miércoles, 14 de diciembre de 2011

Los jueces (III)


Un juez no es por su propia naturaleza derechista, o sea, conservador sino eminentemente regresivo, o sea, ultraderechista.

Un juez es un señor que quiere controlar a los demás o sea realizar una labor que antaño sólo estaba encomendada a Dios o a sus representantes directos, los sacerdotes.

No es una casualidad que el más reaccionario de todos los regresistas conocidos, Joseph de Maistre, escribiera aquella frase antológica, que Cioran nos trae en su Ensayo sobre el pensamiento reaccionario: No hay nada más racional y excelente en el mundo que un juez español y, si a ello unimos las características esenciales del sacerdocio católico, obtenemos el más completo de todos los jueces, el juez de la Inquisición. Como cito de memoria, puede haber alguna insignificante diferencia textual, pero éste es el sentido de la sentencia de Maistre.

Dicho sencilla y llanamente, un juez es un hombre que quiere, que desea ardientemente controlar la actuación de los otros, que son hombres como él, de ahí, la clásica denominación de “custodes”, el que custodia, el que vigila y la terrible, por sabia, pregunta de Sócrates, "qui custodiet ipsos custodes", ¿quién juzgará a los propios jueces?, a la que un hombre como Platón apenas si pudo contestar:

-Ellos se cuidarán a sí mismos.

 Afirma que  debe decírsele a los guardianes una «mentira piadosa». Esta consistirá en hacerles creer que son mejores que aquellos a quienes prestan su servicio y que, por tanto, es su responsabilidad vigilar y proteger a los inferiores. Afirma que hay que inculcar en ellos una aversión por el poder o los privilegios, y ellos gobernarán porque creen que es justo que así sea, y no por ambición. (Wikipedia).

O sea que el poder judicial es un poder de control, por eso decía Alfonso Guerra que Montesquieu no sólo estaba muerto sino muy bien enterrado.

Control, para mí, al menos, es sinónimo de dominio, de modo que en aquella trilogía de poderes montesguiana, de El espíritu de las leyes, había una trampa inicial, los 3 poderes, legislativo, ejecutivo y judicial no eran simétricos ni siquiera paralelos sino que estaban esencialmente subordinados unos a otros siendo el judicial el claramente dominante, el decisivo: el Tribunal Constitucional (TC) puede incluso cargarse las leyes promulgadas por el legislativo y la jurisdicción ordinaria puede espontáneamente juzgar a los políticos, ¿dónde queda, entonces, la división de poderes?

Sólo resta un único poder independiente, real, el de los jueces, que pueden dejar sin efecto las leyes emitidas por el legislativo y reprimir severamente la actuación del ejecutivo.

De modo que, en un ordenamiento jurídico debidamente constituido, al poder judicial sólo puede controlarlo el propio poder judicial: “ipsos custodes”, los propios jueces.

Y claro que lo hace y cómo lo hace:

Ese panfleto que llamamos Constitución se ha encargado de establecer que los jueces sólo pueden ser controlados por ellos mismos, mediante el CONSEJO GENERAL DEL PODER JUDICIAL (CGPJ) compuesto mayoritariamente por jueces, por supuesto que, para guardar las formas, dispone que ellos, como cualquier otra persona, se hallan sometidos a las propias leyes penales, pero ¿es siquiera imaginable que nadie se juzgue y castigue sería y duramente a sí mismo fuera de los casos de la enfermedad de Masoq?

No, rotunda y racionalmente, no. Fuera de los casos de enfermizo masoquismo, no. ¿Entonces?

Los jueces han pergeñado un ordenamiento jurídico paralelo esencialmente corporativista, así como en el derecho monárquico anglosajón se instauró la norma “the king can do no wrong”, el Rey no puede pecar, los jueces sostienen a rajatabla que ellos tampoco pueden hacerlo y sólo levantan esta prohibición cuando alguno de ellos comete el pecado nefando, atentar contra otro juez, o sea se hace reo de una especie de canibalismo, de antropofagia.

Esta norma deviene esencial no sólo para el buen funcionamiento de la sociedad en general sino también para el de esa pequeña y rigurosa comunidad que constituyen los propios jueces.

Al ser, como decíamos al principio, no ya conservadores, o sea, de derechas, sino decididamente regresistas, los jueces son, por su propia naturaleza, ultraconservadores, o sea, fascistas: idolatran el principio de autoridad, sin cuyo absoluto imperio el mundo, por su propia inercia, acabaría por autodestruirse.

Es por eso que aguantan a pie firme la propia constatación de que no sólo pueden equivocarse sino que de hecho se equivocan con mucha, con demasiada frecuencia, pero eso no empece en modo alguno para que ellos sean fieles partidarios del sostenerla y no enmendarla y está claro que no me refiero a lo que sucede dentro del estricto campo de los recursos, sino a aquellos casos en los que el juez comprueba, siendo el último en el escalón de la revisión de las sentencias que, por falta de  formación o de estudio, o simplemente por su propia negligencia ha provocado la ruina o la prisión de  aquellos a quienes juzga.

Después de 40 años de ejercicio profesional ante los tribunales, no conozco un sólo caso de que un juez haya reconocido su error y, si no  tiene capacidad personal o patrimonial de subsanar su fallo, haya renunciado para siempre a la judicatura.

O sea que los jueces, como los Reyes ingleses, "can do no wrong", no pueden pecar, no pueden errar.

Nadie, ni siquiera otro juez, puede rozar a uno de ellos con la más ligera de las plumas del ala de un ángel. Ésta es la ley suprema y no escrita que rige el funcionamiento de la judicatura española, que, por ejemplo, ha sido infringida por el juez Garzón, al testificar contra su compañero Gómez de Liaño y que, por eso, está siendo tan severamente castigado.

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