miércoles, 13 de julio de 2011

El axioma de Lampedusa o de como el orden divino se está imponiendo, al fin, pacíficamente (I)




La propuesta más inteligente de la ultraderecha no ha sido mencionada nunca por ellos explícitamente desde su pronunciamiento inicial, por la misma razón por la que los propietarios de la fórmula de la energía atómica no querían que ésta proliferase; si no la hubiera conocido  nunca nadie aparte de ellos, los usanianos, el arma más letal del universo sería, al propio tiempo, de su propiedad exclusiva y su terrible amenaza absolutamente incapaz de respuesta.

Pero en sus “sanctasanctorums”, en lo más profundo de sus cenáculos, estoy seguro, esa orden maravillosa, verdadero “ábrete sésamo” que los ha conducido a una victoria que, a lo peor, es eterna, se halla grabada no sólo a sangre y fuego sino con enormes letras de oro y diamantes, mientras no haya otra materia mejor, porque es absolutamente genial en su aparente simplicidad: es preciso que todo cambie para que todo siga igual.

Si bien se mira, la frase no es sino la culminación de la esencia de la propia ultraderecha, el más grande de los monumentos que nunca pudo elevarse al principio supremo que rige siempre su conducta: la más grande, la suprema hipocresía.

Tan es así que, desde entonces, nadie entre los que de ellos tienen realmente poder ha permitido que se utilice como lo que es, la mejor de sus consignas secretas, la bandera oculta que rige todos sus mejores aquelarres.

Si uno se toma la molestia de analizar cualquier suceso político de estos últimos tiempos, descubre que este dogma, este axioma indiscutible en que basan todo su poder, es el principio que rige, allá, en el fondo, todas sus conductas verdaderamente importantes.

El príncipe de Lampedusa, esa especie de Papa laico, estaba cansado de allí, en su maravillosa biblioteca, leer una y otra vez la narración histórica de las sucesivas confrontaciones violentas entre el poder natural, el establecido por Dios, en la propia naturaleza de las cosas, en ese orden natural del Universo, que El había establecido para siempre como supremo relojero, y las sacrílegas rebeliones de Luzbel contra dicho orden, no sólo necesario sino imprescindible, de modo que esa luz que, con su aparente belleza demoníaca, ciega la natural inteligencia de los hombres y los hace rebelarse contra el orden que Dios imprimió  a toda la creación, en la que está dispuesto, en sus más intrínsecas leyes, que todo debe estructurarse de tal modo que se cumpla la voluntad divina que no es otra que el poder, la más natural emanación de la divinidad, prevalezca sobre esa diabólica propensión al desorden que reina en las almas de todos los rebeldes.

Pero Lampedusa, allí, en la soledad de su despacho, en la inmensa y silente biblioteca, constató que la lucha de los soberbios rebeldes contra los elegidos por Dios para el gobierno del mundo no cesaría nunca mientras la controversia se estableciera entre aristócratas y plebeyos, entre almas preclaras y contaminadas, entre los elegidos por Dios para el gobierno de su creación y los rebeldes demoníacos que quieren establecer la subversión contra el orden divino natural de las cosas, y lo que todavía es peor aún, que dicha lucha se entablara no en el terreno dialéctico sino en el material lo que implicaba cada cierto tiempo el derramamiento de la sangre de los seres humanos.

La genial intuición de Lampedusa estuvo en ordenar la sustitución de aquella lucha abominable, llena de ruido y de furia, de carne desgarrada y ríos de sangre, por otra absolutamente imperceptible en la que pareciera que los demoníacos rebeldes habían conseguido, al fin, la victoria definitiva al propio tiempo que establecían las bases inderogables para la conservación de aquel “statu quo” inicial: la admisión como dogma de fe del imperio inderogable de la democracia liberal.

A partir de ese momento, ya no habrían otras luchas por el poder que no fueran las de las votaciones, mediante las cuales se harían con el gobierno de las naciones los que consiguieran ser más numerosos, como se ve, un concepto científico, matemático, regido e implantado a través de la libertad y a expensas de la igualdad, y así, sin darse nadie cuenta, nos encontramos ahora con que los que realmente mandan, los que gobiernan, son los que no sólo tienen ya todo el dinero del mundo sino también el poder absolutamente irresistible que éste proporciona, y esto lo han conseguido esta vez sin necesidad de realizar un sólo disparo, por la más pacífica de las vías, la convicción de las masas de que fuera del poder, que ellos representan, no hay salvación porque éste es el orden divino que su supremo creador impuso al mundo, de modo que cuando gobierna la derecha, o sea, los conservadores, no hacemos sino cumplir con esa ley divina que lo rige todo, como debe de ser. 

Amén.

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