miércoles, 26 de enero de 2011

Un día cualquiera



Y amaneció un día como cualquier otro.

Y, después de lavarse la cara y desayunar, todos salieron corriendo hacia su trabajo, conscientes de que de ello dependía su vida.

Y, en el trabajo, cada uno hizo su función lo mejor que pudo.

Y la compañía siguió funcionando como un reloj.

Ellos, los trabajadores continuaron cobrando sus nóminas, a fin de mes.

Y los accionistas sus bien ganados dividendos, que no son sino la justa retribución por la inversión que hicieron de los ahorros de toda su vida.

Y en la planta noble del gran edificio, los administradores dijeron que había que aumentar los beneficios exponencialmente para que todo siguiera yendo como iba.

De mod que todo funcionaba perfectamente en un mundo que no podía ser mejor.

-Entonces-preguntó uno de los administradores-¿por qué esa gente sale con tanta rabia a la calle?

-Son los que no tienen trabajo.

-Que lo busquen.

-Parece que no lo hay en ningún sitio. Al menos, para ellos.

-Seguro que no han buscado bien o que no están preparados para trabajar. En cualquier caso, está claro que nosotros no tenemos la culpa de nada: sí, es verdad, que cada una de las máquinas que compramos pone a cien de ellos en la calle, pero ¿qué otra cosa podemos hacer si tenemos que soportar la más dura de las competencias para vender nuestros productos?

-Pero todo eso ellos no lo saben, sólo saben que es mediodía y en su casa no hay nada para comer, que les han cortado la luz y que el dueño de la vivienda les ha desahuciado por falta de pago, que la próxima semana tendrán que dejar la vivienda libre bajo la atenta mirada de los guardias, y que no tendrán ningún sitio adonde ir y que para morirse de hambre una persona necesita por lo menos setenta días. Y que no hay en ningún sitio un lugar donde poder hacerlo dignamente, de modo que algunos de ellos se reúnen en manadas, como las fieras, y acosan a las fuerzas de orden en los suburbios de nuestras ciudades y las cámaras de televisión acuden a allí y nos trasladan las imágenes de esa lucha tan inútil porque de ella no puede salir otra cosa que su sangre y su propia frustración porque, después de correr delante de los guardias o a su alrededor, seguirán sin tener una casa adonde regresar y nada para comer, entonces, su desesperación no sólo será inútil sino aún mayor porque habrán cerrado una puerta más y ya no tendrán ninguna clase de esperanza.

-Entonces, robarán.

-Es lo que casi todos ellos hacen, pero la policía los coge, los jueces los condenan y los carceleros los encierran.

-Para ellos no será tan malo como parece porque ya tendrán un sitio para dormir y donde comer.

-Sí pero ¿y la libertad, el hombre la necesita tanto como el aire?

-No se puede tenerlo todo en la vida.  Yo ya no puedo fumar, sólo como una especie de papilla infecta y los placeres del lecho he tenido que olvidarlos para siempre, me duele todo el cuerpo y para dormir tengo que tomar ingentes cantidades de pastillas. A veces, me pregunto por qué tengo tantos interés en seguir viviendo así, si sólo valgo para seguir ganando dinero, un dinero que ya hace mucho tiempo que no necesito.

-Es la vida. Si se hubiera hallado ya la fórmula matemática para ello, se descubriría que la cantidad de satisfacción del hombre es en realidad la misma entre los que viven bajo un puente y los que lo hacemos en uno de estos puñeteros rascacielos y, al final, cuando nos morimos todos vamos al mismo agujero.

Y levantaron la sesión del Consejo, y tomaron los ascensores tosiendo y abajo sus chóferes les abrieron las puertas de sus lujosos automóviles y se fueron a seguir muriéndose en sus maravillosos palacios, rodeados de criados.

Mientras, en las peores zonas de los suburbios, la gente, la pobre gente que ya no era nada hermosa, como un día la llamara Saroyan, seguía muriéndose de frío y de hambre.

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