domingo, 6 de marzo de 2011

Gadafi, o de como la izquierda, cuando se corrompe, se convierte en derecha o sea demostración de que la derecha es sinónimo de corrupción.




Como siempre, antes de nada, hemos de resolver una cuestión semantica, qué es derecha y qué izquierda y no hay otro remedio que acudir al DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA DE LA LENCUA:

Derecha: “26. f. Conjunto de personas que profesan ideas conservadoras”.

Conservador/a: “2. adj. Dicho de una persona, de un partido, de un gobierno, etc.: Especialmente favorables a la continuidad en las formas de vida colectiva y adversas a los cambios bruscos o radicales. U. t. c. s”.

El problema que se nos plantea al buscar la definición de los términos izquierda y derecha en el DRAL reside en que ésta es esencialmente de derechas puesto que se halla integrada por unos señores que han triunfado en la vida, o sea que aspiran a mantener su “statu quo”, o sea, la continuidad de la situación, o sea, que son conservadores.

Y no sé por qué me viene a la memoria aquella frase terrible: “El tipo que a los 20 años no es de izquierdas no tiene corazón, el tipo que a los 45 años no es de derechas no tiene cabeza”.

Los que aborrecen las simplificaciones no estarán nunca de acuerdo con mi definición de lo que es la izquierda y la derecha.

Para mí, el concepto determinante es la igualdad, pero la igualdad real no la teórica.

Un tipo es de izquierdas si busca desesperadamente la igualdad y es de derechas si piensa que la igualdad no sólo no existe sino que ni siquiera debe existir porque no lo quieren ni la filosofía ni la naturaleza.

La naturaleza se ha preocupado, y mucho, de que no seamos iguales, seguramente porque considera que la igualdad no favorece su desarrollo y conservación, que la igualdad estanca definitivamente el agua que circula por el río de la vida.

Y la filosofía aún es más dura con la igualdad: afirmar que un sabio es igual y tiene los mismo derechos que un perfecto ignorante es una aberración insostenible.

¿Entonces?

Una ola derechista, un auténtico sutnami conservador recorre el mundo arrollando todo cuanto se opone a su paso: es lo que algunos llaman “la revolución conservadora”, que se tapa con el ropaje falsamente abierto de una omnipresente y omnipotente libertad individual;  para esta ideología, de la que participan muchísimos de los que se autotitulan de izquierdas, la libertad es el valor esencial, fundamental, emblemático del verdadero progreso. Sería ciertamente risible si no fuera tan dramático puesto que tiene sumida en la más terrible de las pobrezas a una cuarta parte de la humanidad.

La libertad es el valor esencial de la derecha. Es algo que no comprendo cómo no lo admite esa falsa izquierda que milita en las filas de la peor de las derechas pero ocultándolo dolosa e hipócritamente.

Si entendemos por libertad el derecho a hacer cada uno lo que quiera no cabe duda alguna de que nos hallamos ante el principio ideal de la derecha.

La izquierda, la falsa izquierda de los taimados hipócritas o la estúpida izquierda de los que no saben realmente lo que dicen, clama por la libertad, libertad para casarse y divorciarse, libertad para decir lo que piensan, libertad para manifestarse en las vías públicas, libertad de contratación laboral, sin ver, o haciendo como que no ven, que todas estas libertades nominales ciegan la única libertad verdadera: libertad para ser cada uno de nosotros el dueño real de su propio destino, una libertad que se basa imprescindiblemente en la capacidad del hombre para subsistir con plena independencia económica, o sea, lo que podríamos denominar libertad económica y que no es otra cosa que la seguridad que el hombre debería de tener en que su “status” económico, imprescindible para continuar viviendo en iguales condiciones con los demás individuos que componen la “polis”, la organización sociopolítica a la que pertenece y en la que se integra, no va a verse alterado nunca por la manifestación de su propia voluntad política, es decir, por la expresión del modo en el que desea que le gobiernen.

Y todo esto se ha agolpado en mi cabeza esta mañana, cuando me he dado cuenta de que Gadafi es un izquierdista al que esa tendencia irresistible a la corrupción existente en la naturaleza humana ha impelido a derivar hasta la extrema derecha, que no es sino la esencia misma de la corrupción.

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