lunes, 15 de agosto de 2011

El “ethos” frente a la “mos”, la ética frente a la moral.


Si la mujer del César no sólo debe de ser honesta sino también parecerlo, ¿cómo entonces debe de ser el propio César?

Cuando pensaba este artículo, se me antojó que, a lo peor, alguien me decía “pero, oiga, v. lo que defiende es el reino de la apariencia”, y no, desde luego, no, porque la frase genial que representa la esencia de la ética sitúa como la 1ª de las condiciones de la honestidad la de serlo realmente.

Si el autor de la frase sólo hubiera querido consagrar el reino de la apariencia, no hubiera escrito nunca eso de no “sólo debe de ser honesta”, o sea que ya, entonces, la esencia estaba por encima de la apariencia en tanto en cuanto ésta se supeditaba a aquélla

El problema es que estamos ante una sociedad, o por lo menos un remedo de la misma, que puede permitirse encumbrar a un tipo que cuando quiere reducir a la nada absoluta a su enemigo/a la atribuye la condición de mal follada y al propio tiempo se ofrece él para subsanar este defecto lo que presupone que él sí que está bien follado, o sea, que sabe hacer esa actividad que para él es el summnun de la perfección, es también por eso que, cuando quiere hacerle el mejor de los favores a la hija de su hermano/a, le dice que le coma su sexo y que, en justa reciprocidad, él le comerá a ella el suyo.

Como se ve, es el triunfo absoluto de una moral, nunca mejor dicho, basada íntegramente en lo sexual, o sea, en el más bajo de los instintos humanos, la bestia de las dos espaldas de la que hablaba el más genial de los seres humanos.

Ya sé que esto que afirmo va en contra de las últimas tendencias morales pero no de las éticas. Pero es que, para mí, el ethos no sólo debe de enfrentarse a la mos, sino además vencerla porque la costumbre no es que sea frecuente, es que siempre se confunde con lo que no debe de ser.

En cambio el ethos es lo que debe de ser en su máxima esencia.

Decía el mítico Homero que el ethos es la morada o lugar en donde habitan los hombres, lo que posteriormente es perfilado por Aristóteles cuando dice que el ethos es hábito, carácter o modo de ser de ahí que, desde que se organiza en sociedad, el hombre siente la necesidad imperiosa de crear reglas para regular su comportamiento y modelar así su carácter.

Pero el problema estriba en establecer cuál debe de ser la naturaleza de esas reglas, si éstas deben de fijarse por las meras costumbres que los hombres adopten ante cualquier fenómeno o si, más bien, se debe investigar cuáles son realmente las cualidades que éstos deben admitir para el mejoramiento de su propia naturaleza.

La costumbre, todos lo sabemos ya, no es sino una degeneración que el uso imprime a las reglas de la naturaleza, así, ahora, es una mala costumbre que la gente no sólo hable mal sino que, además, lo haga con ostentación, el tío o la tía admirables son aquellos que peor hablan, de tal modo que un aspirante a líder puede permitirse el lujo abominable de atacar a su oponente, en este caso, una mujer, diciéndole como argumento definitivo en orden a derrotarla que está mal follada, es un caso parecido al de Belén Esteban, en la tv, pero este individuo da un paso más en el camino de la degeneración moral y le ofrece a su víctima sus propios servicios sexuales para remediar el defecto que le achaca.

De modo que este perfecto animal que hace fuente de la conducta humana el mero comportamiento erótico, al ofrecerse como remedio o curación de una enfermedad o defecto no hace sino proponer una solución no sólo inválida sino también profundamente egoísta puesto que se configura a sí mismo como portador de la perfección.

Esto, tal vez, ahora mismo, sea una costumbre, ya hemos citado a la Esteban televisiva, pero no cabe la menor duda de que no es una conducta ética puesto que implica el desprecio del enemigo dialéctico al propio tiempo que exalta hasta límites inadmisibles la propia presunta e inexistente perfección.

Y lo peor es que no estamos en presencia de una pose, sino de una actitud tan real que marca indeleblemente toda la conducta del individuo, así, cuando pretende agasajar a un miembro muy querido de su familia que incluso le ha ayudado a resolver un grave problema de vivencia, le dice que le coma el sexo que él le corresponderá debidamente comiéndole el suyo y estamos en presencia de un tío carnal con su propia sobrina, o sea, la hija de un hermano/a, o sea que a la indecencia propia de un acto antinatural se une la suprema maldad el incesto.

Todo esto, ahora mismo, tal vez sea admisible por la costumbre y la prueba es que en el ámbito en el que este detestable sujeto actuaba no sólo no se produjo el imprescindible rechazo sino una increíble admiración.

O sea que la costumbre, mos, prevaleció sobre el ethos, la ética, lo que debe de ser si queremos forjar adecuadamente el carácter de los ciudadanos.

Por eso a mi me causa un asombro infinito que todavía vayan por allí gentes que quieren ser señeras en algún aspecto del pensamiento humano.

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