martes, 30 de agosto de 2011

El infierno. La patrística, Dante y Sartre; breves reflexiones teológicas


    Hirosima y Nagasaki

   Este post se ha inspirado en esa tremenda fotografía que ilustra mi trabajo del otro día, "¿El fin de la historia o, simplemente, la decadencia de Occidente?", en la que se puede ver un montón de damnificados por las bombas atómicas caídas sobre Hirosima y Nagasaki,

El ojo humano tiene muy limitada su capacidad de percepción. Para intentar comprender la cantidad casi infinita de dolor que supuso aquel crimen, seguramente el mayor de todos los que ha cometido el hombre, hay que utilizar más la imaginación que la vista.

No obstante, el fotógrafo hizo muy bien su trabajo. Lo que nos muestra la fotografía es un amasijo de cuerpos humanos, echados unos sobre otros casi indistintamente de tal modo que no se distinguen bien sus respectivas individualidades, pero de los que emana, por una extraña capacidad de la instantánea, un inmenso sufrimiento humano como no lo ha hecho ninguna otra imagen captada o creada por el trabajo de otro hombre.

Es la mejor imagen que yo tengo del infierno .

Decía la patrística, sintéticamente, que el infierno es la reunión de todos los males sin mezcla de bien alguno. Creo.

Es imposible encontrar en la imagen de referencia algo que suponga ni un atisbo de bien, porque los 2 samaritanos que en ella se ven intentando mitigar de alguna forma tan ingente cantidad de dolor lo único que hacen es resaltar precisamente la infinitud de éste. De modo que me reafirmo en mi idea de que esta fotografía es la viva imagen del infierno.

Y aquí es cuando interviene una de las mejores cabezas que ha dado la historia del hombre, Sartre, que nos definió el infierno con una brevedad no por simple menos espantosa: el infierno son los otros.

Para ese montón de moribundos, hacinados de cualquier manera, sufriendo lo que ni siquiera se puede intentar describir, no cabe la menor duda de que el infierno fueron los otros, concretamente una serie de individuos que va desde el presidente de los Usa, un viejo camisero retirado, que dio la orden para que se llevara a cabo la peor de las masacres de la historia, a ese tipo que, como es lógico, acabó sus días en un sanatorio psiquiátrico, que pilotó el Enola Gay y apretó los botones para que se desataran las 2 peores muestras de lo que indudablemente es el infierno en la tierra.

De modo que un pacífico vendedor de camisas, Truman, y un piloto hasta entonces totalmente ignorado, ocuparon los tronos de Satanás y sus compinches y encendieron un fuego que será por siempre inacabable, que arderá mientras exista en esta canallesca esfera rodante alguien con un poco de sensibilidad.

Los otros, mucho cuidado con los otros, con ese amable individuo que decenas de años, bajó con nosotros, todos los días laborables, camino de su trabajo, en el ascensor, pero que, un día, llevado por su ambición de poder le hizo participar en unas elecciones a la presidencia de los Usa, que para su desgracia y la nuestra pero, sobre todo, para la de esos muñecos espantosamente rotos que ocuparán por siempre y para siempre esa horrible fotografía, ganó,  mucho cuidado, porque cada uno de ellos, si se le da la oportunidad, puede transformarse en un individuo que pase de jugar una famosa partida de dominó en un pueblo de España, a colaborar muy activamente para que cientos de Enola Gays vuelen, todos los días, sobre otro de esos países mártires que llenan la geografía universal, se llamen Irak, Libia o Afganistán.

De modo que la patrística se quedó corta con su aséptica definición, "mezcla de todos los males, sin mezcla de bien alguno", porque las quemaduras atómicas o de las bombas de defragmentación y de fóstoro promueven un dolor que los padres de la Iglesia no pudieron imaginar nunca.

Por eso quizá es mejor la definición del hombre que, con pleno sentido, tuvo los reaños suficientes para rechazar el Nobel, "el infierno son los otros", tesis expuesta en su obra teatral "Huis Clos", que  yo me atreví a estrenar en España en pleno franquismo, hayan pasado parte de su vida vendiendo camisas o realizando inspecciones de Hacienda, pero escondiendo allá, en el fondo de sus retorcidas almas, la capacidad suficiente para desatar auténticos infiernos en la Tierra.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Thanks for using the time and effort to write something so interesting.

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Anónimo dijo...

También yo le agradezco su escrito y su mención a Sartre.
Un saludo
Una más.

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