viernes, 4 de marzo de 2011

El hombre rebelde


"¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento. (...) El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo) da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es". "El hombre rebelde", Albert Camus.


La rebelión es un instinto tan natural al hombre como el de comer y el de respirar.

El niño, en la cuna, se rebela ya contra esos límites cariñosos que le impone la madre y llorar y grita protestando contra ellos y a mí, personalmente, mi madre me llevó al parvulario a zapatillazos.

Y, desde entonces, cualquier norma, por buena que fuera, me ha parecido insoportable.

Intolerable, me parece, que comience el día, cuando sale el sol y todavía tolero  mucho menos la oscuridad tenebrosa que me trae la noche.

No me parece bien que nadie me diga lo que tengo que hacer y mucho menos aún que una sociedad inflexible me obligue a hacerlo. 

Parece, por lo tanto, que Camus pensaba más o menos como yo cuando escribió lo que acabamos de citar, pensando, como lo hago yo que la primera de las rebeliones es precisamente la que se produce contra Dios.

Un Dios que cumple su papel a rajatabla y que se encarna sucesivamente en todos los que nos oprimen.

De modo que no descansó ni un solo día desde que nos arrojó de El Paraíso y ha ido adoptando las personalidades de los grandes hombres para someternos a un imperio que odiamos por naturaleza.

Moisés, Alejandro, César, Napoleón, Hitler, Stalin, Roosevelt, Churchill, Franco, De Gaulle, MacArthur, Truman, Bush, no son más que encarnaciones de su Naturaleza, seres que piensan hallarse en posesión de un destino que no sólo nos supera a nosotros sino también a ellos y, por tanto, no tienen más remedio que hacer lo que hacen: lanzar los rayos de su ira contra los que los desobedecen.

O sea, contra todos, porque no hay un solo hombre en el mundo que esté de acuerdo con su propio destino. Incluso esos benévolos sujetos que se retiran del mundo a meditar al fondo de las cuevas, si acaso, éstos menos que nadie puesto que ni siquiera están conformes consigo mismos.

Y, entonces, llega el dulce, el leve Obama y dice que va a emplear la fuerza contra Gadafi porque ha mandado a sus aviones contra su pueblo, el pueblo de Gadafi, y lo dice el mismo tipo que sucedió en el trono del Imperio a aquel que mandó todos los rayos del cielo y de la Tierra contra otro pueblo que no había cometido más pecado que asentarse, involuntariamente, por supuesto, sobre algunos de los más ricos yacimientos de petroleo. Y de aquel otro, más criminal aún, que envió al Enola Gay con su maléfica carga contra dos inocentes ciudades, Hirosima y Nagasaki, que no eran culpables de otra cosa que soportar los designios de un dios de carne y hueso que adoraba a los nenúfares.

De modo que toda rebelión, sea cual fuere, se halla mucho más que justificada, porque el poder, cualquier clase de poder es ominoso y no se justificará nunca porque es esencialmente contrario al devenir de la propia naturaleza, que fluye mansamente incluso cuando revientan los volcanes, se encrespan los sutnamis y caen los rayos sobre los inocentes labriegos que no hacen sino cultivar sus tierras.

Porque el hombre la mayor parte de su tiempo no hace más que sufrir, si no otros males, los que le inflige su propio y desconsiderado cuerpo que le plantea continuamente irresolubles problemas.

Ésta, por sí sola, sería condena suficiente a sus pecados, pero no hay piedad para él porque se empeña en querer seguir viviendo como un ser libre, lo que es indudablemente pretencioso, porque la libertad, está más que demostrado, no puede haber lugar en este mundo, en el que tantas trampas la acechan no siendo las menos las que provienen del propio ser humano que pretende ser feliz en un mundo que no está hecho para eso.

De modo que, al pobre, no le queda más remedio que ir todo el tiempo rebelándose, a veces, ni siquiera sabe contra qué, pues todo el mundo no lo puede tener tan claro como Espartaco.

Yo, en este momento, sí que lo tengo y me rebelo contra el dolor y la enfermedad, dos terribles azotes que, la mayor parte de las veces, no hemos hecho nada para merecerlos que no fuera nacer, pero éste no me parece motivo suficiente para ello por ser involuntario y, después, contra otras condenas tan poco merecidas pero tan exigentes como la obligación de trabajar todos los días para comer, lo que transforma nuestra vida en una especie de esclavitud que los demás se encargan de agravar con las peores maneras.

De modo que yo no tengo más remedio que rebelarme contra un destino que no creo haber hecho nada para merecer.


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