lunes, 16 de mayo de 2011

El Real Madrid pierde una pequeñísima batalla pero es seguro que, al final, ganará la guerra, como debe de ser.







Yo no soy pesimista, soy realista. Y soy así porque no puedo ser de otra manera, después de 82 años de la más dura de las luchas por sobrevivir.

Desde que nací, he pasado todas las carencias de la vida, hambre a todas horas, los piojos y demás miseria devorando mi triste carne de niño de la guerra y la postguerra, sin ninguna otra clase de justificación que no fuera el canallesco orden establecido por los que tenían, tienen y tendrán el poder en todas y cada una de sus manifestaciones, el económico, el político, el religioso, el militar y el mediático.


De modo que mis 82 años han sido muy movidos y a lo largo de ellos  he hecho de todo, malo y bueno. Y, como no soy imbécil del todo, sé de lo que va, por eso siendo marxista hasta el tuétano no comparto el optimismo antropológico del que es mi mesías.

No creo que el materialismo dialéctico que mueve la historia lo haga en el sentido correcto, todo lo contrario. Hablando en un lenguaje estereotipado y pleno de tópicos, diré que las fuerzas del mal están ganando decididamente la guerra, aunque de cuando en cuando, muy de vez en cuando, pierdan una pequeña batalla.

Y es de esto de lo que hoy quería escribir un poco a fin de no cansarles demasiado.

Entre las fuerzas del mal que imperan plenamente en esta España una, grande y libre que nos dejara Franco tan bien atada, la más férreamente asentada de todas quizá sea el Real Madrid, niña que fue la de sus ojos y a la que mimó con especial cariño porque durante mucho tiempo fue aparentemente lo único bueno que él, el sangriento tirano, podía exhibir ante el mundo, un equipo de fútbol que lo ganaba todo, canallescamente como lo ganaba, pero lo ganaba, al fin.

Decía el cínico canalla que lo había dejado todo atado y bien atado y la mejor de dichas ataduras, junto a la judicatura, era ésta del fútbol. Aquel tipo no era inteligente pero tenía una suerte endiablada, no leyó seguramente nunca a Goebbels, porque odiaba leer, pero aprendió que un pueblo entero podría sufrir las más amargas desventuras, las mayores miserias pero sería feliz si podía poner su alma en el empeño de que 11 millonarios ganaran, una tras otra, hasta 5 copas de Europa y ésta fue seguramente la mejor batalla que ganó nunca.

Y la lección fue magistralmente aprovechada por sus mejores discípulos. España no se ha movido un milímetro desde que el monstruo murió, en ningún sitio como aquí se cumple a rajatabla la máxima inexorable de jodido Lampedusa, todo ha cambiado aparentemente para que todo haya seguido exactamente igual a como él lo dejó.

El pueblo ferozmente embrutecido por ese pan y circo que él tanto cuidó sólo se preocupa de que ese Real Madrid, en cuyos dominios nunca todavía se pone el sol, siga intentando ocupar la cúspide de la pirámide.

Ahora, por uno de esos milagros que ocurren de vez en cuando, casi inexplicablemente, un equipucho de tres al cuarto, salido de las profundidades montañosas de una de esas malditas regiones que se resisten desesperadamente a integrarse en esa unidad de destino en lo universal que soñara el gran José Antonio, lleva ya 3 años seguidos  propiciando que el sol francomadridistas no luzca en su acostumbrado esplendor y eso es algo que no puede consentirse. 

Las fuerzas del orden que, como bien saben los pocos sabios que en el mundo han sido, son precisamente las fuerzas del mal, han urdido una conspiración gigantesca en la que, todos los días, se trata de demonizar como sea a ese maléfico equipucho que Dios confunda y así se dice que son ellos, precisamente ellos, los perseguidos por todos los poderes de esta maldita tierra, los que utilizan toda una serie de malévolas fuerzas que no se sabe cuáles son ni dónde están aunque es muy posible que ese genio luminoso que es Aznar sí que lo sepa, como sabía aquello de que los que pusieron las bombas en los trenes de Atocha no vinieron de lejanos desiertos ni inhóspitas montañas, como si de una Al Quaeda cualquiera se tratara sino que provenían precisamente de una de esas otras malditas regiones que no se quieren integrar sumisamente en la España, una, grande y libre, que soñaran sus egregios mentores, para sojuzgar artera y aviesamente esa competición que se llama Liga de fútbol española, de tal manera que ya no la gana el Madrid, tal como está mandado, sino ese aborrecible equipucho de malnacidos separatistas.

Y así, a pesar de que fue el Real Madrid el que utilizó todo su inmenso poder para que los jueces, quiero decir los árbitros, de los partidos le permitieran al Rey de Reyes atizar estopa pero de la buena y le pegaran alevosas patadas a los del asqueroso equipucho de pueblerinos hasta en el paladar, ha sido esa extraña mezcla de arzopispo y magnate de todas las finanzas el que ha denunciado ante la UNION EUROPEA DE FUTBOL ASOCIACION, UEFA, a los sanguinarios constituyentes del equipucho maldito, por conducta antideportiva y racismo, ellos que acuñaron la frase de que ser español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo.

Y sucede que la Uefa no les ha dado la razón, no por nada, que ella es también poder y por lo anto está absolutamente corrompida hasta el extremo de falsear todas las competiciones sino porque lo que sucedió en loa partidos de marras lo vieron yo qué sé,¿mil millones de aficionados de todo el mundo? Y no podían encubrir y favorecer la iniquidad que suponían las desvergonzadas acusaciones del Real Madrid.

Pero, como decía al principio, las fuerzas del bien, las escasísimas fuerzas del bien, sólo han ganado la más pírrica de todas las batallas del mundo, pero la guerra, ésa que acabará forzosamente como tiene, como debe de acabar, con el Madrid de nuevo en la cúspide la pirámide del fútbol mundial, sólo la puede ganar este asqueroso y prepotente equipo que sabe, porque lo ha aprendido también como yo, que el dinero, el puñetero dinero o sea, el poder económico, junto a los otros poderes, el político, el militar, el religioso y el mediático están y estarán siempre de su parte, como siempre ha sido, como siempre debe de ser porque está escrito en las malditas estrellas que titilan en el jodido firmamento.

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