martes, 1 de marzo de 2011

El suicidio de la humanidad




Hace ya algún tiempo que Francis Fukuyama escribió "El Fin de la historia", hoy, nosotros vamos a hacer algo parecido, vamos a pergeñar un trabajo que nos atreveríamos a titular "el suicidio de la humanidad".

 Y es que junto al inconsciente individual ya no cabe duda de que existe también un inconsciente colectivo y no precisamente en el sentido en el que lo expuso Jung.

Alain Finkielkraut invirtió mucho de su precioso tiempo en escribir "La derrota del pensamiento" y nosotros vamos a intentar continuar su tarea.

Hemos acabado de implantar la teoría perfecta. El neoliberalismo se ha impuesto de una manera tan decisiva que nadie se plantea siquiera discutirlo.

La libertad omnímoda de empresa y comercio es el nuevo tótem y tabú. No se puede y, por lo tanto, no se debe de hacer otra cosa que favorecer y servir en todo lo posible la implantación en todo el mundo del dominio absoluto de la tarea empresarial y de la dictadura de los mercados.

Y esto es tan así que se impone, que se impondrá queramos o no,  "velis nolis".

O sea que el interés empresarial se impondrá totalmente al humano de tal manera que todo esos postulados que concluyeron con la brillante idea de que no se había hecho el hombre para el sábado sino éste para el hombre, acabarán en el estercolero de la historia.

Pero esta idea, esta teoría, este teorema, esta realidad inapelable se impondrá con tal crudeza, con tanta saña, que no quedará siquiera el menor vestigio de la idea contraria y veremos cómo el hombre va desapareciendo de la consideración de los que estudian lo mejor para el desarrollo de la empresa y de los mercados como un axioma tan indiscutible como inevitable del desarrollo de los acontecimientos.

Y, un día, nos despertaremos sobre una Tierra absolutamente desconocida en la que la consideración de los valores propiamente humanos se habrá extinguido.

Expuesto así, tan breve y esquemáticamente, puede parecer una exageración pero no lo es.

El desideratum de una empresa será aquél en el que las máquinas hayan superado y hecho inútil la participación real de los hombres. En la que el robot, esa entelequia que ahora hasta nos parece impensable, sea una realidad horrorosa pero inevitable.

El lógico correlato es que el hombre no sólo se sentirá marginado sino perseguido a muerte por una sociedad que no sólo lo considerará superfluo sino perjudicial, dañino, nocivo, en tanto en cuanto planteará, cada vez más, una serie de exigencias no ya sólo inalcanzables sino indeseables.

En un mundo parecido, pero ampilamente superado en cuanto a su deshumanización, como el de Blade runner, al hombre no le quedará, al fin, otra solución que rebelarse contra los creadores de esta situación y lo harán con esa desesperada ferocidad de los replicantes.

Y lo peor es que tendrá en su mano, al alcance de su mano, un instrumento capaz de acabar con todo lo que hay sobre la Tierra.

La incógnita, la única incógnita, es dónde empezará el apocalipsis. Así, a bote pronto, parece que será en el país más poblado del mundo. En donde el ser humano será todavía aún menos relevante, menos significativo, en donde existir será, sin duda, un castigo insoportable.

Legiones de gentes desesperadas buscarán el suicidio colectivo asaltando los almacenes de armas nucleares, armas que lanzaran hacia los cuatro puntos cardinales y ya no será necesario que un nuevo meteorito choque contra nuestro planeta, la muerte, una muerte invencible se habrá adueñado del destino de un animal que fue incapaz de organizarse racionalmente.

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