lunes, 22 de agosto de 2011

Derecha e izquierda (I), Crítica de la razón pura.



Si se me permite, voy a utilizar como subtítulo de este post, el sagrado referente kantiano de “Crítica de la razón teórica”, porque voy a intentar exponer, aquí y ahora, el que es mi pensamiento sociopolítico teórico para, luego, en posts sucesivos, concretar las aplicaciones pràcticas del mismo en una especie, pues, de “Crítica de la razón práctica”, salvadas, claro está, las siderales distancias.

Como mi concepto de la izquierda creo que todavía no está universalmente aceptado e incluso habrá quien sostenga que proclamar la verdad y promover la justicia es posible que sea también preocupación de la derecha, voy a remitirme al DRAL para ilustrar este post.

Izquierda: “11. f. Conjunto de personas que profesan ideas reformistas o, en general, no conservadoras”.

Y derecha: “26. f. Conjunto de personas que profesan ideas conservadoras”.

Como concepto simple es completamente inoperante ya que todo el mundo es reformista o conservador en relación a determinados problemas, por ejemplo, la pena de muerte, que yo creo que es admitida ya por muy pocos ciudadanos cuya vida cultural no se haya desarrollado en un ambiente en que dicha aberrante sanción  haya sido admitida tradicionalmente.

O sea, que es preciso, en orden a una definición de izquierda y derecha, dar un paso más y relacionar ambos conceptos con la posición que se adopte en relación con el gobierno de la “res publica”: si uno es partidario de que gobiernen los que ya detentan el poder real, o sea, el económico, es de derechas o, si por el contrario, pretende subvertir dicho orden sustituyéndolo por otro en el que la economía se supedite a la mejor convivencia social de tal modo que todos tengan acceso a la riqueza de las naciones de una manera no sólo generalizada sino proporcional a su esfuerzo, es de izquierdas.

En mi esfuerzo por simplificar esta idea para hacerla más asequible, yo daba un paso más y afirmaba que la izquierda se caracteriza por la proclamación de dicha verdad política y por su posterior trabajo para que esta justicia que hemos dado en llamar social se imponga.

Ahora, sí, ahora, sí que estoy de acuerdo con la definición de izquierda y derecha: si uno sostiene como verdad indiscutible que todo ciudadano, por el mero hecho de haber sido arrojado a este puñetero mundo, tiene los mismos derechos y deberes que los demás y está dispuesto, además, a luchar hasta la muerte por conseguir que esta verdad no sólo se admita sino que se imponga, este individuo, que puede parecer un iluso, no cabe duda de que es de izquierdas.

En cambio, si el individuo propugna que la única verdad es que el mundo y la vida son como son y que él, particularmente, no tiene la culpa de que sean así, o sea, que, como el doctor Pangloss, piensa que el mundo está muy bien hecho y que, por lo tanto, es mejor no tocarlo, y, por supuesto, también está dispuesto a dar la vida por conservar este estado de cosas, este individuo, que no tiene nada de iluso, es de derechas de toda la vida, tanto como también es esencialmente injusto porque propugna que un estado de injusticia tal se mantenga incluso si es necesario mediante los pertinentes elementos de coacción.

Es por eso que, simplificando al máximo, siempre he sostenido que la izquierda es la defensa de la verdad: todos no sólo somos iguales sino que además tenemos los mismos derechos sobre la famosa riqueza de las naciones sin que pueda admitirse, por ningún pretexto ni en ningún caso, la apropiación exclusiva de los medios de producción, y esta verdad es de tal naturaleza y tiene tanto derecho a su vigencia que debe de ser perseguida por todos los medios a nuestro alcance hasta su total consecución. Y esto es lo que yo llamo la promoción de la justicia, que he definido miles de veces, con Ulpiano, como dar a cada uno lo que por naturaleza es suyo.

Entonces, habrá quien me oponga que un concepto tal es hoy día, en el complicadísimo mundo que nos rodea, no sólo imposible sino también inconveniente, que hacer titulares de todo el patrimonio productivo nacional a todos los ciudadanos que habitan el país no sólo no es posible por las dificultades jurídicas que comporta sino porque implicaría, además, una insalvable dificultad práctica, al suponer un  notable impedimento para que las empresas funcionaran con la imprescindible libertad.

Y, aparentemente, tendrían razón si los ciudadanos de izquierda pretendiéramos hacer valer nuestro derecho a reclamar en cualquier momento la cuota parte que nos corresponde de la riqueza nacional.

No, no es eso, no es eso, como diría nuestro Ortega, se trata únicamente de que en todas las leyes sociales que regulen la prestación de los trabajos de ejecución y dirección se parta siempre del concepto de la igualdad inalienable desde el punto de vista de la dignidad humana de empresarios y trabajadores, de tal manera que así  como las leyes consideran intocable el derecho de propiedad material de los bienes no sólo de consumo sino también de producción, establezcan como premisa incuestionable el derecho de los trabajadores a la participación en el producto del trabajo de cualesquiera de las maneras que, en cada caso, sean posibles,  mediante la atribución de acciones u obligaciones o de cualquier otro modo de acceso a la participación directa no sólo en los beneficios sino también en la propiedad de las empresas, pero, sobre todo, estableciendo el derecho absolutamente inalienable de que la renta nacional se distribuya entre todos los ciudadanos mediante las más adecuadas generación y distribución de los impuestos, o sea, todo lo contrario de lo que constituye el postulado esencial de la derecha actual que preconiza la desaparición total del Estado con su insustituible función de recaudar y distribuir de la manera más equitativa posible la renta nacional.

O sea, que la mentira de que el Estado no es la solución sino el problema es la base de la derecha y la organización de toda la sociedad con el propósito de hurtar a las clases trabajadoras su necesaria participación en la renta nacional a través de la función impositiva estatal, es el modo absolutamente injusto de conseguir, como ya lo está haciendo, este propósito.



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