miércoles, 6 de julio de 2011

Reflexiones sobre la actual política española




¿Por qué la gente prefiere un partido totalmente corrupto a otro que no lo está tanto?

¿Por qué la gente piensa que el partido que forma parte de la Internacional liberalista, que ha llevado al mundo al precipicio en cuyo borde  está, es la mejor apuesta para que éste la saque de dicha situación límite?

¿Por qué la gente cree que los insensatos van a recuperar de golpe la cordura?

Rajoy no puede ser más que Rajoy, o sea, un tipo que no cree en la igualdad esencial de todos los hombres, sino que sacraliza el principio de que incluso es de Derecho natural la desigualdad que impera en el mundo, con un 1% que vive en la superabundancia a expensas de la miseria del resto.

Y Rajoy no es por casualidad el presidente del PP sino la lógica emanación de un partido que se cree con el derecho de pernada porque así lo quiso Dios en el origen del mundo, o sea, que cuando alguien trata de pedirle cuentas a uno de estos señores por la injusticia radical que imponen en los países en los que gobiernan, responde que esto no sólo es así sino que tiene que ser así por la propia naturaleza de las cosas, que ha determinado y determina que unos pocos seres ¿humanos? ejerzan el dominio más ignominioso y canallesco  sobre el resto de los hombres.

Y todo el mundo parece que está absolutamente de acuerdo con una filosofía semejante, tanto que se considera una auténtica blasfemia, una perfecta herejía, pensar siquiera en otro modo de ver las cosas.

Y, sin embargo, es posible, no hay más que asomarse a los países del Alba, por no hablar de China, para comprobar que, al menos en lo que se refiere a la filosofía, la opinión oficial y la pública, la que el pueblo en su inmensa mayoría profesa, es exactamente la contraria: la riqueza de un país pertenece, en principio, por igual a todos sus ciudadanos, y sólo el trabajo y el esfuerzo diario, unidos a una visión constructiva del futuro, pueden justificar en ciertos casos que se produzcan acumulaciones no justificadas de grandes capitales en manos privadas.

Pero el mundo, el gran mundo, ése que actúa desde las barras y estrellas fundamentalmente oligárquicas de Wall Street, desde las oscuras sentinas del Pentágono,  desde los traicioneros cerebros de la Cía, ése que cree firmemente que el mundo es sólo lo que ellos piensan, lo que les interesa y que nada, absolutamente nada, ni nadie puede oponerse, siquiera en teoría, a su total misión de esclavizar el universo, de convertirlo en su auténtica mina en la que la casi totalidad de la humanidad no tiene otra función justificable que trabajar por siempre y para siempre para ellos, ni siquiera admite ya que se pueda imaginar otra situación porque sus filósofos a sueldo se han encargado de crear un sistema de pensamiento tan ortodoxo y dogmático que supera incluso al de la religión católica, según el cual, no existe posibilidad de vida fuera del paradigma del liberalismo económico, basado en aquella máxima de “laissez faire, laissez paser”, según la cual todo está permitido si se encamina al incremento del capital y a su dominio absoluto sobre la faz de la Tierra.

Y así, en este orden de cosas, el mundo entero se estructura en una serie de parcelas de dominio encargadas a los representantes del capital en la zona, que sólo permiten simulacros de democracia en el sentido de guardar las apariencias para que parezca que es el bienestar de los ciudadanos y no el enriquecimiento sin límite de los plutócratas lo que persigue el ejercicio de eso que hemos dado en llamar política y que no es sino el arte de practicar continuamente la táctica falaz del enmascaramiento de tal manera que incluso exista la posibilidad de que haya ingenuos que crean sinceramente estar trabajando para el establecimiento de un orden realmente democrático cuando, en realidad, lo que se hace es una mera tarea de simulación en orden a justificar, desde el punto de vista de las apariencias, una labor de destrucción de cualquier posibilidad de crear las condiciones básicas para la liberación efectiva de la humanidad.

Y en este círculo infernal de malas intenciones y falseamiento de la realidad es en el que participa  plenamente ese engendro de hipocresía y cinismo que responde por Rajoy, que encabeza esa formidable legión de cínicos que afirman cotidiamente que persiguen nuestro bienestar cuando sólo pelean por aumentar sus fortunas personales hasta el mayor de los límites.

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