domingo, 10 de mayo de 2015

El premio y el castigo (II)


    Franco, Mussolini y Serrano Suñer



La eternidad y la relatividad

Es preciso que todo cambie para que todo siga igual

“In illo tempore”, en aquel tiempo, el juez PR era el mejor juez de España, el más prometedor, y él se lo creyó, creyó que en este país de todos nuestros pecados, un juez es el imperio supremo de todos los poderes, puesto que puede dictar una auto de apertura de diligencias previas y encausar no sólo al Presidente del Gobierno sino también al Rey, ay, no, al Rey, no, porque según ese engendro pergeñado por Fraga, que han dado en llamar Constitución, no puede porque, aberración de las aberraciones, es inimputable!!!

Pero iba diciendo que el juez PR, no me atrevo a citar su nombre completo porque sus hijos andan por ahí, y creo que también alguno de ellos es juez y no quiero que me demanden en el ejercicio de su derecho al honor, a la inviolabilidad personal y a la propia imagen y me arruine, era un juez tan convencido de su función, de su misión, que se creyó que podía juzgarlo todo, de modo que, yendo un día en su coche por una carretera, se encontró con un accidente de tráfico y, como buen funcionario que era, detuvo su coche y comenzó a tomar las medidas jurisdiccionales para estos casos, de manera que detuvo a una pareja de la guardia civil que pasó por allí y comenzó a actuar como el juez que era, inició las diligencias de levantamiento de los cadáveres y ordenó a los guardias civiles que se pusieran a sus órdenes pero éstos le dijeron que sí, que bueno, que el era juez y ellos teóricamente policía judicial, pero que a ellos quien realmente les mandada era su sargento, que estaba allí, en su despacho de la casa-cuartel de la Guardia Civil, así que él, como juez, con toda la autoridad que las leyes le investían, que hiciera el favor de ponerse al habla con el sargento, para que éste les diera a ellos las órdenes que considerara oportunas, y el juez montó en cólera y dijo “pero ustedes saben lo que están diciendo, la guardia civil es policía judicial y por lo tanto está a mis òrdenes, así que cuádrese y póngase a regular la circulación y llame a una ambulancia para que atienda a las personas accidentadas”.

Pero los guardias no le contestaron sino que volvieron a llamar a su sargento que les dijo que cumplieran, como siempre, con su obligación en caso de accidente de carretera y que al juez simplemente le llevaran la corriente pero que hicieran lo que ellos hacían siempre.

Aquello era el clásico conflicto de jurisdicción entre el poder ejecutivo y el jurisdiccional, que la vieja ley de enjuiciamiento criminal vigente resolvía, como no puede ser menos, en recta ciencia política, en favor del teóricamente primer poder, el jurisdiccional, pero España es mucha España sobre todo “in illo tempore”, en el que un general del noroeste se había hecho con el poder mediante un golpe de Estado tan sangriento que le costó al país, dicen, más de un millón de muertos.

Y el general, perdón el generalísimo, que así se hacía llamar él mismo, no iba a tolerar que un juez cualquiera, por muy bueno que fuera, por muy cumplidor que fuera, tan cumplidor que, en lugar de mirar para otro lado y dejar a los accidentados en manos de la consabida pareja, había asumido plenamente el rol teórico de su profesión y había cogido las riendas del asunto, “usurpando” o pasando por alto las costumbres vigentes en aquellos casos de que fura la guardia civil la que lo manejara todo.

Si sigo contando toda la historia al pie de la letra no me quedará tiempo ni espacio para narrar nada más.

Resumiendo, el juez PR, que cometió la insensatez de creer, como era su obligación, que la Ley está por encima de cualesquiera que sean las circunstancias políticas, acabó desterrado al juzgado de Fuerteventura, la isla a la que por aquel entonces nos enviaban a todos los desterrados porque yo, me incluyo, ya que, al igual que Unamuno, también fui desterrado a allí en aquellos tiempos. Mis hijos me dicen que ahora Fuerteventura es una sucursal del Paraíso, pero entonces, en Puerto Cabras, que así se llamaban las cuatro casas que allí habían sin luz y sin agua, era algo que sólo se ve, pocas veces, en las películas que desarrollan su acción en tierras infames.

Lo que estoy tratando de decir pero lo hago, como siempre, muy mal es que el franquismo era y es el franquismo.

El franquismo, como el nazismo y el fascismo, es una idea absolutamente totalitaria, lo que quiere decir que sostiene a rajatabla que poder, lo que se dice poder, no hay más que uno, el jodido ejecutivo y los demás, el legislativo y el judicial están en la puta calle. Es decir que no sólo no existen sino que ni siquiera deben de existir porque el que gobierna lo puede todo, totalitarismo, porque, si no, ¿qué coño es eso que llaman gobernar?

Pero Lampedusa, el gran hipócrita, había escrito ya eso de que es preciso que todo cambie para que todo siga igual, de modo que el franquismo siguió actuando hipócritamente como si en realidad, en España, además de Franco, mandaran otros cualesquiera clases de poderes, el legislativo, con todos los procuradores en Cortes falangistas, con sus camisas azules debajo de su hermosas chaquetas blancas, y el judicial, con unos jueces que juraban al tomar posesión de sus cargos, los principios fundamentales del Movimiento, algo que, según parece, se le había olvidado al inefable juez PR, lo que dio con sus huesos en Fuerteventura, como Unamuno y yo, por haberse atrevido a dar órdenes directas, siendo un civil, a los miembros, simples números rasos, de un cuerpo militar.

Es algo así como lo que les ha ocurrido a Garzón y a Elpidio, que también creyeron a pie juntillas que lo que dice la constitución fraguista, el albacea testamentario del Generalísimo, que realmente los jueces son absolutamente independientes cuando están en pleno ejercicio de la jurisdicción, para lo que son también absolutamente inamovibles.

Pobres. Pero qué criaturicas que son. El franquismo no sólo sigue vigente después de la muerte de su creador sino que lo estará siempre, eternamente, en este país, porque él, Franco, no sólo tomó las medidas necearias para que así fuera sino que, además, nos lo dijo: “lo he dejado todo atado y bien atado”, de modo que nadie puede llamarse a engaño.

Los jueces no sólo aprendieron, con sangre, la terrible lección de aquel juez PR, el más preclaro y prometedor de los jueces, que se creyó todo eso que dice nuestra falaz Constitución, sino que se atrevió a dar órdenes directamente, saltándose el conducto reglamentario, a dos simples números de la guardia civil, un cuerpo militar, por supuesto, por lo que recibió, en salva sea la parte, una patada tal que acabó con él en el que Unamuno llamó el culo del mundo, de donde, si no me hubieran dejado salir de otro modo, me hubiera ido yo a nado.

De modo que Garzón y Elpidio sólo son unos pobres hombres capaces de aprender de memoria miles de artículos de miles de leyes, pero  incapaces de darse cuenta de quiénes eran realmente y de dónde estaban, de tal manera que no sólo se atrevieron a pensar que podían darles órdenes directamente a los guardias civiles sino que también podían encausar al franquismo, intentando averiguar dónde estaban las tumbas indecentes de los asesinados por Franco y sus secuaces, y al inefable Blesa, el hombre que había puesto al frente de una de las mayores reservas de efectivo del país, ese franco en pequeño que es el hombre de las más de mil flexiones abdominales.

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