jueves, 5 de julio de 2012

David contra Goliat


8 comentarios:

Futbolín dijo...

LOS PARTIDOS NO TIENEN REMEDIO
Los comportamientos oligárquicos de los grupos políticos son difíciles de cambiar por más años que pasen.
Luis Aurelio González-Prieto/ Historiador. En 1911, el sociólogo alemán Robert Michels publicaba su libro Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna, un trabajo exhaustivo sobre los comportamientos oligárquicos de los líderes políticos del Partido Socialdemócrata Alemán,
Los líderes se creen indispensables y confunden sus intereses con los del partido.
en el que el autor militaba, y de otros movimientos socialistas europeos. En esta obra, Michels concretaría su idea sobre lo que él denominó «Ley de Hierro de las oligarquías », concluyendo que «el dominio de una sociedad o de una organización por quienes están en la cumbre es algo intrínseco a la burocracia de cualquier organización». Los comportamientos oligárquicos, pues, eran consustanciales a las organizaciones humanas. Los comportamientos oligárquicos de los dirigentes se manifiestan en múltiples ámbitos, desde las pequeñas sociedades culturales y deportivas a las organizaciones sindicales; en las sociedades capitalistas y, sobre todo, en los partidos políticos, en cuanto organizaciones que pugnan por conseguir el poder.
La tropa ciega y los líderes
La prueba más palpable para Michels de que las tendencias oligárquicas son algo inmanente a todo tipo de organización humana era la aparición de fenómenos oligárquicos en los propios partidos revolucionarios y socialistas, algo totalmente en contradicción con sus fines primordiales, como eran la lucha contra los poderes oligárquicos que monopolizan los estados y la instauración de una democracia igualitaria. Reconocía que los partidos modernos, al ser organizaciones que luchan por el poder en el sentido político del término, deben organizarse militarmente para tener más posibilidades de victoria. Así como la tropa sigue al caudillo militar, la masa de afiliados y simpatizantes debía seguir ciegamente a sus jefes. Por lo tanto, las propias necesidades técnicas y prácticas de los partidos daban lugar al advenimiento del liderazgo profesional, que para Michels era el principio del fin de la democracia interna partidaria, ya que el poder efectivo del partido se concentraba en los pocos miembros que constituían su cúpula dirigente. Ahora bien, no dejaba de reconocer el sociólogo alemán que los partidos de masas no podrían subsistir sin los líderes, ya que las masas tienen una necesidad imperiosa de volcar sus anhelos y deseos en una figura. Es entonces cuando los líderes políticos se creen indispensables y comienzan a confundir sus propios intereses con los del partido. Así, los cuadros del partido tienden al aislamiento frente a las masas de afiliados, establecen una especie de baluarte y se rodean de un muro que sólo pueden franquear quienes participan de su forma de pensar. Cualquier crítica objetiva la convierten en afrenta personal, por eso son incapaces de prestar una atención serena y justa a las opiniones contrarias.
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Futbolín dijo...

LOS DISIDENTES, AL OSTRACISMO
Una vez las camarillas dominadoras de las ejecutivas de los partidos comienzan a identificar los intereses del partido con los suyos propios, sustraen a la masa de afiliados la elección real de los cuadros burocráticos internos. La democracia directa deja paso a una democracia representativa y congresual, más adecuada a la propia oligarquía dominante. Los candidatos surgen y son presentados por la propia oligarquía dominante del partido y la renovación solamente se produce mediante cooptación de las propias camarillas políticas. La posibilidad de que se presenten candidaturas alternativas a la oficialista está muy mal considerada y, en lugar de ser vista como un buen síntoma del funcionamiento democrático, se percibe como un síntoma de debilidad. De modo que a los representantes de la masa de afiliados no les queda otra opción que la mera aclamación de la candidatura surgida de los cuadros oligárquicos, pues la mínima disensión con la línea oficial significa el ostracismo absoluto y la pérdida de toda posibilidad de ser cooptado para formar parte de la oligarquía dominante. Las elecciones de los cuadros de los partidos se convierten así en simples plebiscitos legitimatorios de una situación previa de poder.
Es esta legitimación plebiscitaria la que permite a las ejecutivas de los partidos exigir una absoluta disciplina a todos los afiliados; cuando se les reprochan sus actitudes antidemocráticas, apelan a la voluntad de las masas, de donde proviene su autoridad por elección. El propio Michels nos señala el discurso utilizado por las ejecutivas de los partidos para legitimar sus actuaciones: «Puesto que las masas nos han elegido y reelegido como líderes, somos la expresión legítima de su voluntad y actuamos como sus representantes».
Aferrados al sillón
Entendía Michels que quien había alcanzado el poder ya no estaría dispuesto a regresar a la situación oscura que ocupaba antes. El abandono de un cargo público conquistado es un lujo que sólo un grand seigneur o un hombre de dotes excepcionales y gran espíritu de autosacrificio puede soportar. Tal renuncia es demasiado dura para el hombre medio o corriente. Por eso, aquellos que han conseguido mediante el partido alcanzar puestos políticos de relevancia en la vida pública intentarán por todos los medios consolidarlos y engrandecerlos, multiplicando las murallas que defienden su posición de relevancia y evitando la democracia interna, que puede dar al traste con su situación de privilegio en cualquier momento. Además, señalaba Michels que, cuando los líderes no cuentan con otras fuentes de ingresos, se aferran firmemente a sus puestos por razones económicas y llegan a considerar las funciones que ejercen como propias por derecho inalienable.
Subrayaba que, en el caso de los trabajadores, en cuanto llegaban a un puesto político o de liderazgo, la pérdida del cargo significaba una merma muy considerable de su estatus económico y social, además de una vuelta a su antiguo trabajo, por el que ya no sentían ninguna motivación después de haber desempeñado importantes funciones en las estructuras del poder político. Concluía el sociólogo: «La organización es la que da origen al dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegadores. Quien dice organización, dice oligarquía».
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Futbolín dijo...

ESPAÑA, EL FIN DE LA INOCENCIA
Un siglo después, los comportamientos oligárquicos de las organizaciones políticas descritas por Robert Michels, pese a las críticas y las matizaciones vertidas por algunos miembros de la moderna sociología política –en gran parte por su deriva fascista en los últimos años de su vida– siguen de actualidad en lo esencial, como no dejan de reconocer autores como Neuman, Lipset, Linz, Selznick o Cassinelli. Gran parte de sus premisas se adecuan a los comportamientos actuales de los dirigentes, si no en todos los partidos, sí en la inmensa mayoría de ellos, incluso en los extraparlamentarios de las modernas democracias. Esta «Ley de Hierro de las oligarquías» tuvo su mayor vigencia con el comportamiento absolutamente oligárquico de las élites políticas soviéticas y de los partidos comunistas de los países de su órbita.
En nuestro país, tras cuarenta años de dictadura y de prohibición de todos los partidos democráticos, se desarrolló en el imaginario popular una concepción casi angelical de los partidos políticos democráticos y de sus dirigentes, en contraposición a la propia organización oligárquica del Estado franquista. Como dice el propio Michels, tras un período de proscripción y persecución de cualquier partido, la moralidad de sus partidarios se mantiene en un nivel mucho más alto que en un momento de triunfo electoral, porque en la primera situación los sujetos de temperamento egoísta y los inspirados por sus ambiciones personales mezquinas se mantienen lejos de los partidos, ya que no desean la corona de mártires. Cuando a mediados de los años ochenta se comenzaron a percibir descarnadamente los comportamientos oligárquicos dentro de los recién legalizados partidos políticos, la sociedad española no era capaz de entender –y menos asimilar– la total contradicción entre su discurso político democrático y sus comportamientos internos absolutamente oligárquicos. Aunque esto supuso una importante conmoción del ideal democrático para una parte de la sociedad española, sirvió también para situar a los políticos y a las organizaciones políticas en su dimensión humana. No hay duda, pues, de que la democracia, tal y como es entendida en la actualidad, se realiza a través de las organizaciones políticas, en las que se producen en mayor o menor medida comportamientos oligárquicos. Por lo tanto, soñar con que la clase dominadora de los partidos políticos que controlan el poder abandone su comportamiento oligárquico, es lo mismo que esperar que el agua sometida a calor no se evapore.

Futbolín dijo...

Este excelente artículo anterior, publicado en la revista Atlántica del siglo XXII revista Asturiana de pensamiento, a la que os recomiendo os suscribáis, es gratuita su lectura digital, me reafirma en mi convicción de la obsolescencia de una partitocracia si no va paralelamente acompañada de movimientos o plataformas cívicas que sirvan para mejorar el conocimiento y la implicación política, iba a decir de las masas, pero para que no se me vea el plumero, diré de la ciudadanía y a continuación os copiaré un artículo que nos habla de las dificultades en Islandia y como esto del poder de los mercados es peor que la invasión de los Bárbaros, porque creo que el dinero nos ha convertido a la sociedad de drogadictos e insolidarios y una desintoxicación es muy complicada. Por tanto la paciencia y la persistencia son importantísimas y esperar revoluciones o soluciones rápidas sería acabar hundidos en la melancolía, siempre digo lo mismo, la verdadera lucha se disfruta por si misma, la indignación es inevitable pero el verdadero revolucionario nunca sucumbe a ella, el verdadero revolucionario nunca para de trabajar para enseñar su conocimiento a otros como hace nuestro querido Pepe.

Futbolín dijo...

LA REBELIÓN ISLANDESA: DE LA EUFORIA A LA DECEPCIÓN
Resaca ciudadana en el único país que se enfrentó a los responsables de la crisis.
Gudmundur Andri ‘Gandri’ Skulason / Iceland Association of Debtors. Gunnar Sigurdsson / Open Civic Forum. Islandia se convirtió en un ejemplo y en un referente porque su ciudadanía fue la única en el mundo que se enfrentó a los políticos y los banqueros que provocaron la crisis económica, obligándolos a asumir sus responsabilidades. Pero la rebelión tiene frutos agridulces y la sociedad islandesa ha pasado de la euforia a la decepción.
ATLÁNTICA XXII invitó a narrar esta experiencia a dos de sus protagonistas,Gudmundur Andri Skulason, de la Asociación Islandesa de Deudores, y Gunnar Sigurdsson, del Foro Cívico Abierto, diputado y autor del imprescindible documental Maybe I should have.
La agridulce rebelión islandesa
Nadie podía imaginarse lo rápido que pueden cambiar las cosas durante una convulsión económica, ni lo indefensos y desconcertados que pueden llegar a encontrarse los líderes de un país cuando se tienen que enfrentar a decisiones difíciles.
A principios de 2008, nubes de tormenta amenazaban el sistema bancario mundial. Economistas, banqueros y políticos fueron ampliamente advertidos de que lo que se avecinaba y que una posible solución a esa situación podría ser un sistema reconstruido con otra gente y con otros grupos al frente.
Algunos individuos que se encontraban fuera de ese “círculo de poder” también se dieron cuenta de que el sistema en el que habían creído durante tantos años ya no se podía sostener más.
El sistema bancario de control de deuda había llegado a su fin. Los políticos tutelados por los bancos se habían vuelto vulnerables y la fe incondicional de la gente en el mercado era cada vez menor.

Es un fragmento, el comentario completo lo podeis ver aquí, en el otro Blog gemelo del Sr. Palazón:

http://jlpalazon1.wordpress.com/2012/07/05/la-revolucion-frustrada/comment-page-1/#comment-3276

Futbolín dijo...

FÚTBOL Y POLÍTICA
por Antonio Avendaño
Zona Crítica (
Si es cierto que sólo los tontos mezclan, confunden e intercambian sistemática y deliberadamente fútbol y política, el país se ha superpoblado de idiotas en sólo unas semanas y de manera particularmente preocupante tras la conquista por la selección española de la Eurocopa 2012. La idiotez de mezclar y confundir fútbol y política no tendría mayor relevancia, como ocurre con tantas otras idioteces, si no fuera porque se trata de una idiotez con un gran potencial explosivo, una idiotez peligrosa porque tiende a confundir y situar en un mismo plano una cosa de verdad y una cosa de mentira: la cosa de verdad es la política y la cosa de mentira es el fútbol.
Aclarémoslo: el fútbol es de mentira aunque las emociones que ofrezca sean de verdad; es de mentira en el mismo sentido en que lo es una novela, una película o una partida de cartas sin dinero: un artefacto que nos divierte, nos entretiene, nos estremece, nos abate, nos hace dichosos, nos enseña la importancia de la concentración, el azar, el carácter o el talento o incluso nos ilustra sobre cuestiones tan trascendentales como la ética, que es lo que le ocurría a Camus con el fútbol.
La huella que las victorias futbolísticas dejan en los corazones es dulce pero efímera, y lo mismo sucede con la huella dejada por las derrotas, que es amarga pero igualmente liviana. Por eso no es verdad que la victoria de España en la Eurocopa contribuya a que este país crea más en sí mismo, o en todo caso es una contribución tan efímera y colateral como una pompa de jabón: la pompa de jabón también es verdadera, pero su verdad casi no puede llamarse tal pues apenas ha sido constatada, desaparece. A estas alturas no serán muchos los holandeses, ingleses, alemanes o italianos que sigan tristes, se sientan abatidos o les quede en el corazón algún poso de amargura porque sus selecciones han sido derrotadas. Fue triste ser derrotados, pero fue una tristeza sin proyección ni raíces. Serán excepcionales los casos de aficionados de esos países que guarden rencor a los países que los derrotaron. Puede que haya casos, sin duda, pero serán, justamente, casos de aficionados idiotas, de aficionados que toman por verdaderas cosas que, como el fútbol, son en realidad de mentira.
Puede que todavía nos dure la dulce resaca de felicidad por la victoria en la Eurocopa, pero si es así tiene los días contados. Y no sólo los días: las horas. Por eso resulta tan llamativa la fiereza con que la mayor parte de la prensa española de derechas ha celebrado las victorias de la selección. Las ha celebrado como si hubieran sido victorias políticas y no deportivas, como si hubieran sido guerras y no juegos. En realidad le ha ocurrido también a la prensa de derechas de otros países: en Alemania, Italia o Grecia los periódicos conservadores y/o populistas también han mezclado fútbol y política sin rubor ni cortesía durante la Eurocopa, lo cual no deja de ser un consuelo pues significa que la idiotez no es exclusiva de la derecha española.
continua....

Futbolín dijo...

La prensa diestra de España ha interpretado la victoria futbolística no como la ficción que es, sino como un triunfo literalmente nacional, una gesta de toda la nación en tanto que tal nación. Lo que les ocurre a nuestras derechas es que sospechan, y tienen buenas razones para ello, que la nación como tal nación que ellos soñaron unas veces e impusieron tantas otras hace aguas no por todas partes, pero sí con toda seguridad por dos partes, Cataluña y el País Vasco, y por eso se han apresurado a restregar a esa España lejana este triunfo futbolístico como si fuera un triunfo político. ¿Conque no existe la Nación Española? Y si no existe, ¿entonces esto qué es, eh, qué es? ¿Conque no creéis en España, eh? ¡Pues tomad España! Lo decimos y lo repetimos: ¡tomad ES-PA-ÑA!
La desmesurada reacción patriótica sería patética si no fuera ridícula, si no fuera de un infantilismo que conmueve porque el pobre ni siquiera puede sospechar que es infantilismo. Al otro lado del espectro, el ninguneo institucional o informativo de los patriotismos periféricos es en realidad una imagen invertida de los excesos de su hermano mayor del centro. Mientras tanto, a la derecha españolista y a muchos ciudadanos de buena voluntad al sur del Ebro el triunfo futbolístico en la Eurocopa les hace imaginar un país respetado, eficiente y sin fisuras que en realidad no existe. A muchos nos gustaría que existiese, pero lo cierto es que no existe o casi no existe o al menos está dejando de existir a gran velocidad: otra cosa bien distinta es que muchos sigamos intentando que exista, que sigamos apuntándonos a ese delicado y comprometido juego de pactos, cesiones y equilibrios que haga viable su existencia sin resentimientos ni cuentas pendientes que saldar.
El fútbol no debe mezclarse con la política y no ya por los muchos apuros en que esa confusión pone a los jugadores, sino porque cada vez que lo hace ambos salen perdiendo: el fútbol porque se envenena y la política porque se trivializa; el fútbol porque, siendo como es de mentira, comienza entonces a ser de verdad, y eso es malo; y la política porque, siendo como es de verdad, comienza entonces a ser de mentira, y eso es todavía peor. Y es todavía peor porque nos hace olvidar este hecho absolutamente crucial: que sólo la política puede salvarnos.

Futbolín dijo...

La prensa diestra de España ha interpretado la victoria futbolística no como la ficción que es, sino como un triunfo literalmente nacional, una gesta de toda la nación en tanto que tal nación. Lo que les ocurre a nuestras derechas es que sospechan, y tienen buenas razones para ello, que la nación como tal nación que ellos soñaron unas veces e impusieron tantas otras hace aguas no por todas partes, pero sí con toda seguridad por dos partes, Cataluña y el País Vasco, y por eso se han apresurado a restregar a esa España lejana este triunfo futbolístico como si fuera un triunfo político. ¿Conque no existe la Nación Española? Y si no existe, ¿entonces esto qué es, eh, qué es? ¿Conque no creéis en España, eh? ¡Pues tomad España! Lo decimos y lo repetimos: ¡tomad ES-PA-ÑA!
La desmesurada reacción patriótica sería patética si no fuera ridícula, si no fuera de un infantilismo que conmueve porque el pobre ni siquiera puede sospechar que es infantilismo. Al otro lado del espectro, el ninguneo institucional o informativo de los patriotismos periféricos es en realidad una imagen invertida de los excesos de su hermano mayor del centro. Mientras tanto, a la derecha españolista y a muchos ciudadanos de buena voluntad al sur del Ebro el triunfo futbolístico en la Eurocopa les hace imaginar un país respetado, eficiente y sin fisuras que en realidad no existe. A muchos nos gustaría que existiese, pero lo cierto es que no existe o casi no existe o al menos está dejando de existir a gran velocidad: otra cosa bien distinta es que muchos sigamos intentando que exista, que sigamos apuntándonos a ese delicado y comprometido juego de pactos, cesiones y equilibrios que haga viable su existencia sin resentimientos ni cuentas pendientes que saldar.
El fútbol no debe mezclarse con la política y no ya por los muchos apuros en que esa confusión pone a los jugadores, sino porque cada vez que lo hace ambos salen perdiendo: el fútbol porque se envenena y la política porque se trivializa; el fútbol porque, siendo como es de mentira, comienza entonces a ser de verdad, y eso es malo; y la política porque, siendo como es de verdad, comienza entonces a ser de mentira, y eso es todavía peor. Y es todavía peor porque nos hace olvidar este hecho absolutamente crucial: que sólo la política puede salvarnos.

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