viernes, 18 de noviembre de 2011

El leviatán que viene

Decía yo, el otro día, glosando a uno de mis maestros, Foucault, que disentía de él en que no creo que pueda haber un poder bueno, que todo poder por su propia naturaleza es malo, ya que es sinónimo de fuerza y la utilización de ésta implica una violación del orden natural de las cosas y, para exponerlo mejor, ponía el ejemplo de todo lo que ocurre en el interior de mi propia familia, cuyas relaciones de poder sufro constantemente y de tal manera que no me permiten que yo ejerza el más mínimo poder para defenderme, poder éste que, al intentar forzar la situación, sería también ejemplo de un poder nefasto.
Pero, hoy no se trata de hablar de esto sino de otro de mis maestros, Thomas Hobbes, una de cuyas obras, Leviathan, puede considerarse como el principio de la auténtica literatura política moderna.
Originalmente, Leviatán es un monstruo bíblico, que posee un poder descomunal, enorme, desmesurado, que se impone a todo.
Es por eso que su nombre me ha sido sugerido por la terrible perspectiva que nos ofrece nuestro futuro próximo, si se confirman todos nuestros temores, y ese indolente pero nocivo individuo de la barba entrecana se hace con el único poder que le falta a esa ultraderecha que él encarna.
En la configuración política que actualmente padecemos de falsa democracia, el legislativo es un poder que puede ser legitimador o revolucionario, ya que puede ser utilizado por el partido gobernante, sobre todo si goza de la mayoría absoluta de la cámara legislativa, para santificar este estado de cosas que tanto nos aflige, en el que los ricos son cada vez más ricos, de ahí su enorme, su desmesurado poder que hace y deshace todo a su antojo, y los pobres, esos 5 millones de parados, auténtica famélica legión, y esos otros casi 12 millones que no se sabe cómo sobreviven bajo el nivel de la pobreza más absoluta carecen de todo lo necesario para llevar una vida digna.
Pero también puede ser utilizado, como ahora sucede en algunos países de Sudamérica, para intentar, por lo menos, hacer una maravillosa revolución desde arriba, o sea, desde el poder esencialmente político que representan sus cámaras legislativas.
España es, quizá, aparte los países regidos por esos regímenes ultramedievales de África y de Asia, el Estado más retrógrado del mundo, al que los canallescos secuaces españoles de Lampedusa han aplicado al pie de la letra el célebre aforismo del neofascista italiano: es preciso que todo cambie para que todo siga igual.
Así, tenemos un Rey campechano que no puede ser demócrata porque ello le obligaría a renegar de su origen, absolutamente franquista, o sea fascio puro y duro, con una Constitución pactada entre la más extrema de las derechas del país, representada por Fraga, la segura y falsa mano intelectual del caudillo genocida, que firmó sentencias de muerte cuando casi agonizaba, sentencias que el gallego padre del PP actual aprobó, flanqueada por Miguel Herrero, Gabriel Cisneros y José Pedro Pérez Llorca, acérrimos derechistas, un representante de la peor de las burguesías catalanas, Roca Junyent, y, para disimular, un comunista en trance de conversión al más leve de los socialismos, Jordi Solé Tura y un socialista antimarxista, Gregorio Peces Barba. 
Con estos mimbres muy mal tenía que salir el cesto y así salió. Lo que llaman todos con la boca grande, llena de babas, Constitución es un bodrío infumable que prácticamente no sirve absolutamente para nada más que para que los jueces, el símbolo de una justicia esencialmente antidemocrática, arrimen con sus autos y sentencias el ascua de su  inmenso poder a la sardina inicua de sus medievales intereses, los militares hagan algo parecido y una iglesia, increiblemente intangible, campe por todo el país como lo que realmente es, su propia finca.
Aparentemente, y no obstante su asqueroso patrocinio, había algo que apuntaba en dirección auténticamente democrática: las cámaras alta y baja se cubrirían mediante elecciones libres, directas y secretas, como si se tratara de un país realmente democrático, pero cumpliendo con aquella máxima del siniestro conde de Romanones, "dejad que ellos hagan las leyes, que yo me ocuparé de los reglamentos", los padres constituyentes dieron un golpe de muerte al sistema, implantando como  método para el cómputo de los electores necesarios para cada partido político la nefasta regla de D’Hont, que favorece descaradamente al PP y al PSOE y perjudica irreparablemente a la auténtica izquierda española, el PC y sus formaciones afines, con lo que el sistema,aparentemente democrático, quedaba desvirtuado en su origen ya que estos últimos partidos necesitan para obtener un diputado muchos más votos que sus gigantescos competidores.
Y, por si fuera poco, los 2 grandes partidos, en el sentido de tamaño, han ido suprimiendo todos los órganos de formación de la opinión pública que existían, dejando esta tarea, absolutamente imprescindible, en manos de la empresa privada que obviamente se haya constituida por gentes provenientes de los mayores capitales que arrimarán siempre las ascuas a sus enormes sardinas, como sucede ahora mismo, que un personaje absolutamente impresentable va a ser elevado a los altares de La Moncloa por mor de la prensa más canallesca que sea imaginable. 
O sea, que debemos de prepararnos todos los que somos de izquierdas en este desdichado país, para el advenimiento del peor de los leviatanes.

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