lunes, 20 de diciembre de 2010

Pidiéndole perdón a mi mejor enemigo



Si alguien me lo hubiera dicho, me hubiera reído en su cara. 


Pero, ahora, que lo pienso, no me extraña nada. Primero, porque soy un llorón, lloro con una extraordinaria facilidad y casi sin ningún motivo. La última vez que lo hice fue en la muerte de Saramago y hay gente a la  que no sólo le sentó mal que lo hiciera sino que incluso me lo reprochó con una dureza que yo, todavía, no comprendo.

A mí, que he superado ya en 7 años mi esperanza de vida, que todos los días siento su presencia en mi carne, en esa punzada de dolor que nace en los más profundo de mis entrañas y que tan bien conozco, la presencia de la muerte me sobrecoge, porque me aterra el sentimiento de una nada tan eterna como  irreparable.

Seguramente, soy también un cobarde porque a mi alrededor veo a tanta gente que mira a la muerte con una serenidad imperturbable porque la soledad aterradora que supone ni siquiera les produce esta sensación que a mi me hunde el ánimo para siempre, a mí que vivo en una soledad casi definitiva y además incurable porque rehuyo cuidadosamente la posibilidad de conocer a nadie.

Acabo de escribir, hace unos días, que estoy absolutamente solo, aparte de los miembros de mi familia, y éstos ni siquiera se preocupan de mí fuera de lo indispensable, que coma, beba y duerma, pero ninguno de ellos se preocupa por lo que siento o pienso, qué oscura fuerza me hace persistir aquí, frente al ordenador, escribiendo para gente que me lee en los Usa o en Malasia, pero que no tienen siquiera la certeza de una existencia que nunca podrán comprobar fuera de la red.

También he escrito alguna vez que mi frase favorita es la de Lope de Vega, “a mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque, para estar conmigo, me bastan mis pensamientos”, pero el horror, que yo no soy el primero en descubrir ni mucho menos, se apodera de mi corazón si pienso, aunque sólo sea un momento, en el vacío, en esa nada tenebrosa que resulta, además, impensable.

Soy tan positivista como el mejor ateo, quiero decir que soy capaz de  razonar que después de la muerte, si no existe otra vida, lo único que me ocurrirá es lo mismo que ocurrió antes de que naciera, nada, un silencio, una falta de vida, una ausencia que nunca he podido sentir porque no ha existido, pero es precisamente eso lo que me aterra, convertirme en algo que ni siquiera existirá y no es el miedo a lo que no podré sentir entonces sino el que siento precisamente ahora ante ese abismo del no ser que a otros más inteligentes y lúcidos que yo, y mucho más sensibles, por supuesto, los llevaba a la náusea.

Todo esto a propósito de la muerte de alguien que quizá sea la persona que peor me ha tratado en una vida que nunca tuvo días de vino ni siquiera de rosas y cuya muerte me ha sentado como un mazazo en pleno corazón porque, durante algún tiempo, su enemistad fue el motivo para que yo le diera algo de sentido a una vida que ahora parece que lo tiene aún menos.

He escrito muchas veces sobre esta pantalla que el odio no es bueno, que pudre el corazón y enturbia la cabeza quizá para siempre y ahora descubro que aquella rabia sorda que me apretaba la garganta cuando leía algunas cosas de las que me atribuía este singular enemigo sin conocerme y sin saber realmente como soy, no era producto del odio sino de la sensación de injusticia y de indefensión ante un ataque que yo consideraba inmerecido.

Hasta que, un día, él no pudo más y contó que su sentimiento hacia mí se inspiraba en que yo, un día, fui con el juzgado a embargarle.

Y yo, entonces, no sólo lo comprendí todo sino que incluso me pareció plenamente justificada su protesta ante un destino que traía hasta el blog, en el que él conversaba entrañablemente con sus amigos, al testigo implacable de su mala fortuna, que yo, ahora, he vuelto a ver en eso que nos escribe su hijo de seguir trabajando como administrador y contable de algunos de sus clientes, en pleno lecho de muerte, totalmente desahuciado, con el cáncer minando su pobre corazón, que  tanto ha sufrido en una vida tan dura como la que tuvo.

Escribía, al principio, que he vuelto a llorar como un niño ante esta nueva tragedia de su vida, que me ha reconciliado con él para siempre, de tal modo que me gustaría que aún hubiera tiempo para ir a verle y pedirle perdón por toda esa áspera lucha que hubo entre nosotros y en la que él no fue sino la víctima de un estado de cosas contra el que luchó con todas sus fuerzas y que estoy seguro de que ha contribuido a que él se fuera tan pronto.

Yo sí que creo en otra vida precisamente por esto, por la necesidad imperiosa que siento de que se repare toda clase de injusticia, porque es preciso que todas las piezas de este puzzle absurdo que es nuestra vida encajen de una vez y todo alcance un sentido que ahora ni siquiera adivinamos.

Si no creyera en ello, hace ya algún tiempo que me hubiera ido dando un portazo porque no vale la pena comprobar, todos los días, que las miserias de esta vida son infinitamente superiores a los pocos hallazgos que todavía nos proporciona esta terrible tarea de sobrevivir, con la duda irresoluble de si vale la pena.

Antes de que, de nuevo, las lágrimas me impidan seguir escribiendo, quiero pedir públicamente perdón a este hombre que tuvo que soportar mi estulticia, por lo menos, 2 veces, una, cuando fui a su casa a embargarle y, otra, cuando respondí a sus justificados ataques con una ciega furia a la que ahora no encuentro ninguna clase de excusa, porque nadie merece el imperdonable tributo del odio.

Espero que la vida que me resta no me permita que otra vez pierda los papeles de esta mala manera, porque nadie debe de recibir un trato como el que yo le inferí a este hombre, que tantos buenos amigos tiene, lo que acredita su indudable valor.

Que descanse, para siempre, en paz.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

"en eso que nos escribe su hijo"

Su hijo no le ha escrito a usted Sr. Palazón, ha escrito a quienes eran sus amigos y usted no era uno de ellos.

No debería usted haber escrito sobre esa gran persona, porque usted no tiene ningún derecho a hacerlo.

Y no le digo nada más porque sería mancillar su recuerdo.

Anónimo dijo...

No llevemos a la pira a nadie, todos tenemos cosas buenas y malas, es muy simple, pero es asi.

De un amigo es facil hablar bien, de un enemigo, no tanto.

Eutiquio no merece la vomitona de Saco, por el deceso de nadie, los dos fueron muy duros entre ellos.

Si hubiese sido al contrario....

...el que sea libre de culpa, pues eso.

Anónimo dijo...

El odio, en ocasiones, no es tan malo como pueda parecer a simple vista. Hay algunos seres que son detestables, que merecen ese tributo del odio objetivamente, cuyo mejor destino para el bien de la humanidad sería desaparecer ahora mismo aplastados por un gigantesco zapato de 40 toneladas, como las cucarachas morales que son... como por ejemplo y sin ir más lejos, cierto sujeto de extrema izquierda que considera que debería obligarse, por Ley, a todas las personas, a donar su cadáver "a la ciencia".

Es perfectamente lícito odiar a muerte a estros infraseres, y el día en que fallezcan, celebrarlo con una botella de champán francés y bailar imaginariamente sobre su tumba... o sobre los restos de su cadáver diseccionado, según se mire.

Anónimo dijo...

Para el ultimo anónimo que tanto odia: Y tú que lo veas con los ojos en la mano hijo de la gran puta.

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