jueves, 7 de abril de 2011

El mundo, la vida y nosotros.

Según el pensamiento de Jürgen Habermas, el más representativo de los filósofos marxistas vivos.

Que el mundo no funciona es evidente puesto que la cuarta parte de la humanidad sufre carencia inadmisibles, mientras que por todas sus esquinas se montan guerras injustificables.


Y sé que voy a poner en pie de guerra a casi todos mis lectores porque creo que es por culpa de la libertad, de eso que hemos dado en llamar liberalismo.

El liberalismo se basa en la viejísima idea del “laissez faire, laissez passer”, dejar hacer, dejar pasar, pero al hombre no se le puede dejar obrar libremente porque entonces se impone el reino de Hobbes, que nos demostró para siempre que el hombre es un lobo para el hombre.

Y los lobos, no tienen hartura, persiguen y matan a sus presas aunque vivan en la abundancia porque su instinto natural es matar.

Por supuesto que un mínimo de organización es indispensable incluso en las manadas de lobos, pero es una organización encaminada a la muerte.

Y en un mundo moderno, occidentalizado, se mata muy asépticamente, pero se mata. No de una manera repentina sino paulatina, a usted, lector, y a mí, ahora mismo, nos están matando lenta pero progresiva y definitivamente puesto que, cada día, nos privan de algo a lo que tenemos pleno derecho sólo por existir y la carencia no es más que una característica de la muerte.                      

La existencia es una orden de la naturaleza, vivir se nos impone como primera necesidad y hacemos y haremos todo lo posible para seguir existiendo por muy duras que sean las circunstancias que se nos impongan. Esta exigencia es la que nos empuja a sobrevivir en las más extremas condiciones. En realidad, el hombre no es más que un superviviente.

Y sobrevivir es acudir, cada día, a nuestro trabajo y hacerlo lo mejor que podemos, siendo lo suficientemente conscientes de que en ello nos va precisamente la vida, no sólo la nuestra sino también la de todos los que dependen de nosotros.

Es una condena a muerte que se cumple todos los días un poco. Lo sabemos y lo aceptamos. Sabemos que lo que hacemos no nos aprovecha directamente a nosotros sino a alguien que ni siquiera sabemos quién es porque nuestro jefe, nuestro empresario no es más que un hombre de paja, un espantapájaros.

Y nos hemos habituado de tal manera a vivir así que ni siquiera nos damos cuenta de lo que hacemos realmente, e incluso algunos viven felices.

De eso, precisamente, es de lo que se trata. De que cada uno de nosotros cumpla con un papel que en nada se parece a lo que él deseaba.

 De modo que incluso ésos a los que llamamos triunfadores sólo son una especie de autómatas a los que arrastra una corriente que, al final, conduce al mismo sitio, puesto que si ellos han saboreado lo que llamamos apogeo, la muerte intransitiva les espera también al final, de modo que cabría preguntarles dónde está su victoria.

Y es que no hay victorias en un mundo pleno de fracasos.  Si yo fracaso, si yo paso hambre y frío, ellos están fracasando también porque, aunque no lo quieran, son mis hermanos y nadie puede vivir decentemente a expensas de la muerte de su propio hermano.

De modo que la victoria no sólo es circunstancial sino transitoria, antes o después, el triunfador acaba por conocer la derrota, una derrota que la memoria del leve triunfo hace aún más dolorosa.

Y, al final, la muerte. Y no nos podemos llevar nada de lo que le robamos a los otros. Si no es una espantosa sensación de vacío y de culpa que no nos atrevemos a reconocer porque sería el fracaso de todo lo que hicimos, de lo que fuimos, de lo que pretendimos ser, fracaso todavía más rotundo si sólo fuimos ricos, es decir, si sólo vencimos en la canallesca carrera por estafar a los demás, a los que tenían el mismo derecho que nosotros a vivir.

Y, luego, a lo peor, está la nada, ese horrible concepto que algunos inconscientes llaman el eterno descanso. No hay tal, nunca descansaremos por el mal que hicimos porque el mal seguirá ahí, perpetuando nuestra memoria.

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