viernes, 21 de enero de 2011

La derecha y la moral sexual


Estamos muy preocupados por las consecuencias politicoeconómicas del próximo triunfo de la derecha y ni siquiera nos planteamos seriamente la consecuencias morales.

Y el problema de la carencia de moral que tal triunfo supone quizá sea tan grave como la desaparición absoluta que la derecha propone del Estado del bienestar.

Sé que soy un anticuado, lo reconozco, pero es que soy también muy anciano. A lo largo de una vida tan longeva como diversificada creo que lo he visto ya todo y considero que lo peor no es lo estrictamente económico sino lo inmoral.

Creo que si algo representa a la auténtica derecha es su esencial inmoralidad. Se tiene que ser un degenerado integral para pensar que los otros sólo han nacido para servirnos.

A partir de esta idea fundamental, todo es posible, absolutamente, porque el paso de lo económicopolítico a lo social, a lo personal, a lo moral es realmente inevitable.

Y todo esto a propósito de un buen artículo de Antonio Elorza en El País, en el que comenta las aventuras amorosas de Berlusconi.

Berlusconi, no lo olvidemos, es un gran amigo de Aznar, uno de sus auténticos amigos, al que le envió a uno de sus hijos para que lo apadrinara socialmente, de lo que nos llegó la noticia de un accidente de circulación cuando conducía inadecuadamente uno de esos coches de superlujo tan representativos.

Alguien, seguro, me dirá que Berlusconi y Aznar están en las antípodas morales, yo, francamente, creo que no. Si de Aznar no se conocen orgías sexuales tan estrepitosas como las de Berlusconi sólo es por una simple cuestión de gustos.

España, todavía no es Italia, que todo se andará, y la señora de Aznar es una de las máximas representantes de una de las  sectas religiosas católicas más exigentes en los aspectos más retrógrados de la sexualidad, y lo era ya antes de contraer matrimonio, o sea, que el matrimonio Aznar venía ya marcado por una concepción de la moral sexual muy estricta.

Pero hay otros miembros de la derecha española, que no voy a nombrar específicamente para evitar posibles acciones judiciales, cuya promiscuidad sexual es notoria. No digo yo que practiquen el sistema de camas redondas que parece formar parte de las bacanales  de otros personajes políticos en las mazomorras de esos prostíbulos acastillados  en los que están convirtiendo incluso los bajos de algunos de los edificios oficiales en los que residen siquiera sea fugazmente, aprovechando la fascinación que ello puede ejercer sobre la mente de prostitutas muy jóvenes, incluso menores de edad.

Habrá también quien me oponga que la moral italiana no se parece en nada a la española porque, allí, los largos siglos de dominio vaticano con pontífices que se hicieron famosos por su desaforada actividad  sexual, han acabado por relativizar una cuestión que forma parte de la naturaleza humana, de tal modo que podría decirse, parafraseando a Aristóteles, que el hombre que no ejerce muy activamente su faceta sexual es indudablemente una especie de anacoreta.

En cambio, aquí, las sectas religiosas de tendencia ultracatólica se extienden por el país como un reguero de pólvora que cauteriza todo lo que toca para siempre, de tal modo que se preconiza la procreación más abundante al propio tiempo que en sus falansterios se separa rígidamente a hombres y mujeres de manera que no pueden permanecer en el mismo sitio, a la misma hora.

Pero los miembros de estas sectas con licencia para procrear, lo hacen de tal manera que el mundo en el que se desenvuelven habitualmente se les está quedando pequeño, precisan de más espacios y de poco tiempo para propagar una fe religiosa que, en el fondo, esconde una ferocísima conducta sexual.

El problema, la situación extraordinaria, se produce cuando algunas de estas familias, de estos grupos, creados alrededor de la función procreadora, pierde la fe. Entonces, la función reguladora de la familia sedicente cristiana, salta por los aires y no es extraño contemplar a algunos de estos pertinaces católicos divorciarse y casase varias veces en espacio de tiempo muy reducidos.

La diferencia, pues, con Berlusconi no es de óptica moral sino tan sólo de costumbres sociales.  En la Italia, que pasó por el Renacimiento mientras nosotros sufríamos la peor Inquisición, nos llevan algún tiempo por delante, pero es seguro que el camino es el mismo y esa indiferencia de la derecha ante la inmoralidad económica no es sino el más ferviente indicador de que su moral, no es que esté por los suelos, es que sencillamente no existe.

Cuando esa relajación moral, que ahora sólo se manifiesta en lo económico, llegue a lo sexual, las prácticas de nuestros políticos conservadores igualarán a  las de  los italianos. Estoy seguro.

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