sábado, 12 de marzo de 2011

Democracia, imposibilidad de su existencia.




Demos=pueblo, cratos=poder, poder del pueblo, para el pueblo y por el pueblo.

Vivimos en medio de la falsedad, de la mentira. Por todas partes, se proclama como triunfante, como realmente existente, la democracia y no es verdad, la democracia no existe no por nada sino porque no puede existir y esta verdad, esta única verdad no es nueva sino que ya nos la anticipó el padre de todo el pensamiento lógico, Aristóteles, cuando reseñó la evolución de las formas políticas que no supone otra cosa que un intento frenético de la historia para intentar conseguir eso que es precisamente imposible, el imperio de la democracia. 

De vez en cuando, un político serio como Winston Churchill, se baja la careta y lo reconoce, si bien no del todo explícitamente, cuando dice aquello de que la democracia es el menos malo de todos los sistemas posibles, frase que seguramente se inspiró, como este estudio que trato de realizar hoy, en la vieja doctrina aristotélica de la evolución de las  formas de gobierno.

En un estado inicial, el pueblo se gobierna como buenamente puede, es una especie de anarquía en la que no existe todavía un poder establecido legítimamente sino que los individuos, todavía no son ciudadanos porque no existe la polis, la civitas, pactan continuamente entre sí, seguramente por medio de asambleas, lo que debe de hacerse para que la familia y, luego, la tribu, funcione.

Pero seguramente, resultaba muy laborioso e indudablemente pesado, reunirse cada 2 por 3 para resolver los continuos problemas de convivencia que se presentaban y, entonces, en una de esas asambleas, más o menos tumultuosas, llegaron al acuerdo para que una serie de individuos, los más viejos, y los más sabios, los gobernaran, surgió así una especie de aristocracia, o gobierno de los mejores, que gobernó pacíficamente hasta que la cosa degeneró y se llegó a la corrupción de la situación porque aquellos aristócratas se convirtieron en oligarcas, de tal modo que tan espontáneamente como estaban sucediendo originariamente las cosas, se produjo una pequeñas revuelta, todavía no revolución, que acabó con el dominio de los oligarcas, restituyendo el poder al pueblo, o sea, que se instauró de nuevo la democracia. Y vuelta a empezar.

Esta evolución ¿es absolutamente inevitable?

Parece que sí, aunque de vez, en cuando, se produzca un salto y la evolución histórica, en cada uno de los pueblos, evite la producción de todas y cada una de las formas consecutivas de gobierno.

O sea que toda forma política de gobierno es, en realidad, un pacto, un contrato que se establece entre gobernantes y gobernados y, como todo pacto o contrato, ha de someterse a las reglas universales del Derecho, tal como viene sucediendo desde el viejo y venerable Derecho romano.

¿Cuáles son estas reglas?

No hay contrato, dice el Derecho, sino cuando concurren en un acto los siguientes elementos: 1) objeto cierto que sea precisamente su materia, 2) consentimiento de los contratantes y 3) causa de la obligación que se establezca.

El contrato político para la gobernación tiene por objeto cierto precisamente esta tarea, gobernar un pueblo, ha de producirse mediante el consentimiento explícito entre gobernados y gobernantes y tiene que tener una justa causa: el bienestar de los ciudadanos.

Si falla, pues, una de estas circunstancias, el contrato, simplemente, no existe, es un contrato falso, una mera apariencia de legalidad, una superchería, una mentira.

Nuestra tarea de hoy es precisamente ésa: demostrar que, en las actuales circunstancias de la evolución histórica, el contrato, el pretendido contrato entre gobernados y gobernantes no existe porque falta, por lo menos, el consentimiento entre unos y otros para que el mandato político y representativo entre ellos, que debiera producirse a través de las urnas sea lícito y, por lo tanto, exista.

Nosotros estamos convencidos de que no es así y vamos a intentar demostrarlo.

(Continuará)

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