miércoles, 23 de febrero de 2011

Miguel Hernández, Rilke y la patología del lenguaje



El lenguaje siempre ha sido mentiroso porque el hombre, por naturaleza no soporta la verdad.

No es ya sólo que mintamos despiertos es que lo hacemos incluso cuando dormimos, todos los sueños no son más que la expresión de nuestros deseos frustrados y, aunque en ellos tiende a abrirse paso una importante cantidad de verdad, el peso de la restricción mental sigue actuando poderosamente.

Pero ¿por qué mentimos tan continuamente? Porque la verdad pura y dura nos resulta absolutamente insoportable. Yo no puedo decirle a mi  mujer que me gustaría engañarla con su mejor amiga. Ni a mi amigo que, si se descuida, me tiraré a la suya.  Ni a mi hermano que, si puedo, lo engañaré con la herencia. Ni al jefe que procuraré hacerlo en mi trabajo, aplicándome sólo lo imprescindible para que no se note. Ni a mi compañero de faena retirando el hombro todo lo que pueda. Ni a mí mismo, en fin, cuando hago como que no sé que soy esta puñetera mierda mentirosa.

Pero no es un problema individual que nos afecte sólo a nosotros y al pequeño círculo que nos rodea, la mentira es total, es falso que el mundo sea tal como lo vemos, ahora, asentimos a eso de que la Tierra es redonda y de que está un poco achatada por los polos y ensanchada por el ecuador, pero esto será así ¿hasta cuándo? Porque los nuevos físicos dicen que el espacio es curvo y han encontrado una nueva dimensión que yo no sé siquiera cómo se llama.

O sea que el lenguaje de la ciencia no es más que una mentira temporal que sustituye a otra mentira que ya ni siquiera existe en el tiempo ni en los libros, en cualquier caso, me niego terminantemente a seguir a los científicos porque nos han llevado al borde del holocausto nuclear.

Rechazo con la misma energía la labor de los santos porque han situado su objetivo en el más allá.

Sólo nos quedan los poetas porque intentan penetrar en el corazón de todos los hombres y allí, sí, allí, dormida, esperando que alguien la despierte, se encuentra la verdad, esa verdad que hace que nuestros ojos se llenen de lágrimas.

Y, entre éstos, tengo 2 favoritos: Rainer María Rilke y Miguel Hernández.

Rilke tal vez sea el poeta prototípico de los clásicos, tan es así que eligió como causa de su muerte el pinchazo de la espina de una rosa.

Miguel  es el ejemplo de los poetas telúricos y como tal tenía que morir asesinado de mala manera.

Porque mientras aquél se refugiaba en hermosos palacios, bajo la protección de exquisitas mujeres, éste pastoreaba cabras en la huerta oriholana.

Rilke, en sus Elegías de Duíno,  escribió aquello de “¿quién, si yo gritara me escucharía entre las jerarquías de los ángeles”, mientras que Miguel decía “me llamo barro aunque miguel me llame, barro es mi profesión y mi destino que mancha con su lengua cuanto lame” pero aquél no estaba tan lejos de la realidad cuando escribía que todo ángel  es terrible, casi en el mismo tono que Miguel exclamaba “no cesará este rayo que me habita el corazón”, pero mientras el alemán, en sus elegías, sobrenadaba el mundo, Miguel, en la elegía a su amigo Sijé, dijo que “quería  escarbar la tierra con los dientes,  apartar la tierra, parte a parte, a dentelladas secas y calientes. Quiero minar la tierra hasta encontrarte y besarte la noble calavera y desamordazarte y regresarte”. 

Y yo sostengo la peregrina teoría de que el grito del exquisito  Rilke fue oído mejor que por nadie por aquel tipo de apariencia rústica que escribió aquello de:

   Por una senda van los hortelanos,
que es la sagrada hora del regreso,
con la sangre injuriada por el peso
de inviernos, primaveras y veranos.

Vienen de los esfuerzos sobrehumanos
y van a la canción, y van al beso,
y van dejando por el aire impreso
un olor de herramientas y de manos.

"Por la sangre injuriada por el peso de inviernos, primaveras y verano, vienen de los esfuerzos sobrehumanos y van dejando por el aire impreso un olor de herramientas y de manos".

Esto, que podría trasladarse muy bien a la salida de una fábrica, él, Miguel, vivía y trabajaba en otro sitio, en otro ambiente, es una verdad como un castillo, “un olor de herramientas y de manos”. Juro por todos mis muertos que yo he sentido ese olor  cada vez que he ido a trabajar donde trabajan ellos, los obreros, y es el olor más noble de la Tierra.

1 comentario:

neutrino dijo...

El olor de manos es de lo poco que nos quedará en este mundo cuando todo se vaya a tomar por el culo. Cuando de 30.000 millones de almas que somos ahora, pasemos a ser poco más de un millón. Y para ese día ya falta bastante menos de 100 años. No hay ya mal que dure ni 90 años...

calificacion de las entradas