lunes, 26 de diciembre de 2011

Inteligencia



Tengo una hija profesora titular de universidad, vicedecana de su facultad, que publica artículos de su especialidad en las mejores revistas mundiales, a la que los Usa quisieron llevarse a allí, ha venido a pasar estos días con nosotros y está indignada porque le han detraído de la nómina más de 500 euros y su marido, mi yerno, profesor contratado de la misma universidad, teme que con los recortes no le renueven el contrato.

Son de derechas, ella, moderada, él, un ultra rabioso, les oigo hablar desde mi lejanía y no salgo de mi asombro: ¿cómo 2 intelectuales de esta categoría,que se mantienen al corriente de todo lo que se publica en el mundo, son tan cortos de miras, por qué no comprenden que es la derecha, que gobierna el mundo, casi sin ninguna exclusión, la que tiene  forzosamente la culpa de todo lo que en él sucede?

Esto me ha llevado a plantearme la cuestión de la inteligencia.

La inteligencia no es más que un instrumento, algo así como un par de manos en el interior de nuestro cerebro, con esas manos somos capaces de manejar todos los problemas que la vida nos presenta cotidianamente, pero de una manera tan superficial que, a mí, incluso me asusta lo que considero la indigencia mental de esta gente. 

Mi hija escribe tomos de 600 páginas de los que yo no soy capaz de entender una sola palabra, publica en inglés artículos en la mejor revista de su especialidad de N. York, pero está de acuerdo con esta ola ultraliberal que nos invade, con este tsunami que lo está arrasando todo, ¿por qué?

Ya lo he apuntado: la inteligencia no es más que un instrumento entre todos los que la naturaleza nos ha dado y tiene sus limitaciones si se utiliza  aislada de todos los demás.

Me parece que ya he dicho por aquí que soy muy intuitivo, que me dejo llevar, sobre todo, por una especie de instinto que precede siempre a mis razonamientos. Hay algo, en alguna parte de mí, que se anticipa ventajosamente a todos estos razonamientos que me empeño, luego, en hacer para justificar lo que siento.

No me gusta, me repele instintivamente todo lo que propugna la derecha. Se habla mucho ahora de inteligencia emocional. No sé.

El caso es que no me gusta, que me repelen instintivamente tanto Merkel como Sarkozy pero aún mucho más Cameron y no digamos todos esos majestuosos economistas que persisten en equivocarse todos los días.

Y, a pesar de la simpatía inicial que me inspiró, aborrezco decididamente a  ese hombre que se ha empeñado en demostrar que cada presidente usaniano es forzosamente peor que su antecesor sólo por el principio de  degeneración de la especia, nunca hubiera esperado que aquel hombre que me emocionó con su discurso de toma de posesión, en realidad, no era sino un aprendiz de asesino.

Para una persona con un instinto sano y normal, toda esta gentuza que ocupa ahora mismo todas las instancias del poder tiene que ser absolutamente repugnante porque es evidente que sólo busca su propio provecho personal e inmediato, porque ni siquiera piensa en el futuro, en ese futuro que ya amenaza por las esquinas y que no sólo nos llevará a nuevas guerras canallescas para usurpar a alguien algo de lo que ni siquiera tiene sino que contribuye animosamente a destruir lo poco sano que queda de la Tierra.

Pero nuestros más jóvenes talentos de las universidades siguen pensando que tienen la clave del mundo sólo porque un éxito absolutamente inmerecido les sonríe.

Pero ¿qué clase de mundo es éste que ni siquiera complace a ellos mismos, que son, para nuestra desgracia, sus autores?

Un mundo donde las mujeres, los viejos y, sobre todo, los niños son perseguidos con inusitada ferocidad hasta la peor de las muertes. A mí no es que no me complazca, es que me repugna hasta lo más profundo de mi alma un mundo así.

Pero a ellos, sí, y están muy contentos con lo que están haciendo, viajan continuamente para comprobar que nadie se desmanda, que todos están al pie del cañón, dispuestos a perseguir a muerte al que lo haga y no se asustan cuando comprueban que algo no funciona, que se abren por todos sitios continuas grietas que amenazan la ruina de este mundo que han construido desilusionadamente, porque no se puede creer y aceptar un mundo así.

3 comentarios:

bemsalgado dijo...



“Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas.” (Albert Einstein)


No hace falta añadir que yo lo soy un "poquito" más todavía que quien hacía tal confesión, pero haciendo extensiva mi ignorancia a cualquier ámbito de cosas.

En mi descargo sólo me cabe afirmar que cada día soy un poco más consciente de ello.

Un abrazo José.

Anónimo dijo...

Y van 5 intentos de respuesta a tu comentario, bem, pero esta vez voy hacer copia de lo que escribo para no trabajar tanto que, como dice Isaac, cansa mucho, sobre todo si, como yo, ya eres viejo.

Te pasa a ti, bem, como a nuestro común amigo el ahora tan ausente, Fernando Mora, siempre encontráis el detalle o la cita oportunos.

Einstein resuelve de un plumazo todo lo que yo he intentado decir esta mañana con mi post.
Y lo hace, como casi siempre, con absoluta seguridad, el problema del disenso entre mis hijos y yo no es lo que sabemos sino precisamente lo que ignoramos.

Gracias por volver por aquí y un abrazo,

jlpalazón

Anónimo dijo...

Bien por bem!
Gracias por volver.
El tamden bem/palazon es buenísimo y muy interesante.
Abrazos para todos.

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