martes, 14 de junio de 2011

Tribunales, Crónica de


 Tal vez, la mente más lúcida de los últimos tiempos sea la de Cioran, el autor de “Los silogismos de la amargura” pero también de “Ensayo sobre el pensamiento reaccionario”.


Reaccionario, según el DRAL, es:2. adj. Opuesto a las innovaciones.
3. adj. Perteneciente o relativo a la reacción.

Reacción: 3. f. Tendencia tradicionalista en lo político opuesta a las innovaciones.

Dicho en el lenguaje popular: el pensamiento reaccionario es aquel que se opone a todo lo que significa progreso, avance, innovación.

Pues, bien, en el ensayo antes citado, Cioran hace un magnífico diagnóstico de la judicatura española, citando al más grande de todos los pensadores reaccionarios de la historia, De Maistre: “No existe nada más justo, docto e incorruptible como los grandes tribunales españoles, y si a ese carácter general añadimos el del sacerdocio católico, nos convenceremos, sin ninguna necesidad de pruebas, de que no puede haber en el universo nada más tranquilo, circunspecto y humano por naturaleza que el tribunal de la Inquisición”.

¿Qué más se puede decir al respecto? Uno se cansa de leer en todos los periódicos, los comentarios de los lectores respecto a los grandes sucesos que se producen en el campo de la justicia española y queda asombrado del profundo desconocimiento que la gente tiene sobre cómo es y cómo funciona nuestra justicia institucional.

 Es frecuente que dichos comentaristas hagan un ejercicio de confianza en ella afirmando sobre el caso Garzón, por poner un ejemplo, que cómo se van a atrever los magistrados del Supremo a condenarlo cuando ello supondría su desprestigio internacional.

Llevo toda una vida afirmando que un juez es una contradicción por su propia naturaleza. No se puede ser humano, demasiado humano, como nos decía Nieztsche, y, al propio tiempo, tener como función impartir justicia en los conflictos que se producen entre las gentes que tienen que convivir en los distintos ámbitos de la sociedad. 

Y, ahí, ahora mismo, tenemos el mejor ejemplo de la verdad de lo que digo: los más altos tribunales españoles, contradiciendo a De Maistre, se empeñan en poner su propia imagen a ras de suelo: el Supremo, enjuiciando al que todo el mundo considera el mejor de los jueces españoles y, probablemente, uno de los mejores del mundo, y el Constitucional sancionando, él mismo, la vergonzosa etapa que atraviesa con casi todos sus miembros ejerciendo la más sagrada de  las funciones humanas sin legitimidad para ello ya que las mayor parte de sus miembros están fuera de juego por haber expirado, con largueza, el período de vigencia de sus nombramientos, porque el PP, ese partido tramposo y manipulador, lo está utilizando para intentar ganar en los tribunales todo lo que pierde en el Parlamento, de tal modo que algunos de ellos, sobre todo los que no son jueces profesionales, no han podido resistir tal ignominia y han presentado su renuncia, que su Presidente no ha aceptado, para que no se vaya todo el sistema judicial español, adonde debería de estar, en el más absoluto de los desprestigios.

Un organización judicial no puede asentarse en la extracción de los magistrados mediante un sistema de elección esencialmente endogámico y clasista, en el que prima la designación de los padres respecto a sus propios hijos, porque esto vincula la función pública por excelencia a los intereses particularísimos de una clase social determinada que, por su propia constitución psicológica,  no puede hacer sino lo que hace: favorecer con sus sentencias sus propios intereses porque lo contrario es simplemente una imposibilidad metafísica, ya que, para ellos, es en eso precisamente en lo que reside la función de administrar justicia, hacer aquello que favorece la conservación del "statu quo" social, de acuerdo con el pensamiento más reaccionario del mundo, tal como nos ha dicho De Maistre.

De modo que, en este desdichado país, la justicia, base de un recto funcionamiento sociopolítico, no puede actuar adecuadamente porque el sustrato de la organización jurisdiccional se basa en un sistema erróneo, al extraer a los jueces mediante un procedimiento totalmente equivocado, en lugar de hacerlo eligiendo a sus miembros entre los mejores y más honestos jurisconsultos que ejerzan libremente la profesión de abogados, tal como se hace en los países anglosajones.

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