sábado, 24 de diciembre de 2011

El registrador de la propiedad y la abogada del Estado, cuento de navidad


Los que me leen ya saben que siempre que hablo de la Constitución la denomino "el panfleto" pero, ahora que lo pienso, creo que me quedo demasiado corto, la Constitución es una estafa, ya que lo que aquella cuadrilla de rufianes hizo fue provocar un perjuicio patrimonial a las clases trabajadoras mediante engaño y con ánimo de lucro.


El poderoso impulso de los siglos, ilustrado por el más importante de los sabios, nos hizo saber a todos nosotros que la propiedad, como derecho adquirido frente a otros y, además, transmisible por herencia, es la mayor de las estafas.

Entonces, era previsible y efectivamente se produjo, que las masas, enfurecidas ante tanta opresión, se alzaran como un solo hombre contra los opresores y arrasaran con todo.

Y, una vez abierta esta brecha, era imposible que se cerrara ya que, gracias a la memoria histórica, el pueblo ya sabía 2 cosas demasiado importantes: que toda propiedad exclusiva no es sino la más grande de todas las canalladas posibles y que el pueblo, cuando la situación se extrema y  hace insostenible, se alza en armas contra los opresores y los estrella contra el suelo.

Y Lampedusa, un príncipe, en la opulenta soledad de una de las mejores bibliotecas del mundo, se puso a trabajar y su labor dio el mejor, o el peor, de los frutos, era una frase de sólo 10 palabras, un nuevo decálogo pero mucho más terrible que el otro porque era más insidioso aún.

Para luchar contra Marx y su terrible y decisivo impulso había que utilizar la mejor, o peor, de las armas, la hipocresía, o el cinismo.

Contra la poderosa e incontenible marea de la más eficiente de las rebeliones ya no bastaba con las armas, sino que había que utilizar las ideas, si la rebelión de las masas estaba esencialmente justificada sólo cabía asentir a ella, darle la razón aparentemente para quitársela de una manera absolutamente definitiva: tenéis toda la razón en todo lo que decís, y tanto es así que os lo vamos a devolver todo, todo lo que durante tanto tiempo os hemos quitado y, para que nadie pueda volver a arrebataroslo, la devolución de todos vuestros derechos va a quedar consagrada por el más solemne de todos los escritos: una constitución, o sea, el documento más fehaciente en tanto que fundamental, en el que se apoyará definitivamente, de una manera inalterable, la estructura sociopolítica de los Estados.

O sea que todo aquello por lo que las masas esencialmente empobrecidas, esquilmadas por siglos y siglos de explotación, habían luchado a sangre y fuego a través de la Historia, les era concedido graciosamente sin ninguna clase de lucha, sin que se derramara una sola gota de sangre, de modo que todo había cambiado radicalmente, al fin.

Sólo que...

Sólo que el cambio se producía únicamente en un papel, muy bonito, rimbombante, espléndido, con las mejores y más importantes firmas y aprobado unánimemente por los que dicen que son los auténticos representantes del pueblo tan largo tiempo oprimido y, lo que era mucho peor, consagrando, santificando, el actual estado de cosas, ya que si bien comenzaba el sagrado e intocable texto con la afirmación de que el país se constituía como un Estado social y de Derecho, un poco más abajo sólo, se consagraba lo que constituye el cáncer que está matando al mundo: la propiedad como derecho exclusivo y excluyente, y, además, hereditario, eso, sí, sometiendo estos derechos fundamentales a los límites de una pretendida sociabilidad.

De modo que todo parecía que había cambiado puesto que el Estado no sólo era social, o sea, socialista, o sea, comunista, sino, además, de Derecho. Coño, ¿qué más puede ya pedir nunca nadie?

El problema es cómo se regula  ese ente que se denomina Derecho y esa institución que denominamos “propiedad”. Y todos sabemos demasiado bien cómo es y funciona el ordenamiento jurídico español y quiénes son en realidad los únicos propietarios de este desdichado país.

O sea que no es por casualidad que los 2 máximos dirigentes políticos del Estado español sean precisamente un registrador de la propiedad y una abogada del Estado, todo lo contrario, este hecho no es sino la más palmaria demostración de la perfección con la que funciona el materialismo dialéctico, en una sociedad insuperablemente asentada sobre el derecho de propiedad hereditario, tenían forzosamente que acabar siendo, en el peor momento de la historia, los máximos custodios de la ortodoxia política, el tipo que posee los siete sellos de los registros en los que se inscribe para siempre el más sagrado e intocable de los derechos del hombre, éste sí que sí, y la representante de esa otra institución que tiene a su cargo la defensa ultra límites de los intangibles derechos del Estado, individuos ambos, nacidos, educados, instruidos, formados y preparados por una sociedad constituida de manera que parezca que todo ha cambiado para que todo permanezca por siempre y para siempre igual. 

Amén.

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