lunes, 12 de diciembre de 2011

Los jueces (I)


Oriol Mallol Vilaplana, “Seréis como dioses: vida y andanzas de Luis Pascual Estevill, Madrid, Espasa Calpe, 2001".


En el post de ayer, “Dioses y genios”, hablábamos de pasada del juez catalán Estevill, un personaje que merecería ser protagonista de uno de aquellos libros de caballerías que tan famosos fueron en una época de la literatura.

Porque el juez Estevill, que llegó a formar parte del Consejo General del Poder Judicial, (CGPJ), el más alto de los órganos de gobierno de la judicatura española, a propuesta de Jordi Pujol, tiene una biografía absolutamente apasionante y, para mí, que he ejercido de procurador de los tribunales los justos 30 años que son necesarios para jubilarse con las pensión máxima y que casi todos ellos fui Decano del Colegio de dicha profesión en Cartagena, es plenamente representativa de la psicología que acaba por imponerse a algunos de los ejercientes de la profesión jurisdiccional.

Los que me hayan leído algunas veces, saben el pésimo concepto que tengo del hombre, es  pésimamente insuperable. No creo que haya en toda la faz de la Tierra un animal peor. Que Dios, o la naturaleza, se empeñaron en atribuirle una serie de características que lo hicieran realmente imbatible en su diaria lucha para sobrevivir.

Pero esas características, absolutamente decisivas en orden a dicha supervivencia son todas ellas armas de doble filo, ya que, si por una parte le atribuyen la facultad de conseguir la excelencia técnica en todo lo que se propone, Einstein y Marx, ambos judíos, por cierto, son un buen ejemplo, también le permiten que las utilice para justificar sus actuaciones, mayoritariamente perniciosas para la salud de la "res publica".

Siempre me ha preocupado la cuestión  fundamental de por qué todos los “grandes” hombres de la historia han sido tan permisivos consigo mismos en el orden ético.

 Y no he hallado mejor modo de justificarlos que enmarcando su deplorable actitud en el concepto remuneratorio de su gran trabajo.

El paradigma, para mí, por ser tan cercano, era el del Caudillo Franco.

Cómo un hombre, en su sano juicio, que yo sepa nadie ha dicho nunca de él que estuviera loco, fue capaz de aceptar sin que se le cayera al suelo la cara  de vergüenza ese culto de latría, de verdadera adoración que sus partidarios le otorgaron, cuesta muchísimo trabajo admitir que un hombre absolutamente todopoderoso  consienta que digan de él cosas tales como que era generalísimo, caudillo invicto, y hombre absolutamente providencial para España ni más ni menos que por la gracia de Dios, por lo que admitía también, como lo más natural del mundo, entrar en los templos católicos bajo palio, algo que sólo se otorga a la hostia consagrada que, para el catolicismo, no es ni más ni menos que el mismo Dios.

Pues, bien, algo de eso concurre también en las personas que ejercen la función jurisdiccional. Un juez es probablemente la persona investida de mayores poderes sociopolíticos de la especie humana.

Recuerdo, al efecto, lo que el actual Presidente del CGPJ le dijo a un diputado del PP que decía que era absurdo que, por llevar la firma de un juez, un papel adquiriera una efectividad tan enorme, o algo así: 


-No hable de esa manera tan despectiva de la firma de un juez, con esa misma firma se le puede arruinar a v. o enviarle a la cárcel para toda su vida.


Es la filosofía que va implícita en la respuesta del hombre que ocupa la cúpula del poder judicial lo que hace que los jueces, casi todos según mi propia experiencia, acaben adquiriendo, a veces en contra de su propio deseo, un concepto de sí mismos y de su propia función que no considero que sea admisible en cualquier ser humano.

Así como el general Franco, acabó creyendo que por haber ganado una guerra en la que se decidió, quizá para siempre, el destino de una nación, tenía derecho a todo, absolutamente a todo, incluso a condenar a muerte a la gente por el mero hecho de tener una determinada ideología política cuya existencia, creía él, no era compatible en el terreno de la libertad de conciencia con la suya, así mismo yo he oído a jueces, absolutamente normales desde el punto de vista psicológico, considerarse acreedores de las más altas compensaciones económicas respecto a su trabajo ya que con él se resuelven cuestiones plenamente decisivas respecto a la vida y hacienda de aquellos que se hallan sometidos a su poder jurisdiccional.

Esta concepción de sí mismos como los guardianes ni más ni menos que de la justicia eleva su propia consideración a tales extremos que, con el tiempo, les hace sentirse poco menos que invulnerables ante cualquier enjuiciamiento no ya de su actividad profesional sino de su propia persona, ellos también se consideran, por la gracia de Dios y de los hombres que les otorgan esa terrible función, muy por encima, por supuesto, del Bien y del Mal, de tal manera que un hombre como Estevill, que fue pastor de cabras, que a los 19 años apenas si sabía leer, y que, por arte de birlibirloque se halló de pronto con que en sus manos estaba la potestad de meter en la cárcel a los próceres de aquella burguesía catalana que lo había encumbrado, Jordi Pujol mediante, al Olimpo de las más altas divinidades humanas, si se me permite la aparente contradicción, perdiera el sentido de la realidad y creyera firmemente que aquel poder omnímodo era ya realmente inatacable, intocable, inamovible, tal como dice ese panfleto que llamamos Constitución española, y se considerase realmente investido de un poder fuera de todo control humano, puesto que él mismo había sido investido de la cualidad de formar parte del máximo órgano que lo representa, algo muy superior a aquél que tenían los señores feudales con derecho de pernada incluido.

De modo que el juez Estevill, subjetivamente, ante su propia conciencia,  no prevaricaba ni coaccionaba ni hacía un mal uso del insuperable poder que alguien había colocado en sus manos sino tan sólo lo ponía en práctica a su manera, considerando, como el general Franco, que ya que la sociedad no le remuneraba sus servicios tal como él merecía, no había inconveniente ético alguno en que él le exigiera a aquellos potentados industriales catalanes, que le remuneraran extraoficialmente el servicio que él, como guardián de la justicia les prestaba y, si se negaban a algo tan justo en sí mismo, los encarcelaba.

Y no me digan ustedes que el razonamiento, dentro de la leyes de la  lógica estructural, no es perfecto.

Y lo dejo porque esto se ha hecho muy largo y temo que no me lean.

A lo peor, mañana continúo porque esto de los jueces no ha hecho más que comenzar y queda todavía mucha tela. 

1 comentario:

neutrino dijo...

Debería enmendarse el diccionario de la RAE para sustituir la ortografía de Jueces, sustituyéndola con todos los efectos retroactivos por Juheces

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