sábado, 10 de marzo de 2012

Carta abierta a mi amigo Adrián Massanet




Antes de nada, amigo lector, debes de leer este enlace, si no, a lo peor, no comprendes del todo lo que sigue:


A ti te extrañan 2 cosas, que yo dijera que una intervención tuya en uno de mis blogs me había convencido de que la felicidad existe y que tú y yo hubiéramos escrito el mismo día sobre el mismo tipo, Clint Eastwood.

A mí lo que me extraña es precisamente tu extrañeza.

Todo puto tío que escribe lo hace para comunicarse con los demás y es lógico que se sienta feliz cuando comprueba que dicho acto de comunicación se ha realizado plenamente puesto que un tipo tan inteligente, culto y preparado como tú se da por enterado. Si, además, el tipo éste se muestra no sólo receptivo sino también en parte conforme, la felicidad, aunque no sea, evidentemente, completa, está claro que existe.

 En cuanto a tu otro motivo de extrañeza, es ciertamente más difícil de entender si uno no cree en eso de la empatía. Goethe escribió uno de sus mejores trabajos sobre las afinidades electivas. Si a ti te gusta lo que escribo casi tanto como lo hace a mí lo que tú escribes, está meridianamente claro que tenemos afinidades y una de ellas es el puñetero cine.

 Mi padre, el mejor director teatral que yo he conocido, sostenía conmigo encarnizadas discusiones sobre el cine, no comprendía que me pudiera gustar tanto un arte a cuyo producto final se llegaba a través de millones de actos meramente técnicomecánicos. Y me predijo con milimetrica exactitud algo que, al fin, se ha producido: “algún día comprenderás lo que te digo”.

 Mi hija, la profesora universitaria, Vicedecana de su facultad y su marido, también profesor universitario, sienten ahora la misma pasión que yo sentía a su edad por el cine. En una de sus visitas vacacionales me convencieron para que viera Avatar, algo que no les perdonaré nunca. Me aburrí como una ostra viuda. Es, quizá, uno de los mayores ejercicios técnicos de la historia del cine pero a mí me aburrió soberanamente.

 ¿Entonces? No lo sé con certeza, Adrián, pero presiento que cinematográficamente, al menos, nos separan muchas diferencias.

A mí, la técnica cinematográfica me estorba, o sea que, para mí, “El año pasado en Marienbad” es un rollo espantoso, digan lo que quieran aquellos grandes criticos de la nueva ola. Por eso, la única vez que yo me atreví a ponerme detrás de una arriflex para rodar mi única cinta, “El Cristo de Velázquez”, lo hice a mano alzada y sin un jodido travelling.

 O sea que, para mí, la cámara no debe de ser sino lo que para Stendhal era aquel espejo a través del cual él escribía, un instrumento, tanto mejor utilizado cuando menos presente esté en la narración.

 Dicho sencilla y llanamente, el cine, para mí, no es más que un medio para narrar historias, de donde se deduce como inevitable consecuencia que lo importante es lo que se cuenta, no quién lo cuenta ni cómo ni con qué lo hace.

  Por supuesto, Adrián, que estoy simplificando mucho la cuestión, pero creo que tú me entiendes.

  Para mí, si no hay una historia, una buena historia, poética, real y sincera como la vida misma, todo lo demás es puro artificio y a mí, tal como predijo mi padre, el único genio vivo que yo he conocido, no me interesa, no tengo tiempo ya para perderlo viéndola.

 Creo, por todo lo que te he leído que tú estás al otro lado de la cuerda, y tirando mucho en el otro sentido. Es igual. Yo no sólo te comprendo sino que disfruto mucho leyendo esos magníficos ensayos que escribes que a mí me recuerdan mucho a los que yo leía hace ya tantos años en Film Ideal, de García Escudero.

 En la única revista cinematográfica que yo colaboré fue en Cinestudio, poco antes de que comenzara a hacerlo el hoy oscarizado José Luis Garci. Era completamente distinta a Film ideal, prestaba mucha más atención al contenido que al continente, la vieja y bizantina cuestión del fondo y de la forma.

 Pero, como has comprobado, tú y yo podemos coincidir en el gusto por Eastwood, si bien he visto que a mí me ha gustado más que a ti “Sin perdón”, cuando la vi, tuve la intención, que no pude cumplir por falta de tiempo, de hacer un trabajo monográfico sobre ella. Es uno de los films más completos que yo haya visto nunca, indudablemente la obra maestra final de un genio, de un genio maléfico, pero un genio, que tiene de la vida un sentimiento tan descreído y trágico casi como el que tengo yo, si acaso nos separa ese afán desmedido por la violencia física y esa creencia de que la ley del Talión es quizá el único código de auténtica justicia que ha creado el hombre.

 Bueno y como esto se ha hecho ya demasiado largo, “corten”, otro días, seguro, seguiremos hablando, un abrazo, Adrián.

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