domingo, 3 de julio de 2011

El liberalismo ya no es un paradigma



Es una obsesión inevitable.

Me machaco todos los días la cabeza y el corazón y no encuentro una  respuesta que les haga callarse: ¿cómo es posible que no sólo todo el mundo haya enloquecido de repente, sino que, aquí, precisamente aquí, en esta España de todos mis dolores y desencantos, las puñeteras encuestas sigan pronosticando la victoria del PP en las próximas elecciones generales con un amplio margen?

¿Acaso no saben todos, los ciudadanos del mundo, en general y los españoles, en particular que han sido las ideas base de los partidos conservadores los que nos han llevado a este debacle?

Aunque me da grima repetirlo una vez más, es ese ultraliberalismo predicado desde los más altos púlpitos de la más ortodoxa de las derechas, el que nos ha llevado adonde estamos, es la asunción dogmática de que es el mercado en donde mediante la libre concordancia de la demanda con la oferta se produce, por la acción infalible de su larga mano, el aumento hasta el infinito de la riqueza de las naciones que, luego, mediante también una sacrosanta libertad de distribución igualmente mercantil, distribuirá dicha riqueza de la mejor manera posible creando un mundo absolutamente perfecto en el que toda anomalía, toda disfunción, toda desigualdad básica, se eliminarán automáticamente en la misma medida que  toda la libertad posible en este asqueroso mundo, se instaurarán por sí solas.

Y esto es así, de tal manera, que es absolutamente imposible encontrar un solo economista serio, cabal, responsable que se atreva siquiera a apuntar algo que no esté comprendido en este dogma que reina ya en el mundo de las finanzas para siempre jamás.

Y yo, que no soy ni por el forro, un experto en economía y finanzas, a pesar de mis 2 cursos de Economía política y los otros 2 de Hacienda pública, estaría completamente loco si me atreviera a contradecir a Vom Misses, Hayek, Popper, Friedman y etc., porque, si bien Krugman y Stiglitz, sí que lo han hecho, y ambos han merecido el galardón del Nobel en la materia, no han atacado el presupuesto básico de esta especialísima ciencia, la suprema libertad de mercados a la que ni siquiera debe asomarse la menor posibilidad de regulación.

El problema para todos estos eminentísimos señores, dioses de la ciencia del árbol de El Paraíso, es la práctica, la puñetera realidad, que parece empeñada en echar por tierra todas sus formidables teorías.

Sin que nadie, dé, desde dentro de dicha corriente doctrinal, una explicación plausible de por qué, la aplicación a rajatabla de sus dogmas lo único que está implantando en el mundo es la mayor de las debacles económica que, además, parece totalmente intratable ya que no responde a las recetas clásicas, todo el mundo no sólo académico sino también político se atreve siquiera a poner en duda la categoría de verdad científica de tales postulados.

Y, en cambio, una serie de países que no siguen a rajatabla la doctrina ultraliberal no sólo se han mantenido al margen del desastre sino que han presentado crecimientos iguales o superiores al que tenían en los años anteriores a este período fatídico.

¿Entonces, qué debemos hacer, proseguir con este tratamiento ultraliberal, cuyas recetas no están dando el apetecido resultado?

Debemos recordar al respecto, que esta ciencia, defendida por los más egregios pensadores económicos del siglo pasado, incurre en un problema curiosísimo: no está de acuerdo con la mayor y mejor de las teoría elaboradas por el que se considera su máximo pontífice: Popper.

Después de decenas de años de estudio e investigación, en las instituciones más prestigiosas del mundo, Popper estableció el que se ha dado en llamar principio de falsabilidad, que, en resumidas cuentas dice: que una doctrina científica, un paradigma, debe de ser desechado desde el momento en que se produce un hecho que la desmiente, es así que el liberalismo, como paradigma económico, no sólo ha abocado al mundo a la mayor de las crisis económicas de la historia sino que, además, se muestra totalmente incapaz de aportar la solución a este problema, luego el liberalismo ha sido superado por la realidad y debe de ser desechado como paradigma, debiéndose buscar a toda prisa un nuevo paradigma que lo sustituya.

(Para mí, ya hay un nuevo paradigma económico: el que actualmente impera en la República Popular China, que hace convivir un liberalismo no rigurosamente ortodoxo con un marxismo atemperado).

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