miércoles, 21 de enero de 2015

Bárcenas, Rajoy, Jaime Campmany, Epoca, Liaño, El País, Wahington Post, ABC (I)

Lo he dicho ya por aquí varias veces, lo más parecido a Dios que existe sobre la superficie de la Tierra es un juez, del que su penúltimo presidente dijo no desprecie u. de esa manera la firma de los jueces pues con esa pequeña e insignificante arma uno de ellos puede arruinarle a v. totalmente o encerrarle a v. en la cárcel para toda la vida.
Pero todavía me gusta más la definición que de ellos hizo ese crisol del pensamiento reaccionario que fue Joseph de Maistre cuando afirmó que no hay en el mundo, nada más justo, noble, santo y admirable que un juez español y si a esto unimos las virtudes del sacerdocio católico obtenemos ni más ni menos que el summum de la nobleza y sabiduría de los hombres, el Santo Tribunal de la Inquisición.
Sin embargo, dos de las más grandes luminarias del pensamiento humano, Sócrates y Platón estaban ya entonces preocupados por el problema de los jueces hasta el punto de que a ello dedicaron alguno de sus famosos diálogos socráticos: “qui custodiat custodes”, quién nos preservará de los jueces. La traducción como casi todas las mías es libre, muy libre, libérrima.
Creo que he dedicado ya más de 10 posts a escribir sobre los jueces y a lo largo de toda mi escritura he expuesto ya muchas veces cuál es el Decálogo de esta fundamental profesión.
Lo que dice un juez va a misa, quiero decir que es mucho más que un dogma de fe, ya saben que éste es aquella proposición que hace la Iglesia católica que obliga a todos sus fieles a comulgar con ella de tal manera que, el que no lo hace queda “ipso facto” excomulgado o sea fuera de ella, es, pues, una auténtica verdad indiscutible e indiscutida.
Bien, pues lo que dice un juez es mucho más indiscutible porque además de la intangibilidad de la proposición es además absolutamente coercitiva, es decir, que si no la cumples espontáneamente te obligan a ello con todo el aparato del Estado.
Pero esto es el revestimiento formal de los actos jurisdiccionales. Luego, está el fondo, que es mucho más importante para ellos, los magistrados, porque es lo que además de la coerción les da absoluta credibiilidad.
Dice la famosisima sentencia que la mujer del César no sólo debe de ser honesta sino también parecerlo. O sea que el reino de la apariencia es en ciertos ámbitos mucho más importante que el de la realidad.
De modo que los jueces no sólo deben de ser justos sino también parecerlo y al efecto han consagrado una serie de normas no escritas pero por eso mismo mucho más exigibles hasta al punto que son rigurosamente cumplidas en el 100X100 de los casos.
La 1ª de ellas reza más o menos así: ay de quien roce siquiera a un juez aunque sea con la más leve de las plumas del ala de un ángel, más le valiera atarse una gran piedra al cuello y arrojarse de cabeza al mar, porque ha pecado contra la más grande de todas las normas que hay en el mundo, la credibilidad de los jueces.
De modo que hubo una vez un juez tan convencido de sus atributos jurisdiccionales que creyó que se hallaba por encima de los creadores de opinión y que, un día, comiendo fastuosamente con alguien que era para él, más que un amigo, un correligionario creyó que él, con su total credibilidad podría acabar con una saga fuga de los más ínclitos periodistas, que ha habido en el mundo, los del antiguo El País.
Y ambos quasi parientes, entre los vapores de la buena cena y de los buenos caldos, concibieron un plan para cargarse ni más ni menos a lo que ha dado en llamarse el imperio prisaico, de Prisa, la editora de El País que, entonces, hace ya tantos años, y ha llovido ya demasiado, era mucho más que Roma para la mayoría de los españoles, pero, para otros, entre los que se hallaban estos dos comensales no era sino una repugnante pandilla de rojos.
Porque claro, para Jaime Campmany, uno de los comensales, la gran esperanza franquista, jefe del sindicato de periodistas del Caudillo, director de La Hora, el diario del SEU, y de Arriba, el de Falange Española y de las Jons, creador y director de Época y uno de los más furibundos ultraderechistas que en el mundo han sido, la mera existencia de aquel diario de rojos, en el escribían tipos como Eduardo  Haro Tecglen, era algo absolutamente intolerable, con lo que había que acabar como fuera.  
El otro comensal no era ni más ni menos que Javier Gómez de Liaño, a la sacón juez de la Audiencia Nacional, que imbuido de su condición quasi divina animó a Campmani a presentar una querella contra todo el consejo de administración de Prisa y contra su consejero delegado.
Los que hemos sido profesionales del Foro sabemos que una de las mejores cualidades que éste tiene es la de su absoluta manejabilidad.
Un profesional del Derecho sabe que, si quiere, puede hacer, por ejemplo, que sus pleitos vayan al juzgado que él quiere.
De modo que, entre los vapores de una copiosa digestión y del alcohol, los dos parientes pensaron, ante sus respectivas esposas que ellos dos, solos, podían cargarse al imperio prisaico, o sea a toda esa camarilla de jerifaltes intocables que entonces, qué tiempos, constituían la dirigencia de El País.
Es indudablemente uno de los pulsos más interesantes de toda la reciente historia española: la justicia profesional contra la verdad oficial que proclamaba todos los días el más influyente de los diarios españoles.
¿Quién ganó? Ya lo saben todos ustedes. El País. Y la batalla fue absolutamente cruenta porque le costó el puesto al juez que intentó derribar al más firme de todos los oráculos de prensa española.
Anotemos el nombre de este juez porque va a seguir interviniendo como letrado en otra de las grandes batallas de nuestra historia: Javier Gómez de Liaño, expulsado de la magistratura judicial por haber cometido el delito de prevaricación por su actuación en este caso.
Ah, antes que se me olvide, ¿saben ustedes qué fue absolutamente decisivo para dicha expulsión de la carrera judicial? El testimonio de otro juez que tenía su despacho junto al suyo y con el que desayunaba todos los días Gómez de Liaño, ni más ni menos que el juez Garzón. Interesante, ¿no? Dos jueces de bandera de la famosa Audiencia Nacional que en un breve lapso de tiempo acabaron ambos fuera de la carrera judicial, ¿saben ustedes por qué?
Uno, Liaño, por atreverse a emprenderla a pecho descubierto con el que yo he llamado ya algunas veces por aquí no cuarto poder como suele denominársele sino el primero, como lo que realmente es.
El otro, Garzón, porque, ensoberbecido por una luminosa carrera plena de éxitos, creyó que lo podía todo y se atrevió no a meterse con el franquismo más rampante sino con su propio y carismático cuerpo, el de los jueces, a Garzón no lo han sacsrificado en el ara del altar de la justicia por meterse con Franco y todos sus herederos sino por quebrantar ese máximo precepto no escrito de la normativa judicial que antes transcribíamos de meterse con un juez, aunque él mismo fuera también un juez, si será imperante la norma.
Campmany, el pariente-amigo de Liaño, no era más que el creador, empresario y dirctor de Época, la revista más ultraderechista del mundo que se coaligó con éste para cargarse a Prisa, El País, el diario que se consideraba por todos más izquierdista de el mundo, y la coalición se consideró a a sí misma absolutamente invencible porque, como dijimos antes, lo que un juez dice no es que vaya a misa es que es mucho más absoluto que un dogma de fe puesto que puede cumplirse con el empleo de la fuerza coercitiva, o sea, con la jodida fuerza bruta.
Pero un periódico es un periodico, coño, y si no que se lo pregunten a Nixon, sí, aquel tipo que fue presidente de los EE.UU. Y al que se cargó así, por la buenas, ni más ni menos que un jodido periódico de allí que se llama Washington Post y que además era propiedad de una mujer y que estaba dirigido por el dios al que adora incondicionalmente Pedro J., o sea el dios de dioses de todo el periodismo.
De modo que Liaño y el nazifascita Campmany perdieron la batalla judicial y el juez fue expulsado de la carrera por prevaricador, a pesar de ser amigo y convecino de escalera de Aznar, que era entonces el presidente de gobierno y del qu estoy seguro que participò en aquella llamemosla conspiración contra el más famoso de nuestros periódicos que se atrevía a ser izquierdista, qué tiempos, en la España heredera de Franco.
Una cuestión muy interesante, que me recuerda mucho a Florentino y su manera de actuar: la querella contra los dirigentes de El País, por supuesto que no la firmó Campmany, como todas las denuncias contra el Barça no las ha firmado FP, ésta no es la manera de actuar de la ultraderecha nazifascista, aquélla contra El País, la firmó un descamisado falangista absolutamente desconocido y , desde luego, insolvente, en base al supuesto delito de apropiación indebida de las cuotas abonadas por los usuarios de Canal Plus, al hacerlas suyas la cúpula de El País, al refundarse.
O sea que Liaño es más nazifascista que el que lo fundó y que ahora, oh, milagros de la democracia, no es ni más ni menos que el dimitido letrado defensor de Bárcenas, que actúa seguramente bajo las directas directrices del PP.
De modo que todo esto es clave para que entendamos lo que está sucediendo con el asunto del inefable Bárcenas.
Herraría gravemente el que pensara que se mueve una sola de las hojas del árbol de este hombre sin el visto bueno de Rajoy, que está cumpliendo a rajatabla con su pacto: “sé fuerte, Luis, hacemos todo lo que podemos”.
Y lo están haciendo y muy bien.
Por supuesto que todo esto forma parte del Gran Juego, en el que Aquel lo dejó todo atado y bien atado, pero que es una partida en el que toman parte miles de hombres y mujeres y que, por eso, no se puede controlar todo absolutamente. Bárcenas lo está teniendo todo de cara, el viento que sopla por su causa es siempre a favor pero en en este proceso intervienen tantas personas que algunas le tenían forzosamente que salir ranas: las dos fiscalas del caso, de las que tanto se queja Bárcenas, pero los/las fiscales, en nuestra legislación son, como yalo hemos visto con el famoso Hosrach, de la causa contra Undargarín y la infanta, elementos absolutamente secundarios que sólo pueden presentar escritos pidiendo cosas, pero los que deciden de verdad, son los reyes del procedimiento, los jueces. 
Y éstos han sido muy benévolos en este caso. Hay quienes se deshacen en elogios del juez Ruz, incluso los hay también que lloran como plañideras por su apartamiento del caso, Yerran completamente los que así hacen porque la actuación de Ruz no ha podido ser más favorable no sólo para Bárcenas sino también, y lo que es más que importante decisivo, para Rajoy y sus secuaces.
No se puede ser más complaciente para el PP de lo que lo ha sido Ruz.
El PP ha hecho en este caso todo lo que ha querido. Cualquier otro juez del mundo mundial, con los elementos que éste ha tenido, hubiera procesado a toda la cúpula del PP por tantos motivos que me falta espacio para describirlos: coautoría en el manejo de dinero negro de la caja B del PP, con una irrefutable prueba por escrito, con delitos fiscales cometidos por su cúpula a porrillo, cohecho, maquinación para alterar el precio de las cosas, falsedad en documentos públicos, obstrucción a la justicia, etc. etc.
Pocas veces, en la actuación procesal penal, un magistrado instructor lo ha tenido tan fácil, con un montón de pruebas por escrito, ¿qué más se puede pedir, por qué no solicitó a los Bancos extractos de las cuentas corrientes de todos los implicados en el asunto, que hubieran corroborado sus cobros en negro? Un juez instructor es prácticamente un Dios y hubiera podido hacerlo todo, porque sus facultades son prácticamente ilimitadas.
Y no lo hizo.
Y, ahora, entremos en el paripé, en esa pantomima escenificada por Bárcenas y el prevaricador Gómez de Liaño, del que ayer leí escrito por uno de los aclamados líderes de la prensa izquierdista, sr. Casado, en El Confidencial,  que es un hombre cabal.
Liaño dice que ha renunciado a la defensa de Bárcenas pero ayer mismo, bajo la nieve que caía intermitentemente, a las puertas de la cárcel, dedicó todo el tiempo del mundo a hacer frente a la opinión publica representada por cientos de micrófonos ávidos, a la más encendida de las defensas que yo nunca haya visto, glosando la personalidad de Bárcenas no como el imputado y confeso respecto a sus famosos papeles, sino como si se tratara del más grande de los paladines de la historia universal de la caballería andante, como un Amadís de Gaula o delpropio Quijote.
Pero Liaño, además de un mal juez, es un mal letrado y un peor actor.
Nadie que contemplara la escena creyó nada de lo que dijo.
Bárcenas sabe que no encontrará en todo elmundo un letrado que le convenga más que este Liaño. Es unjuez y los jueces, como esos otros jueces de las conciencias, los sacerdotes, forman parte de un cuerpo que imprime carácter a los que un día han ejercido la profesión. Liaño es un juez, temporalmente alejado de sus vocacionales funciones, pero un juez vocacional, con muchísimos amigos en la judicatura y, lo que es peor, admiradores, porque intentó cargarse a ese hatajo de rojos que era la cúpula de El País, a los que intentó meter en la cárcel, a todos sin excepción, o sea, que, para los nazifascistas, Liaño es un héroe, para Rajoy y sus secuaces. Entonces, ¿quién lo puede defender mejor, quién lo puede representar mejor?
Por lo pronto ya ha conseguido que lo pongan en la calle, en la puta calle, y que se suspenda la tramitación de la causa mientras se provee al nombramiento de un nuevo letrado.

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