martes, 17 de enero de 2012

Libertad e igualdad, sigo a vueltas con ellas.


La libertad es el señuelo/espantajo con el que nos están engañando todos los días.

Pero ¿qué coño es la puñetera libertad?

Vayamos, en 1ª instancia al jodido DRAL: “1. f. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”.

Bien, creo que le sobra ese final “por lo que es responsable de sus actos”, que es la consecuencia de su libertad pero en estricto sentido no debe de formar parte de la definición.

De modo que tenemos al hombre sólo, en medio de la calle, y comprueba que no tiene la facultad de hacer lo que desea porque se lo impiden una serie de normas, naturales, unas, y sociales, otras.

El hombre no puede volar porque no está constituido por la naturaleza para ello, límitación natural, pero tampoco puede matar o robar porque se lo impiden esas normas sociales que llamamos leyes.

Pero tampoco puede, si no es rico por su nacimiento, vivir sin trabajar.

Nos hallamos, así, con la 1ª gran limitación social del hombre, aquello tan bonito de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, que fue ratificado tan salvajemente por San Pablo cuando dijo aquello tan tremendo del que no trabaje que no coma.

La sociedad no es que no sea el perfecta es que resulta ser una puñetera mierda.

Si yo fuera realmente libre, en una sociedad perfecta como la que pretende ser ésta en que vivimos, en el uso perfecto de esa facultad de obrar o no obrar que dice que es la libertad el canallesco diccionario de la Real Academia de la Lengua, no debería de ocurrir nada extraordinario si yo decidiera no trabajar, debería de haber en el sistema social y en el ordenamiento jurídico que lo regula, un status, una situación absolutamente legal que me lo permitiera, pero no es así, si yo me niego a trabajar, lo 1º que me puede pasar, aparte la deshonra o deshonor social que ello me implicaría, en otros tiempos, no tan lejanos, me hubieran aplicado la Ley de Vagos y Maleantes y me hubieran enviado a la cárcel que es la suprema negación de la libertad.

Ahora, estamos mucho más civilizados después de que Lampedusa nos aconsejara aquello de que hay que hacer que todo cambie para que todo siga igual. Ahora, si uno se niega a trabajar, simplemente se muere de frío y de hambre. Ésta es la silenciosa pero durísima sanción social. 

Entonces, parece indudable que absoluta libertad no puede haber no sólo por las limitaciones naturales sino también por las sociales.

De modo y manera que si el hombre no quiere morirse de frío y de hambre ha de trabajar, pero ¿dónde y cómo?

Acaba de morir Fraga, un hombre al que nunca le ha faltado el trabajo.

¿Por qué? Porque tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada que, desde el principio, lo introdujo en el engranaje que rige la prestación de este servicio social. Algo que también le sucedió a todos los miembros de su numerosa familia, porque ellos son todos católicos, tanto que él dijo que pensaba morirse sin ponerse nunca un condón, de modo que dicen las malas lenguas que, en el escalafón de la Administración Pública española, un buen porcentaje del organigrama se halla ocupado por este apellido, pero esto, claro está, no tiene nada de particular.

¿O sí? Porque resulta que al españolito de a pie, ése que no se llama Fraga de apellido, ni Rato, ni Aznar, ni Rajoy, ni Fabra, ni Mata, ni Camps, si quiere trabajar, que querrá porque, como ya hemos visto, no tiene màs remedio si no quiere morirse de hambre y de frío, que trabajar, esa hermosa libertad de la que los hombres corrientes disfrutamos nos permite o inscribirnos en las listas del paro y esperar pacientemente a que No te llamen nunca o intentar acceder a uno de esos otros puestos a los que se llega mediante oposición, para lo que tendrá que luchar, en desigualdad de condiciones, con otros cientos de miles de desempleados, entre los cuales estarán, debidamente emboscados, los que pertenecen al "establishment", o sea, a la misma clase dominante de los Fraga, Aznar, etc.

Pero eso, sí, hablamos de las malas oposiciones, ésas de andar por casa, que se pueden preparar en unos meses, para los que podríamos llamar con cierto desgarro “empleos basura”, administrativos y toda esa morralla de “oficios varios” que trabaja, sin ninguna esperanza de redención, en los puestos de abajo de la Administración, porque, para los otros, ya se encargan ellos, los guardianes de la ortodoxia, de que no puedan llegar nunca, salvo excepcionalidades extrañísimas, caso de auténticos superdotados, becados desde el primer momento, más que ellos, sus hijos y los hijos de sus propios hijos, no sólo porque los tribunales de examen los constituyen ellos mismos, sino porque el presupuesto inesquivable es una titulación para cuya obtención son necesarios por lo menos 15 años de estudios, que precisan unos recursos tan extraordinarios que excluyen definitivamente a los hijos de las clases trabajadoras.

De modo que diganme udes. ¿dónde coño está la libertad del hijo del pobre currito, en apuntarse al paro, apenas cumpla la edad, en ofrecer su mano de obra baratísima por no estar suficientemente cualificada en ese canallesco mercado de trabajo que cada día estará peor, hasta que se consiga el límite que ellos pretenden, la absoluta libertad empresarial para contratar y despedir, de modo que ya se podrá hablar con toda propiedad de libertad, sí, pero sólo de la de ellos?

Es por eso que el otro día, nosotros hablábamos indirectamente de la auténtica libertad universal y no sólo de la de las clases dominantes, que es aquélla que se produce en el seno de las sociedades comunistas en las que todos sí que es verdad que son iguales ante las oportunidades de formación y colocación porque en ellas impera, o debe de imperar, el principio categórico marxista de obtener de cada uno según su capacidad y dar a cada uno según su necesidad.

Amén.

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