lunes, 20 de julio de 2015

La verdad y los sofistas. La desvergüenza y el cinismo.



La verdad, pero ¿qué es la verdad y quién tiene el privilegio de decirla?

A estas alturas de la película, todos sabemos ya qué es la verdad, porque nos lo ha dicho la filosofía: “adequatio rei et intellectus”, la adecuación del intelecto, de la razón, a la cosa, o sea que la verdad no es ni más ni menos que la concordancia entre lo que es o cómo es la cosa y la percepción que nosotros tenemos de ella, pero, con esto no hemos hecho sino trasladar el problema a ese puñetero “nosotros”, ¿quiénes son o somos los que tenemos el privilegio de decir la verdad, los filósofos, los científicos, o podemos también llegar a ella fácilmente todos los demás, la gente corriente?

Yo creo que sí, que todos somos capaces de llegar a la verdad, lo que ocurre es que la mayor parte de las veces no queremos hacerlo, lo que es terrible porque lo que admitamos como verdad es el patrón que debe de guiar nuestra conducta.

Y aquí es donde intervienen los sofistas, que en principio fueron aquellos sinvergüenzas que acudían al ágora griego y se alquilaban al mejor postor para defender tanto una postura como la contraria.

Magnífico oficio que ha proliferado hasta la saciedad: hoy es realmente imposible que nadie admita unánimemente la verdad porque esto significa otorgar la victoria social y política al contrario y esto es demasiado importante para que la decencia, la vergüenza, permita hacerlo.

Es, sin duda, el mayor problema al que nos enfrentamos.

La mentira, o sea, lo contrario de la verdad ha establecido universalmente su reino.

Por supuesto que frente a cada mentira, el contrario, el enemigo, el adversario, más o menos dialéctico, viene y nos dice, incluso nos grita, su verdad pero quién ¿hace de juez en la controversia que, a partir de ese momento, se establece?

Si acudimos al formidable refranero español, hallamos el “calumnia que algo queda”, lo que Goebbels elevó al rango de superdoctrina dialéctica: una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.

Y ¿entonces?

Lo que tenemos: el mundo se divide en dos mitades: los que gritan sus mentiras a los cuatro vientos y los que decimos la verdad donde nos dejan, en estos blogs que no lee casi nadie, o sea, sólo aquellos que piensan como nosotros y que no nos necesitan para saber lo que realmente está sucediendo.

¿Qué es entonces lo que se puede, lo que debemos hacer?

A veces, siento la tentación de dejar caer los brazos y dedicarme a leer esos miles de libros que he ido coleccionando a lo largo de mi vida y que esperan mi visita en sus estanterías.

Pero algo, en mi interior, lo impide.

Creo que seguiré escribiendo todo esto que se me ocurre mientras pueda teclear en este maldito invento.

Y a la biblioteca que le den morcilla.

Mientras, me seguiré preguntando por qué una emisora de Tv como la Sexta ha permitido y permite que vayan a allí, los proscritos sociales, o sea, los tíos de izquierda a decir sus verdades, frente a esa jauría de perros de presa ultraderechistas que gritan sus mentiras ferozmente tal como les ordenó el gran genocida.

¿Por  qué, un medio de comunicación, sufragado por unos miembros de la plutocracia, que debía de hacer lo mismo que los otros, propagar sus mentiras sin ningún tipo de controversia, ha permitido y permite que acudan a sus tertulias miembros de la “gauche divine” a exponer su durísima crítica al establishment?

¿Es por mero afán mercantil, porque así tienen un espacio que puede ser record de audiencia en el ranking televisivo?




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