sábado, 20 de agosto de 2011

Por si alguien cree que yo exagero (II)


Florentino y Mourinho, una cuestión de autoridad

sábado, 20 agosto 2011, 13:55, Marca
La penosa actitud del Real Madrid, coronada por Mourinho con una agresión de niñato consentido, enterró su notable partido en el Camp Nou, un compendio de todas las cosas que el equipo debió hacer y no hizo la temporada pasada.
Como sucedió en el primer encuentro de la Supercopa, fue Mourinho el primero que evitó el enfoque correcto de los acontecimientos. Si después del duelo del Bernabéu interpretó el papel de indignado con el árbitro para no acudir a la conferencia de prensa y sentirse agraviado por enésima vez, en el Camp Nou derivó hacia el narcisista papel que tanto le gusta.
Se convirtió en el centro de un espectáculo lamentable, con el comportamiento impropio de un hombre que en la sala de prensa declaró que el fútbol es un asunto de hombres. No fue su caso. Se comportó como los chiquillos malcriados, incapaces de tolerar las derrotas.
Su sainete vuelve a explicar la falta de generosidad de Mou con su equipo. Lejos de conceder al Madrid la satisfacción del trabajo bien hecho —la victoria del Barça en la Supercopa se debe esencialmente a la portentosa contribución de Messi—, Mourinho aleja la mirada de lo fundamental —el juego de su equipo— para situarla sobre los aspectos más desagradables y más nocivos para el club. A estas alturas, el Madrid camina del mito que construyó Di Stéfano —el de las cinco Copas de Europa y un respeto casi religioso en el mundo del fútbol— a la pésima reputación de los equipos pandilleros.
El club, el madridismo en general, debe reflexionar sobre el camino a seguir. Nunca ha dispuesto de una plantilla mejor, de tantos y tan buenos jugadores, todos en la cima de sus carreras. Se dice que nunca ha estado tan cerca de este Barça imperial, y posiblemente sea cierto, aunque también es verdad que a Mourinho no le contrataron para acercarse, sino para acabar pronto y radicalmente con la hegemonía azulgrana. Hasta ahora no lo ha logrado.
Si el Madrid pretende superar al Barça, nada le resultará más pernicioso que abandonar el fútbol por la bronca, la confianza por el estrés, la seguridad por el victimismo, el honor por el descrédito, alimentado en el Camp Nou por su incomparecencia en la entrega del trofeo al campeón, una decisión que ataca los valores que durante décadas se identificaron con el club. Ya no.
Un año ha bastado para transformar al club más popular del planeta en una institución achicada, hipertensa, proclive a los enfrentamientos, acaudillada por un entrenador que ejerce de presidente de facto y que ha sometido al Madrid a su fanática naturaleza.
En algún lugar de José Mourinho habita el magnífico entrenador que es, el que debería prevalecer y el que tendría más oportunidades de triunfar en el Madrid, y no esta versión descarriada que tiene la triste virtud de empañar sus cualidades como técnico.
Por muy astuto que parezca, hay algo de infantil y autodestructivo en su apetito por el éxito. Lo quiere a toda costa, sin reparar en medios y con un sectarismo que sólo invita a la crispación. Es lo que transmite su equipo, condenado a una tensión exagerada, con la mayoría de los jugadores fuera de los límites que han caracterizado su personalidad.
El resultado es un Madrid instalado en una tensión insana, cotidiana, desgastante para el club y sus aficionados. También para el equipo. No hay manera de alcanzar el funcionamiento perfecto en un clima tan agitado.
Mientras el envanecido personaje devora al entrenador que lleva dentro, Mourinho cada vez resulta más ingobernable. Es curioso como un hombre que reclama tanta autoridad se niega a aceptar cualquier clase de autoridad que ponga límites a sus excesos.
Pues bien, Mourinho necesita límites, alguien que le diga lo que significan el Madrid y su historia, que detenga su insensata escalada de conflictos, que le impida coronarse como un déspota y que obtenga lo mejor de él como entrenador y no como un histrión repelente. Ese hombre no es otro que el presidente Florentino Pérez, cuya posición como dirigente se mide en momentos como éste, cuando el Real Madrid no figura en las portadas de los periódicos por su excelencia, sino por los desdichados episodios protagonizados por su entrenador.
Los últimos tiempos han dado la impresión de un presidente que ha hecho una considerable dejación de poder, espacio inmediatamente ocupado por Mourinho, ahora mánager plenipotenciario, portavoz del club y diseñador de la política del Real Madrid.
Si el poder de Mourinho es tan inmenso que impide cualquier margen de maniobra a Florentino Pérez, la posición del presidente será tan precaria que no habrá forma de impedir episodios tan infames como los del Camp Nou. Eso sólo abundaría en la debilidad del presidente, en el descrédito de la institución y en el delirante proceso que ha emprendido un entrenador que no reconoce ningún límite a su ego.

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