miércoles, 11 de marzo de 2015

¿Es condición indispensable para ser presidente de gobierno en un país neoliberal ultracapitalista ser un asesino?

Escribo esto a propósito de la última declaración que ha hecho Obama respecto a Venezuela, afirmando que ésta supone para los Usa un peligro intolerable y anunciando que va a tomar las medidas adecuadas para remediarlo.

Y esto lo dice el tío que preside el país que lleva siglos haciendo todo lo posible por desestabilizar, primero, y promover y mantener, después, las más sanngrientas guerras civiles en todas las naciones del mundo que no se someten mansamente a su férrea disciplina global, el mismo tío que, ahora mismo, ha promovido y mantiene vivas guerras extraordinariamente sangrientas en Irak, Siria, Libia, Afganistán, Ucrania, etc.

Y se me puede contraargumentar que éste no ha sido, es y será sino el comportamiento de las metrópolis de todos los imperios que en el mundo han sido.

Conozco demasiado bien que la naturaleza humana admite dentro del comportamiento de sus billones de especímenes la de aquellos que son asesinos por su propia condición.

Pero eso no obsta a que intentemos desterrar de los hombres y mujeres que ostentan el gobierno de las naciones a aquellos individuos que hayan demostrado su especial peligrosidad en orden al  ejercicio de los extraordinarios poderes que su situación les otorga.

Porque al lado de tipos como Obama y Rajoy existen otros como Mújica, el presidente saliente de Uruguay.

Y esto no lo acabamos de descubrir ahora, cuando hemos leído el increible comunicado del cínico Obama, sino que lo sabíamos ya en 1.998 cuando escribíamos el capítulo titulado La universidad del Norte, en nuestra novela Arcángeles de donde viene precisamente el nombre de este blog:

 “Después de hacer balance de gozos y de penas y comprobar que éstas superan en mucho a los primeros, es obligado plantearse el problema de si es lícito continuar con este duro trabajo que supone sobrevivir. Y, para ello, hay que sentarse todos los días ante una página en blanco y analizar el sentido que tiene nuestra vida porque aún ése que parece el más esplendoroso de todos los destinos no lo es si uno se detiene un momento a sopesar cuánto le cuesta al poderoso el poder, al sabio la sabiduría, al hermoso la belleza. Si realmente fuéramos inteligentes sólo nos preocuparía, en cada momento, aprehender lo que ese instante  representa en nuestra vida, qué nos enseña, qué nos aporta, en qué nos beneficia o perjudica. No se trata sólo vivir como lo hacen las plantas y los animales. Nosotros debemos plantearnos por qué y para qué. Y, después de tantos siglos, ya no valen las respuestas de siempre. Yo, ahora, a las puertas del siglo veintiuno, no me voy a contentar con la respuesta del místico, tal vez sea cierto que sólo he nacido para salvarme pero ¿en qué consiste, hoy, la salvación? Porque nadie ha conseguido demostrar que existe esa otra vida que, además, es eterna. Nadie. Lo cierto es que, tal como somos, morimos para siempre y que, por lo tanto, ésta es la única vida que tenemos. Aprovechémosla. Pero ¿cómo? ¿Comiendo más, bebiendo más, fornicando más? En todo caso, sería durmiendo más porque representa soñar más. Y soñar es lo único que merece la pena.  Pero, según hacemos, parece que se trata únicamente de sobrevivir. Todos nos dedicamos a acaparar como si esperáramos un inminente Apocalipsis.  Cada uno de nosotros actúa como si éste ya hubiera llegado y creyera que él se encuentra entre los que van a sobrevivir.  Por eso, dependiendo de cada carácter, unos han decidido no trabajar y otros lo hacen como si fueran a vivir eternamente.  Pero la cuestión no es vivir solamente que no es más que sobrevivir, el problema consiste en averiguar para qué se vive y ya hemos dicho que no sirven las viejas respuestas.  Pero hay una conspiración universal para que nadie piense en esto. Porque, si uno se detiene y lo hace, a fondo, su comportamiento, a partir de ese instante, difiere tanto del de los otros, que surge un conflicto irresoluble, es lo que algunos llaman rebelión o revolución. Pero, hoy, ya sabemos que la única rebelión, la única revolución posible es el delito. Llamamos delito a una violación tal de las normas de convivencia que, de tolerarse, acabaría con la paz, con esta falsa paz que se parece a la de los cementerios. No hay paz en ningún sitio.  Incluso en los monasterios, sólo es aparente. Pero el delito es la evidencia de que la lucha continúa, de que alguien no está conforme con ese orden ficticio en el que la mayoría se resigna a vivir.  El delito es un grito de rebelión, de salvación. El único grito fehaciente, efectivo, operante. Por el delito los opresores saben que alguien no está de acuerdo con el orden que ellos han establecido y que hace todo lo posible por vulnerarlo. De aquí la dureza tremenda de la represión que iguala las cárceles con la más maligna versión de los infiernos. En la cárcel, al delincuente, le ocurrirá todo lo malo y no disfrutará de ningún bien. Y, sin embargo, todos los días, en todos los lugares del mundo, delinquimos. Porque hemos sido condenados a la libertad, hemos nacido para esculpirnos a nosotros mismos y sólo unos cuantos lo consiguen a expensas de los demás.  Esto es lo que, antes, se llamaba alienación, porque representaba enajenarse, venderse, prostituirse, ahora, también lo hacemos pero de otro modo, cada uno de nosotros, llega a su trabajo y ficha, anota la hora en que entra y aquella otra en la que sale del infierno y, luego, huye de él hacia esas falsas diversiones o a ese falso hogar, en el que se le embrutece y esclaviza aún más, nunca, ni un solo día ni un solo minuto, hace lo que realmente desea, es, por consiguiente, un esclavo, más esclavo aún que aquéllos de la antigüedad a los que sólo consiguieron someter en su carne, hoy, lo primero que sojuzgan es tu cerebro, se apoderan de él como lo que son, ladrones de almas, te dicen lo que debes hacer, lo que debes pensar, lo que debes sentir, lo que has de desear y, poco a poco, te conviertes en otra estatua distinta a la que tú querías ser, en un máquina de tal modo programada que envidia incluso a las otras, con las que trabaja. Y uno no puede rebelarse porque no encuentra apoyo, la familia, la sociedad y el estado están pensados para someterle de tal manera que cualquier acto que él realice contra ellos es considerado como un crimen y severamente castigado, pero ninguna pena supera la que inconscientemente cumple, ésta de no saber quién es, a qué ha venido al mundo y qué es lo que realmente quiere por eso se refugia en los sueños que le ofrecen el cine y la televisión, por eso adora a sus héroes. Sólo unos cuantos son capaces de romper ese círculo que ni siquiera se percibe, son los elegidos por la desgracia, una nueva especie de prometeos que pagarán toda su vida haber arrebatado el fuego a los que se comportan como si fueran dioses. De modo que no basta con delinquir, hay que hacerlo con absoluta seguridad y de tal forma que la recompensa por nuestro delito sea la mayor, si hay que ensuciarse las manos hágamoslo con lo que más las mancha, con el mayor de los crímenes. Inexorablemente, como la noche sigue al día, se van juntando las piezas de mi rompecabezas, ya sé que no existe salvación colectiva, que hay que renunciar a cualquier ilusión que signifique que el paraíso es posible en la tierra y que es precisamente ese pequeño y sucio animal que llamamos humano el que tiene la culpa porque no puede moverse sino por el asqueroso interés, sí, hago míos, íntegramente, los primeros postulados de su doctrina pero no me detengo cuando ellos me ordenan, si no hay más ley justificable que la del mercado, vendámonos todos en buena hora, pero no con esa venta controlada, calculada con la que ellos quieren, y que está representada por el trabajo humilde y cotidiano sino con una venta total, no a plazos sino al contado, si yo no puedo aspirar a ser santo en un paraíso comunista, donde me sacrificaría íntegramente por la felicidad de los otros, seré el demonio a que me obligan unas leyes que yo, en modo alguno, puedo modificar porque son ineluctables, y nadie podrá imputarme culpabilidad, de modo que he decidido perpetrar uno de esos delitos que ellos cometen con la mayor impunidad, sólo se trata de encontrar la ocasión; desde este mismo instante he comenzado a esperarla. Yo sólo he nacido para esto, es lo único que hago a gusto y, por lo tanto, lo único que, para mí, parece que hago bien. Desentrañar esta madeja en la que se enreda mi vida, averiguar qué es lo que quiero ser, y por qué los otros no me dejan. Yo sólo estoy a gusto aquí, delante del papel, tirando de este hilo que me lleva adonde nunca iría si me dedicara a lo que ellos me imponen, ¿qué derecho tienen para hacerlo?  Me privan, de este modo, de la única felicidad que a mí me es posible y lo hacen basándose en criterios de felicidad puesto que, según dicen, buscan mi propio bienestar. Pero yo ya sé ciertamente que mienten, que jamás dicen la verdad no porque no la sepan sino porque no pueden, si uno de ellos subiera a la tribuna o al púlpito y la dijera se produciría al instante esa revolución que todos afirman imposible y que sólo reside en la libertad, precisamente en el señuelo con el que nos engañan; en un mundo, en el que nadie sabe realmente lo que quiere, ellos son los dueños porque dominan toda la información, incluso son los amos del lenguaje, ahora mismo, mi mayor esfuerzo se consume intentando dominar unas palabras que se me resisten totalmente de manera que ni siquiera me aproximo a lo que intento decir, porque lo han falsificado todo, incluso lo que no es más que una representación del mundo; he tardado casi una vida en descubrirlo pero ahora lo sé, durante todo este tiempo han conseguido engañarme recurriendo al viejo truco de mentirse a sí mismos, al principio, su máscara era desmontable pero ahora ha pasado a formar parte de su rostro y ellos han olvidado lo que saben, no hay mejor actor que aquel que olvida que representa un papel y su mistificación les ha calado tan hondo que ahora piensan que tienen ciertamente razón y son capaces de matar, asesinar y torturar por esas falsas verdades; hemos entrado en una especie de espiral demoníaca en la que la única posibilidad de redención que existía se ha mostrado incapaz de realizar su misión porque no había contado con ese presupuesto indispensable que representa la debilidad de su instrumento; el hombre, que no es capaz de dominarse a sí mismo plenamente, acaba siempre por creer que puede ejercer su dominio sobre los otros indefinidamente y los somete a una suerte de progresiva esclavitud que acaba por hacerse intolerable, provocando esas catástrofes que jalonan la historia.   Indudablemente, está naciendo una nueva edad, que parece marcada por el más feroz de los individualismos, un egoísmo al que es imposible resistirse porque ha penetrado hasta lo más profundo de la sociedad subvirtiendo sus normas, es lo que alguien ha llamado la revolución conservadora, quizás la única posible puesto que se basa en lo más deleznable de la condición humana, en todo aquello que nos corrompe y nos pervierte, será, por tanto, una edad de corrupción, de perversión, en la que la supervivencia individual será imposible si uno no se corrompe, no se pervierte porque el marxismo habrá fracasado, si lo ha hecho verdaderamente, como teoría política, en cuyo caso, también lo habrán hecho todas las demás, que sólo han sido más discretas, en sus planteamientos, pero algunas de sus leyes, que no son específicas, como la del materialismo histórico, continúan vigentes, de modo que no sólo no será posible mantenerse puro en medio de una tal corrupción sino que la mera supervivencia implicará necesariamente la perversión. Y, si todos nos hemos corrompido, si somos y actuamos como seres perversos, ¿por qué ponemos límites a nuestra corrupción, a nuestra perversión? Esto es precisamente lo que ellos pretenden: por un lado, corrompernos, pervertirnos hasta la médula para que seamos incapaces de descubrir, de percibir la corrupción, la perversión en la que todos vivimos; y, por otro, que nuestra corrupción, que nuestra perversión no sea nunca tan completa, tan perfecta como es la suya, porque, de lo contrario, la neutralizaría puesto que, en un mundo absolutamente corrupto, totalmente perverso, su propia corrupción, su absoluta perversión sería inoperante. Lo que los hace tan fuertes, lo que los convierte en absolutamente poderosos es eso, que nuestra perversión, que nuestra corrupción es una perversión, es una corrupción menor, minúscula, insignificante, totalmente inválida, inoperante. Nuestra corrupción, nuestra perversión es sólo moral porque no nos atrevemos a actuar en consecuencia. Y así, cuando vemos una película, o nos dan por televisión una de esas noticias en que unos delincuentes aparecen perseguidos o detenidos por las llamadas fuerzas del orden, nos ponemos, no tan inconscientemente como a primera vista parece, de parte de los detenidos, de los perseguidos. Y no es porque nuestros buenos sentimientos no induzcan a ponernos al lado del débil, que ya no lo es sino tan fuerte como ellos, los perseguidores, o más, sino porque nuestro subconsciente nos ha revelado lo que inconscientemente estamos hartos de saber, que el delincuente es nuestro único vengador…..”.

1 comentario:

eddie dijo...

1) Otra franquicia como isis, boko haram destino africa , tremendo

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=196317

2) De esto se viene hablando, futuro Brics-berlin

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=196318

3) Cloacalandia

http://www.eldiario.es/politica/Interior-Villarejo-investigar-politicos-catalanes_0_365014681.html


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