miércoles, 16 de febrero de 2011

Miguel Hernández sigue perseguido después de muerto


Llevo toda la vida sumido en un problema atroz.


De una parte, sé que, sin justicia, la vida sería totalmente imposible, pero también sé que es peligrosísimo, tal vez suicida, otorgar a un hombre el poder de juzgar a otro hombre, porque éste es un ser de una pieza, un todo orgánico, incapaz de actuar por partes, de tal modo que cuando hace algo, todo él, desde sus más bajas tripas en plena digestión hasta la química que hace funcionar su cerebro está implicada en su acción.

Por eso escribía hace muy poco que un juez, si es un hombre como debe de ser, es una tragedia con piernas y hubo algunos a los que esta definición mía no les gustó nada.

Vayamos, pues, por partes.

Si es metafísicamente imposible que el hombre sea total, plenamente imparcial, ¿debemos consiguientemente abolir la posibilidad de que se ponga en práctica una justicia humana?

Debo de confesar que a mí, particularmente me repatea lo más bajo de mi anatomía, oír a sesudos tertulianos de las mejores emisoras radiofónicas, llenárseles la boca al proclamar que lo ha dicho la justicia y ya basta.

Yo he vivido por, para y de la justicia durante 40 larguísimos años de mi vida. Y os aseguro que, tal vez, sea la más dura de las formas de vivir porque participas de una manera más o menos decisiva en que sentencias como la de Miguel Hernández concluyan determinados juicios.

De modo que alguno de esos tertulianos podría revolverse contra mí, gritando, como ya lo hizo algún otro de los que andan en estos blogs: “Oiga y ¿usted por qué siguió participando en los juicios si comprobó que algunos de ellos no eran sino la perpetración de una total injusticia a sabiendas, no es ése el concepto de prevaricación?”.

De manera que no tengo otro remedio que volver al principio. Seguramente es por desconocimiento de la materia pero no acepto la postura anarquista porque creo que el derecho es tan necesario para la vida del hombre como el aire que respira y el agua que bebe, sin derecho, el mundo entero desaparecería en un instante. El derecho es lo que me permite a mí, en este mismo instante estar aquí, escribiendo todo esto en mi ordenador, sin que nadie me lo impida, y el derecho será también el que me permita, mañana, cuando amanezca, que vaya  a comprar el pan, en paz, a la panadería de la esquina. El derecho es lo que impide que unos ocupas vengan esta noche a mi casa y me expulsen de ella, en fin....

Pero también el derecho es ese arma terrible que condena a muerte, ¡a muerte! a un hombre por una acción que ha cometido, sea la que fuere, que permite que el más grande de todos los poetas en lengua española fuera torturado de la peor de la maneras hasta su muerte.

Ah, el derecho. "Rigth" en inglés, "directus" en latín, recto en español. Cuántas canalladas, cuántos crímenes se cometen todos los días en tu nombre y, sin embargo, deberíamos de ser todos muy conscientes de que se cometerían muchos más si no existieran esos órganos uni o pluripersonales encargados por los Estados de administrar justicia. 

¿Entonces? Decía, creo yo que decía, el que es el maestro de todos mis maestros, que “en un término medio, reside la virtud”, y la justicia, a no dudarlo, es una virtud.

Hay que admitir, no tenemos más remedio que hacerlo, es una más de nuestras terribles servidumbres, que un hombre sea juez de otro hombre que puede ser el hijo de su peor enemigo, o el mejor poeta de todos los que se produjeron nunca en la izquierda, siendo el juez partidario acérrimo de la peor de las derechas.

Miguel Hernández nunca hizo otra cosa que no fuera pastorear cabras y escribir los mejores poemas que yo he leído, poemas que surgieron de su pecho impregnados de su profunda ideología de hombre del pueblo, lo que tenía que molestar hasta el tuétano a todos esos otros tipos para los que el pueblo es la chusma, la plebe, el populacho, la canalla que huele a sudor y a ajo. Y, además, el jodido tío se empeñó en algo que hasta él estaba prohibido y que, después de él, un montón de jodidos pusilánimes quieren que siga prohibido:escribir con el corazón sobre todas la injusticias vitales, naturales Y SOCIALES que el hombre sufre en el discurrir que constituye su vida.

Por eso, unos tipos que NO eran jueces que, tal vez, ni siquiera eran militares pero sí que eran unos perfectos canallas, lo condenaron a muerte por seguir siendo fiel a algo que ellos, precisamente ellos, habían traicionado, la lealtad al gobierno que el pueblo había elegido por mayoría en las urnas.

Y, ahora, complazco a mi querido comentarista que me pide en mi blog un juicio técnico sobre esta indecente NO sentencia.

Lo que un infame tribunal militar dictó contra Miguel no es una sentencia porque ésta es la declaración que un juez o tribunal COMPETENTE hace sobre un disputa jurisdiccional que se le propone.

Un tribunal militar no era competente para juzgar a Miguel porque éste no era personal militar sino civil pero es que, además, un tribunal constituido bajo un régimen que se sustentaba en una rebelión armada contra un gobierno legalmente constituido no era tampoco legítimamente un tribunal de modo que en la llamada sentencia coincidídan por lo menos 2 motivos que provocaban su nulidad radical o de pleno derecho:

1-la incompetencia plena del órgano pretendidamente jurisdiccional

2-la falta de competencia objetiva por razón de la materia porque Miguel no era militar ni los hechos por los que pretendidamente se le juzgaban tampoco estaban sujetos a esta especialísima jurisdicción.

Tal vez, sea por este razonamiento por lo que el TS se ha salido por la tangente y ha esquivado pronunciarse sobre el recurso de revisión que ha planteado la familia, apoyándose en la pretendida efectividad de la  llamada Ley de la Memoria Histórica.

Pero como dijo el más genial de nuestros filósofos que, además, era torero, lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.

Si uno de los pedimentos del suplico de la demanda de revisión de los familiares estaba fundamentalmente dirigido a pedir se borren del registro de sentencias ésta por la que se declara un montón de indignidades como cometidas por Miguel, el referido tribunal debió de hacer  una de 3:

1-o, al denegar su propia competencia por mor de la antes citada ley que le impide, como dicen que le impedía a Garzón, entrar a conocer del asunto, indicar qué órgano tiene a su juicio dicha competencia,

2-o, admitiendo su propia competencia dictar un fallo aplicando dicha ley y ordenando borrar de su Registro de sentencias la que condenaba a Miguel,

3) o enumerar clara y detalladamente los motivos legales que le impedían entrar a conocer del asunto.

Como no conozco ni el texto de la sentencia que condena a Miguel, ni el recurso de revisión de la misma presentado por los familiares de éste ni el texto de la resolución de la Sala de lo Militar del TS, todo lo que he expuesto no son más que unas reflexiones generalísimas a vuela pluma sobre el tema que un amabilísimo comentarista de mi blog me ha propuesto.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias D. José, solo sé lo que he leido en la prensa. En todo caso, recordar la injusticia y la mofa de esa llamada ley de memoria historica.
Un abrazo

Fernando Mora dijo...

Este análisis técnico creo que no es que ya sea interesante, si no absolutamente necesario, para comprender que estamos simplemente ante un asesinato. Y lo peor es que ahora, tantos años después del hecho, este se siga "perpetuando" con el pronunciamiento habido por parte de la justicia.
Por supuesto que esta es una opinión tan particular, como indocumentada.

Habla el anónimo de arriba de injusticia y mofa. Lo mismo siento. Los familiares y acaso no sólo ellos, sentirán, sentimos, algo muchísimo más profundo. Y estoy seguro que para deleite de los que le asesinaron y/o sus herederos.

Saludos,

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