sábado, 21 de enero de 2012

Fascismo y mafia (II)

 El fascismo lo pudre casi todo porque no es ni más ni menos que la muerte de todo lo que encuentra en su camino. Y es en la grada más ardiente del estadio donde esa resurrección se produce porque la verdad es capaz de sublimarlo todo incluso la peor canallada.

 Como ya hemos dicho mil veces, el equipo de referencia es la quintaesencia del fascismo, no sólo porque aspira a la más total de las dominaciones sino porque, para lograrla, no repara en ninguna clase de medios incluso los criminales, todo lo contrario, le place mucho utilizarlos porque rebajan a un límite insuperable la dignidad de sus victimas.

 Apenas ocupan cada uno su sitio, como si realmente se hallasen a la diestra de Dios Padre, surge espontáneamente la pancarta que no sólo grita como el más feroz de los desafíos “viva Hitler”, sino que, al propio tiempo, exhibe orgullosa la más canallesca de las cruces.

  La mayoría los critica acerbamente por ello, yo los alabo, porque siempre he sido partidario acérrimo de la verdad.

 Nadie en este inmenso valle de lágrimas, que no esté realmente loco,  puede presumir de hallarse en posesión de toda la verdad, sino que cada uno de nosotros tiene la suya propia, que, a veces, es pequeñita e insignificante como la mía, pero otras, es esplendorosa y refulgente como la de los fascistas.

 Un fascista es un privilegiado, se sabe hijo no de la polla roja sino precisamente de la azul, de un azul intenso que creo que se llama mahón y que no sólo es el color del mar sino también del cielo, en días de borrasca.
 Yo no tengo color porque los pobres, sobre todo de espíritu, no podemos permitirnos esos lujos, de manera que envidiaría plenamente a los fascistas si no fuera porque:

 1) atropellan sin ningún reparo a la justicia porque dicen que es una cosa de pobres, de miserables, de gentuza del tres al cuarto, de gente que no sólo no vale nada sino que ni siquiera se atreve a intentarlo, es una masa asquerosa que se enorgullece de su propia indigencia como si la miseria tuviera alguna clase de mérito;

 2) ellos,  por el contrario, piensan lo mejor de sí mismos, que son los más listos, los más guapos, los más altos, los que nacieron bajo el signo del león y por ello están destinados a ser no sólo los más poderosos sino la esencia misma del poder;

 3) de modo que todos los demás no sólo les debemos el más profundo de los vasallajes sino que ni siquiera podemos mirarles a los ojos porque su rostro debe de ser para nosotros, los mortales, realmente invisible;

 4) todo lo suyo, no lo que les pertenece por derecho, que no es casi nada, sino lo que nos han arrebatado a nosotros, no sólo debe de ser intangible sino también invisible de modo que no podemos siquiera saber dónde está, cuánto es ni hasta qué limites se extiende su dominio, no ya sólo de todo lo terrestre sino también de lo espiritual, de manera que nos han expulsado incluso de aquel reino que los cristianos dicen que es el nuestro;

 5) pero el culmen de su excelencia reside en su natural superioridad, ellos poseen, son dueños de todo esto no por derecho divino sino natural, algunos de ellos no sólo lo saben sino que hacen todo lo necesario para que esta verdad se imponga indiscutida en el ancho mundo: nadie es semejante a ellos no sólo porque así lo disponen sus genes sino porque Dios y seguramente el Diablo así lo han establecido, de manera que todos los demás no debemos hacer otra cosa que no sea aceptarlo.

 Así, de este modo, el equipo del Reino no sólo debe de ser admirado, haga lo que quiera, sino adorado como se adora a los dioses, a pesar de su infinita crueldad, importando poco que en vez de jugadores contrates auténticos asesinos, incluso a canallescos matones, que exhiban colgadas en sus cinturones las cabelleras de sus enemigos.

 Y el pueblo entero, esa inmensa manada de borregos, contemplará impávido, todos los días feriados, el más asqueroso de los espectáculos, aquél que ofrece a la masa, previamente descerebrada,  el sacrificio cruento de los más inocentes, mientras el sátrapa de modales episcopales sonríe beatíficamente en el centro del palco entre los más canallas de todo el universo.


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