viernes, 14 de junio de 2013

Asesinos y asesinos

                                    El celador de Olot.
 Estoy intentando encontrarle un sentido a la vida, desentrañar lo que ocurre porque, si no lo hago, todo será como decía el jodido Shakespeare, una historia llena de ruido y de furia narrada por un idiota y yo me niego rotundamente a participar en una cosa así.
 De todo lo que he leído últimamente lo único que tiene sentido es la conducta de ese asesino múltiple, el celador de ese asilo de ancianos de Olot, que iba dando muerte a los que cuidaba, y según él, amaba, y al que un jurado popular ha declarado culpable de asesinato.
 Por eso, parodiando a Hamlet, escribo: creer o no creer, o pensamos que esta jodida vida que sufrimos tiene un sentido o, si no, cogiendo el instrumento que tengamos a mano, ir haciendo, en la medida de nuestras asquerosas fuerzas, lo poco que podamos.
 Yo, hoy, me siento un poco como el asesino de Olot. Mi mujer sigue avanzando en ese camino sin retorno que es el alzheimer. ¿Qué sentido tiene lo que estamos haciendo, no hay un sólo minuto del día en que esté tranquila, parece como si miles de demonios se hubieran apoderado de su cerebro y se dedicaran a machacarla en todos los sentidos y a cada instante?
 Entonces, ¿qué sentido tiene prolongar una existencia que no supone sino el ingente dolor que le producen no sólo sus delirios sino también esa consciencia que, a veces, la aflige de su propia situación?
 He hablado del asesino múltiple de Olot, que los médicos han declarado sano y normal y al que, por tanto, no se le podrá aplicar la eximente completa de enajenación mental, pero también podría mencionar ahora a uno de mis personajes favoritos, Arthur Koestler, el autor del maravilloso El cero y el infinito, que sentó a su mujer frente a él, el salón de estar de su casa, y consumieron el número de pastillas somníferas suficientes para irse al otro mundo sin dolor, fieles a su militancia en un grupo partidario de la buena muerte que creo que se denominaba a sí mismo “Exit”.
 No es nueva esta querencia mía sobre el suicidio. Hace ya 50 años que mi comedia El suicida fue finalista del premio Arniches de Teatro del Ayuntamiento de Alicante. 
 Entonces, como ahora, pienso que, como nos dijo Albert Camus, autor de una de las novelas que más admiro: El extranjero, (en la que nos demuestra el absoluto absurdo que es esta jodida vida), que el suicidio es la única salida noble y lógica de esta existencia.
 Porque ¿qué sentido tiene que sigamos haciéndoles el juego al canallesco Rajoy y al no menos canalla Rubalcaba, soportando una existencia que sólo a ellos beneficia, puesto que los ratifica en las cumbres de esas dos pirámides de la ignominia que son el PP y el Psoe?
 Ya que, según parece, no somos capaces en absoluto de hacer lo que nos aconsejaba Hamlet, de rebelarnos contra la injusticia y haciendo armas contra ella, rebelarnos y acabar con ella, quitémonos de en medio limpiamente, o sea, voluntariamente, como han hecho ya esos 4.000 griegos y esos casi 5.000 españoles que nos han precedido por el único camino que parece que nos queda. 
 Lo contrario no es sino esperar la muerte mansamente como los cerdos, chapoteando asquerosamente en el fango.

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