viernes, 1 de junio de 2012

Ahora, que lo pienso mejor, esta justicia no es tan inmanente ya que también la sufren los hambrientos



 Ahora ya sabemos de qué se reía tanto el jodido Montoro, del que la prensa siempre nos los presentaba haciendo chistes sobre la situación o riéndose muy contento, el hijoputa cabrón.

 Una parlamentaria canaria nos lo acaba de contar: “Estoy deseando de que esto se hunda de una vez para que luego vengamos nosotros a levantarlo”, decía el muy cabrón, sin parar mientes en los miles de millones de niños hambrientos, de ancianos obligados a robar alimentos en Mercadona, del hambre y de la miseria que representaba una tan triste victoria que además no se ha producido porque ahora, que gobiernan ellos, los jodidos taumaturgos, es precisamente cuando nos están interviniendo, si serán cabrones estos malditos hijos de puta.

 Por eso aprovecho la ocasión para decirles a mis queridos amigos izquierdistas que añoraban la más dulce de las derrotas, aquella que les hacía pronunciar aquello de cuanto peor mejor, porque no es cierto, desgraciadamente, ni para los cabrones ni para nosotros, que el hambre, la miseria y la más completa de las desesperaciones sea nunca buena para nadie porque el sufrimiento humano tiene un valor insuperable del que es la peor de las canalladas aprovecharse para prosperar. Malditos sean, coño, todos los que se benefician de esto.

 Está claro que en la propia esencia del asqueroso tipo de derechas de toda la vida se halla la alegría por esa escalofriante desgracia humana que sume al hombre en la miseria pero que eleva el rendimiento de sus negocios hasta cimas de otra manera inalcanzables, de modo que, ahora, el único problema que aflige a esta gentuza es “¿dónde meto yo todo este montón ingente de dinero que gano?”, juro por la salud de mi mujer y la mía propia, que la frase es absolutamente literal.

 Pero hasta en esto hay grados: el jodido Botín y su familia, toda su asquerosa familia, ganan ya tanto dinero con esos Bancos tan ruinosos que todos los días precisan que les insuflemos capital de la peor de las maneras, gravando a las generaciones futuras de este asqueroso país mediante la deuda pública, que no saben qué hacer con él y, desconfiando de sus colegas de los paraísos fiscales, han jugado a distraerlo en la Banca suiza con tan mala fortuna que un tipo raro, jugando a no sé qué, afloró unas terribles y largas listas de grandes depositarios en sus Bancos.

 De modo que nuestra adorable Inspección de Hacienda, sí, hombre, los subordinados del inefable Montoro, se vieron obligados a actuar todo lo suavemente que pueden hacerlo, no con esa dureza con la que le exigen al pobre padre de familia que acaba de comprarse, al fin, el piso en el que vive tantos años que pague inicuamente el máximo, revalorizando la finca hasta los extremos más increíbles, no, para Botín, la ley y sus aplicadores son tan gentiles que, oh, milagro, el Tribunal Supremo, sí, ése que preside ni más ni menos que el ambiguo  Dívar, ha sobreseído libremente la querella contra el amo del Santander ya no recuerdo siquiera con qué pretexto de tan fútil como resulta.

 Pero el problema que a mí realmente me atormenta es qué coño hace Rajoy con esa pala de millones que gana, y esto de “gana” es sólo una manera de escribir porque ganar lo que se dice ganar, gana muy poco el pobre, si nos atenemos a los resultados.

 ¿Dónde coño está metiendo el dinero este hombre? A lo mejor está haciendo las cosas como manda la Ley y su amigo y subordinado Montoro recibe todos los años la mejor de las declaraciones de la renta del mundo, en cuyo caso los ojos de aquellos por los que pasa dicho documento no cesarán de hacerse garabitas.

 Pero es que si las cosas se están haciendo bien, ahora mismo, el ínclito Rajoy debe de ser una de las primeras fortunas del país, no me atrevo, la verdad, a decir una de las mayores fortunas del mundo porque no he leído por ninguna parte que, al fin, haya sido inscrito en las famosas listas de Forbes, pero por ahí debe de andar el hombre que, como vemos, con el mayor de los motivos, no querría nunca ser igual que los demás españoles y por eso se convirtió en el mayor apóstol de la desigualdad, en sus 2 famosos artículos en El Faro de Vigo.

 Pues, ahí los tenemos, en esas tristes manos estamos, o como decía el inefable Cicerón mucho mejor que yo: “¿ubinan gentium sumus, in qua urbe vivimus?”, que, en el jodido español de todos los días, se lee: entre qué gente estamos, en qué ciudad, país, vivimos.

 ¿Dónde hay que firmar?

5 comentarios:

Futbolín dijo...

Un excelente artículo:(traido del otro Blog del Sr. Palazón)
Más sobre lo mismo
http://joanmarti.wordpress.com/2012/06/01/bankia-se-hunde-y-mafo-se-va-con-la-pasta-pero-tranquilos-que-viene-otro/
Salu2, máquina!! Feliz mañana.

Lisistrata dijo...

Tienen tanta desverguenza y están tan pagados de sí mismos que continúan creyendo que todo el predio es suyo. Ellos son los vencedores y siempre, siempre, han manipulado las leyes y la política a su favor. Son tramposos y embusteros y no hay nada que podamos hacer porque cuando surge la oportunidad de que ganen las elecciones las izquierdas, parecen tan acomplejados y temerosos de contrariar a los "amos del cotarro" que desesperan a las gentes que los han votado, y vovemos a empezar. Felicitaciones por tu artículo.
Saludos. Lucía.

Futbolín dijo...

No queremos volver a la España de los 50
(Fragmento de tres sesudos profesores que parece que no se enteran de que el robo está en nuestra naturaleza con un sistema o con otro, con pesetas y con euros)
Jesús Fernández-Villaverde es catedrático de Economía, University of Pennsylvania; Luis Garicano es catedrático de Economía y Estrategia, London School of Economics; Tano Santos es catedrático de Economía y Finanzas de la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia.
Y es que salirnos del euro, por mucho que resulte tentador, sería, muy probablemente, mucho peor de lo que imaginamos. Los que escuchan el canto de esta sirena nos dicen que eliminaría a la vez la deuda privada y pública y mejoraría la competitividad. La realidad es que, el día después de la salida, la situación sería complicadísima. La nueva moneda se devaluaría considerablemente, los salarios y pensiones perderían gran parte de su poder de compra y todos los productos importados subirían de precio. Al aumentar la carga de la deuda, empresas, bancos y sector público se enfrentarían a la bancarrota. Las empresas, muy integradas en cadenas de valor global, suspenderían pagos con sus proveedores y perderían sus relaciones con sus clientes. Los bancos quebrarían. El pago de bienes importados sería difícil. Además, para dar credibilidad a la nueva moneda, y evitar una hiperinflación en un contexto de descenso de los ingresos, el Estado tendría que proceder a una brutal consolidación fiscal, eliminando de una vez el déficit primario, lo mismo que de momento rehúsa a hacer.
La esperanza que tienen los que sueñan con esta quimera es que España rebotaría en dos años. Y sí, tarde o temprano, lo haría. Pero esa España sería la España de los 50, con ingresos bajos, derivados del turismo, con baja productividad, bajos costes y con un control brutal ejercido por los caciques locales, que controlarían los monopolios de la nueva economía cerrada. Del control de cambios y de exportaciones, aparecería, como en Argentina, una nueva clase privilegiada, estrechamente ligada al poder, nacida del chanchullo, la chapuza y el compadreo. Nosotros no nos reconocemos en esa España, que hemos pasado varias generaciones enterrando. Y como nosotros, muchos otros. Sin ir más lejos, Cataluña y el País Vasco verían su independencia como más atractiva que nunca.
Lo triste es que a muchos de nuestros políticos este escenario no les asusta: una economía cerrada es una economía en la que pueden hacer y deshacer a su antojo, usando las palancas de la peseta para dar dádivas a sus amigos a discreción. Es a los españoles, por el contrario, a los que les conviene mantener el euro, que es la única forma de preservar el mínimo control de los desmanes de nuestros dirigentes.
http://elpais.com/elpais/2012/05/31/opinion/1338475092_453958.html

Patrick Bateman dijo...

No hay partidos de izquierdas,de la de verdad.Y el que más se acerca es minoritario y con mucho bulto sospechoso también.Hay un duopolio de chorizos,trileros y embusteros.
Y así le va al país.

Patrick Bateman dijo...

Una sociedad que premia la maldad y masacra a la bondad está abocada al abismo.El ser inhumano y sus reglas.

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