le separan de lo que sería su liberación.

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