domingo, 10 de abril de 2011

La hermosa libertad contra la puñetera igualdad (V)




Seguramente, en esta serie de artículos que estoy escribiendo sobre el antagonismo libertad/igualdad, se me está malentendiendo.

Por eso quiero afirmar rotundamente, antes de proseguir, que la libertad no es ni más ni menos que el desideratum.

Lo que ocurre es que yo no puedo ser libre si no tengo cubiertas de una manera definitiva mis necesidades básicas porque entonces tendré que vender toda mi libertad para satisfacerlas, que no otra cosa es someterme incondicionalmente al mercado de trabajo.

Porque ésta es la gran ficción que todos hemos admitido pacíficamente.

Gritamos a los cuatro vientos que somos libres cuando sólo queremos desesperadamente serlo. Confundimos, pues, nuestros deseos con la realidad que no es otra que nuestro total sometimiento a un conjunto férreo de las peores normas.

Yo no soy, en absoluto, libre si tengo todos los días que trabajar para seguir subsistiendo. En realidad, soy el peor de los esclavos precisamente por esta necesidad que, por otra parte, es absolutamente ineludible porque para ser absolutamente libre habría de ser millonario.

Y lo digo desde esta posición mía de jubilado con 1.486 euros de pensión mensual, que es, por supuesto, irrisoria, dadas mis enormes y cotidianas necesidades de un matrimonio de ancianos con 2 hijos incapacitados, pero que tiene esa seguridad de que no le va a faltar nunca ese ingreso pase lo que pase y haga lo que haga, gracias a Carlos Marx.

Quiero decir, pues, que tengo libertad para hacer, dentro de unas posibilidades personales mínimas,  lo que me dé la gana.

Si quiero, me levanto, y, si no, permanezco todo el día en la cama. Por supuesto que no puedo ir a comer todos los días fuera de casa porque eso excede a mi presupuesto, pero, por ahora, parece que no me voy a morir de hambre, que no me va a faltar un techo que me cobije de la intemperie, y que, por vivir en la zona templada, no me voy a morir de  frío una de estas noches por falta de calor.

El problema, el gran problema es que éstas mis circunstancias tan modestas son excepcionales en una sociedad tan organizada para explotar al hombre que mi estado es considerado por el poder como excesivo para la inmensa mayoría de la gente y, por eso, desde los organismos virtuales en que dicho poder se ejerce se ha emprendido una feroz campaña para que acceder a este mi estado de jubilación sea ciertamente no ya difícil sino casi imposible: jubilación, por ahora, a los 67 años, después de no se cuántos de cotización, lo que va a obligar a las generaciones venideras a estar toda la vida, hasta la muerte, sin ninguna exageración, trabajando, o sea, que no gozarán nunca de esta pequeña libertad de la que yo ahora disfruto.

Entonce, yo gritaría esa exclamación de 1 Corintios, 15.55, "libertad, ¿dónde está tu victoria, dónde coño estás que nadie que no sea millonario por nacimiento o por el ejercicio de una de esas privilegiadas pero escasísimas profesiones de remuneración extraordinaria me permitirá tu acceso, pasado cierto tiempo de su ejercicio?".

Y la libertad no responderá nunca a la llamada de esa inmensa legión de los ciudadanos corrientes.

O sea, dicho de otro modo, claro y contundente, la libertad no existe, en realidad, sólo es el señuelo con el que los poderosos tratan de embaucarnos para que sigamos trabajando, la forma moderna de esclavitud, hasta que nos llegue la muerte en nuestro maldito puesto de trabajo.

Porque esa libertad de decir lo que quiero o lo que puedo, porque para que mi voz llegue a todo el mundo, necesita un medio que me permita hacerlo, sólo es una libertad puramente nominal o formal porque mi grito no vencerá nunca a esa auténtica conspiración de silencio en la que todos vivimos.

En realidad, libertad de verdad, total, de la grande, de la buena, ésa que permite no sólo decir sino hacer lo que realmente quieres, sólo la tienen éllos, los que todos los días nos llenan la cabeza con esa idea, la más falsa de todas, de que no se puede vivir sin libertad, que es lo que ellos precisamente necesitan para, con su conjuro, esclavizarnos a todos, que vivimos y morimos mansamente como auténticos esclavos, trabajando para ellos toda nuestra puñetera vida.

Pero qué genio más grande el de Lenin, cuando le dijo a De los Ríos: “libertad, ¿para qué?”.

¿Para que los más fuertes opriman mucho mejor a los débiles sin una autoridad que los proteja de su malsana libertad? Yo, personalmente, abomino de esa libertad, que se la metan por donde les quepa. Son precisamente los que se llaman a sí mismos liberales los auténticos liberticidas

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